MIÉRCOLES 13/11/2019
Entre Netflix y la realidad aumentada: el futuro del cine según el director Alex de la Iglesia

Entre Netflix y la realidad aumentada: el futuro del cine según el director Alex de la Iglesia

Es uno de los directores españoles más taquilleros. En 30 años de carrera logró que sus películas de géneros de culto -humor negro, absurdo y terror- se convirtieran en blockbusters y recaudaran más de 100 millones de euros. 

Apenas tocó suelo argentino, el director, productor y guionista español Alex de la Iglesia escribió, en su cuenta de Twitter: “He llegado a Buenos Aires. Objetivos: dar unas charlas. Y... conseguir una primera edición del Aleph”, en alusión al clásico de Jorge Luis Borges. A las pocas horas, cuando logró dar con un ejemplar por el que le pedían u$s 15 mil, tuiteó: “Argentina es un viajazo a una realidad alternativa de nosotros mismos, en unas circunstancias cuánticas disímiles. Quizá una sonrisa, o un malentendido, produjeron la bilocación. Voy a por esto a ver si encuentro pistas”

Así de crudo y conocedor de la idiosincrasia -y coyuntura- local es De la Iglesia, licenciado en Filosofía y exguionista y dibujante de cómics nacido en Bilbao, la capital del País Vasco, hace 52 años. “Buenos Aires es una ciudad que me resulta tremendamente atractiva por muchísimas razones, sobre todo culturales. Y también me da la sensación de que es un mundo a explorar. Me apetece estar aquí, rodar aquí, no vivir ese ruido endogámico de filmar siempre en mi país. Y quiero salir, además, de esa especie de pasión que tienen todos los directores por filmar en Hollywood”, explicó en la entrevista exclusiva con Clase Ejecutiva. “He tenido, y me encantaría seguir sumando, experiencia en el cine estadounidense. Pero, al mismo tiempo, soy crítico de ese mismo nivel de pasión, de frenesí e incluso de agravio que termina sucediendo con todos los directores que quieren filmar allí. ¿Por qué diablos el objetivo de un director es filmar en los Estados Unidos? A mí me gusta rodar en la Argentina, en Chile, en Uruguay… En lugares donde me entienden”, sentenció.

Gran parte de su pasión por este país radica en sus ganas de adaptar al formato audiovisual El Eternauta, la monumental historieta argentina de Héctor Oesterheld y Francisco Solano López. Pero también en su fanatismo por actores como Ricardo Darín, Guillermo Francella, Diego Peretti y Diego Capusotto, a quienes tiene en la mira para sus próximos proyectos.

El hombre detrás de la cámara en Acción mutante (1983), El día de la bestia (1995), Perdita Durango (1997), La comunidad (2000), Crimen ferpecto (2004), Los crímenes de Oxford (2008), Balada triste de trompeta (2010), El bar (2017), Perfectos desconocidos (2017) y el documental Messi (2014) fue el principal speaker internacional en el capítulo 2018 de El Ojo de Iberoamérica, el festival donde se dan cita, desde hace 21 años, los referentes latinos de las industrias de la creatividad, la comunicación y el entretenimiento. Convocado por los organizadores debido a su condición como “una de las mentes innovadoras más importantes de la cultura popular actual para inspirar con su particular creatividad y ojo para la cámara”, De la Iglesia presentó, en La Rural, su más reciente incursión en el mundo de la publicidad: Una vez en la vida, corto que dirigió para American Express y Ogilvy para ser proyectado y destruido en un evento de acceso exclusivo para los socios platinum.

Filmaste dos veces en los Estados Unidos: con Perdita Durango no recuperaste la inversión, pero con Los crímenes de Oxford la superaste en un 35 por ciento. ¿Ya cerraste el capítulo Hollywood?
La aventura fue divertidísima, fantástica y apasionante. Además, el mundo del cine tiene una deuda impagable con Hollywood, teniendo en cuenta que los grandes clásicos casi siempre fueron filmados por europeos radicados en ese país: Willy Wilder, Fritz Lang, Sergio Leone, entre muchos otros. Pero siento que tengo una gran deuda con un montón de gente que entiende mejor mis películas que todos los demás: y me ocurre aquí, en la Argentina, y no en los Estados Unidos.

¿Cuáles son las etapas de tu proceso creativo, desde la producción hasta el estreno?
La gente piensa que dirigir una película es sentarse y decir: “Vamos a hacer este plano y vamos a colocar aquí a los actores y ahora quiero que hagan esto”. Eso no es cierto. Es sólo un 5 % de lo que realmente supone filmar. Hacer una película es, primero, convencer a la gente de que esa idea que uno tiene merece ser desarrollada. Y te lleva aproximadamente un 80 % del tiempo convencer a los demás de que lo que vas a hacer vale la pena que exista. Luego está la búsqueda de la financiación, es decir, hablar con gente que no ama el cine, sino todo lo contrario: para ellos, el cine es algo accesorio o simplemente algo de lo que prescindirían pero que, desgraciadamente, necesitan por un tema de impuestos. Ser director de cine supone manejar esa jungla de opiniones que empujan energías contradictorias, para que salga todo bien. Y luego llega el momento en que la película se va a hacer y uno debe retomar aquello que ha olvidado. Te preguntas: “¿Para qué quería hacer yo todo esto?”, porque el mismo proceso de realización y financiamiento te termina comiendo como persona

Según tu experiencia, ¿es más difícil conseguir el financiamiento o una buena historia?
Ehhh… (risas). Es muy complicada esa pregunta, porque habría que responder varias otras. ¿Es más fácil conseguir financiación con un guión malo? ¿Es más fácil conseguir financiación cuando das a los demás lo que quieren o cuando los convences de que eres lo que realmente ellos quieren? ¿Es fácil conseguir que alguien ponga dinero en algo que no quiere hacer? Porque, en el fondo, hay muchas situaciones en las que me veo empujado a pedir dinero a personas que no quieren hacer mi película, que no les gusta mi cine… Y tengo que convencerlos de que, a pesar de eso, lo que haga va a ser bueno para ellos. Ese juego absolutamente maquiavélico, demencial y terriblemente sutil ejerce una fuerza enorme que me seca y destruye, pero es necesario para llevar a cabo ese momento mágico y poético que es dirigir una película. Cuando uno se sienta a dirigir ya se ha enfrentado con unos 40 dragones, ha luchado en 35 batallas y peleado con 25 mil solados. Y, de pronto, llegas al set y hay un actor que dice: “No quiero decir esta frase porque no la veo”. La tarea de hacer una película es muy pequeña con relación a todo el infierno previo. Es la metáfora de El Señor de los anillos: como si Frodo, luego de llegar a Mordor -con todo lo que eso implicó-, de pronto se encontrase con que el lugar donde va a entregar el anillo no tiene una alfombrita donde apoyarlo. Creo que podrá soportarlo, ¿no? Eso es muy sano, porque llega un momento en que por fin uno se encuentra en casa, en el lugar donde quiere, y puede hacer la película con sus secuencias y sus actores. Claro que eso también es un infierno de lucha contra los propios deseos y limitaciones… Y uno encuentra que hay cosas con las que no sabe batallar.

¿Cuál ha sido el mayor cambio en la industria del cine en los 30 años?
Martin Scorsese, porque Scorsese es Dios. No somos concientes de la importancia de este director en la cultura occidental, en el sentido de que es una persona que ha cambiado el siglo XX y está cambiando el siglo XXI. Es una persona que hace su debut con Mean Street en 1973 y, con más de 70 años, hace El lobo de Wall Street, que es tan salvaje o más que su ópera prima, y tiene tanta fuerza, energía y sentido como su primer filme. Es decir, no existe desgaste. Creo que Scorsese tiene dos personajes en su interior: en su alma conviven Robert De Niro y Harvey Keitel. Es como que hay dos Scorsese: el salvaje y el profundo. Es un director muy complejo, que ha tenido momentos en que se enfrentó con la industria y otros en que logró agradarle. Todo está respondido en Scorsese. Y nosotros somos meros reflejos, sólo bromas, de su cine. Salvando las enormes distancias, me ha pasado lo mismo: he sufrido el ansia de intentar agradar a la industria. Y como he querido sobrevivir profesionalmente, he tenido que aceptar un montón de cosas para hacer cine: filmar esas películas que han tenido un éxito tremendo y otras que he querido hacer y de las cuales me siento muy orgulloso pero que nadie ha visto. He vivido un poco el caos de enfrentarme a situaciones de ese tipo… ¡Y sigo sin aprender! No hay una experiencia de la cual valerme. No aprendo a ser mejor: sólo a esquivar algunos problemas.

Tu última película, Perfectos desconocidos, recaudó más de 20 millones de euros. Es la más exitosa de tu carrera, pero fuiste contratado como director. ¿Cómo lo llevás?
Claramente, es un fracaso personal que debo asumir (risas). Digámoslo con franqueza: es una película por encargo que, incluso, es una remake. Y es un éxito. Eso me hace pensar que, seguramente, yo sea mi principal problema. Si pudiera eliminarme de mis películas, sería un éxito (risas).

También tenés una trayectoria destacada en televisión, con series oscuras. ¿Cómo explicás el éxito de historias derivadas del género negro, como The walking dead, Penny Dreadful, American Horror Story y ficciones similares?
Estamos viviendo una revolución absolutamente sorprendente que no tiene parangón en el resto de la historia de la cinematografía. Como estamos dentro de la vorágine, no nos damos cuenta. Pero la irrupción de Internet, de las redes sociales y de las nuevas plataformas está cambiando de 0 a 100 la industria. Estamos descubriendo que el cine se está convirtiendo en un lugar al que ir y en el que se proyectan películas mainstream, de espectáculo, que son el equivalente a los grandes parques temáticos de Disney. Luego, hay un cine alternativo cada vez más arrinconado que tiene su sitio en pequeñas salas pero que, a la vez, está siendo absorbido por las grandes plataformas de streaming a nivel mundial. Y después tenemos Internet, que es un lugar donde los distribuidores buscan productos que llamen la atención, que se separen de ese producto mainstream que hacen los grandes estudios para los cines. Esta lucha es lo más apasionante que ha ocurrido en la historia del cine. Y es un fenómeno más que positivo. Es lo mismo que sucedía cuando llegó el correo electrónico: primero se pensó que no íbamos a escribir nunca más una carta y que tendríamos a todos nuestros amigos al alcance de un clic, pero al poco tiempo se comenzó a recibir una cantidad enorme de correo basura que nadie deseaba. Todo esto está ocurriendo en el mundo audiovisual: estamos viendo grandes películas, muy arriesgadas y apasionantes, mezcladas con mucho spam, con productos que no nos interesan.  

¿Te imaginás un futuro cercano en el que las grandes ciudades no tengan salas de cine?
No, porque no se ha inventado nada mejor. Aunque debo ser sincero: sí se está inventando algo mejor, que es la realidad aumentada. Dentro de muy poco, todo va a cambiar. Y espero vivirlo, porque va a ser increíble. El hecho mismo de que te pongas un casco y en ese preciso momento cambies una realidad por otra no sólo va a modificar cómo se hace ficción sino también la manera de vivir. Imaginate por un momento que estás caminado por tu casa y te encuentras con Humphrey Bogart en el living porque cargaste un software. O, mejor… ¡Marilyn Monroe! 

¿Te interesaría incursionar en la generación de contenidos para realidad aumentada?
Pensemos en las preocupaciones vitales más urgentes del hombre… Pensemos en el sexo. Y después la muerte. Este pensamiento, trasladado al mundo audiovisual, hace que las primeras películas pensadas para la realidad aumentada sean las pornográficas y las de terror. Después surgirán los proyectos de cultura, es decir, la comedia, que siempre fue considerado un género menor pero que es tan importante porque con el humor entiendes las cosas de mejor manera.

¿Dónde reside la innovación en la industria cinematográfica actual?
Como siempre, en la narrativa, en la forma de contar una historia. Una de las últimas películas que vi, Hereditary, con Toni Colette y Gabriel Byrne, es una película de terror que tiene una forma de contar la historia que me ha resultado subyugante, pues introduce en un mundo extraño y atractivo.

¿Cómo es tu relación con el cine argentino?
Veo casi todo lo que se estrena. Me gustaría trabajar con actores argentinos. Uno de los grandes hallazgos de mi parte es el tremendo talento que hay en la industria cinematográfica argentina, como Diego Peretti, a quien he llamado muchas veces pero nunca pudimos coincidir. Tengo una larga lista de actores con los que quiero hacer cosas, como Ricardo Darín y Diego Capusotto.

¿Qué te falta para filmar en la Argentina?
Sólo dinero. Es una cuestión de tener el tiempo para encontrar al talento adecuado y solventar ese pequeño problema que es el capital.

¿Qué película define a los argentinos?
Nueve reinas me cambió a mí, porque me permitió descubrir un estilo de cine. Pero no se cuál sería la que mejor define a los argentinos…

¿Una historia argentina que te gustaría filmar?
Sin lugar a dudas, El Eternauta. Llevo muchos años detrás de ese proyecto... No tengo la envergadura intelectual para filmar las grandes novelas argentinas, pero quizás sea a través del género del comic que me atreva a filmar una historia argentina. Llevar a la pantalla grande El Eternauta sería fascinante porque, entre muchas otras cosas, no hay humor, una herramienta que uso constantemente para comunicarme. Siempre uso el humor pero, en el fondo, soy un tipo bastante triste.

En 2009 asumiste la dirección de la Academia de Cine español. ¿Cuál es tu balance de esa experiencia que,  por cierto, fue breve?
Tenía que estar cuatro años y sólo estuve dos porque las cosas que quería llevar a cabo no reflejaban el espíritu de la mayoría, es decir, no conseguí representar a todos los miembros. Estaba, de alguna manera, buscando algunas cosas que el resto no entendía. Por ejemplo: mi lucha por empujar la producción cinematográfica hacia el modelo de Internet fue demasiado pionera. Intentando no ser pretencioso, te digo que se me ocurrió muy pronto algo que recién estamos viviendo ahora. Leí un discurso en la Academia en el que dije: “Internet es el presente, no el futuro”, y el siguiente presidente de la Academia me desmintió diciendo que Internet sigue siendo el futuro y no el presente… Es una pena que desaprovecháramos una oportunidad para posicionarnos como líderes, porque las plataformas hoy serían en su gran mayoría españolas y podríamos estar manejando el mercado. Pero no tuvimos la valentía de ser pioneros. Ellos no veían que Internet -vía Netflix, Amazon o HBO- podía ser rentable. Y, paradójicamente, hoy la industria no puede vivir sin esas plataformas online que han hecho resurgir la producción audiovisual en España, realmente. Por eso, en este negocio, a veces tener una buena idea puede ser un problema. Lo que importa es que estamos viviendo un momento apasionante gracias a una idea que me decían que no existía.

Como espectador, ¿qué película volvés a ver siempre o no podés saltear en el zapping?
Me pasa con muchas, pero El lobo de Wall Street es una de ellas. Es como si Martin Scorsese nos hubiera regalado la última gran película de la Historia. Para mí, es un filme que refleja el espíritu del siglo XXI, o la crisis del siglo XX. Es, de alguna manera, el espejo del mundo por todo lo que ocurre y el desparpajo, la fuerza y la violencia con que lo cuenta. Es una película punk y, a la vez, la más aceptada por el público y la crítica. La gran pegunta es por qué. Empieza con una prostituta y Leonardo Di Caprio absorbiendo un producto tóxico sobre una parte de su cuerpo que normalmente no es filmada de una manera tan cercana en el cine. El hecho mismo de que eso haya sido aceptado, revela algo trascendental: todos sabemos que lo que cuenta es cierto, nadie se atreve a negar ni un solo fotograma de esa película, ni los más conservadores ni los más liberales. Es la película más irreverente, violenta, terrible e intransigente con la sociedad actual. Todos deberíamos reverenciar a ese hombre.

Salvo pocas excepciones, el humor está siempre presente en tu cine. ¿Por qué es tu recurso narrativo fetiche?
Es una herramienta. Es, al mismo tiempo, mi escudo y mi arma. Nada tiene sentido si no tiene humor. Si se quiere hacer algo interesante debe tener algo de humor porque sino es muy probable que sea falso; y si algo es serio, es muy probable que sea una mentira. Si se consiguen contar de manera humorística grandes problemas o dramas, se logra bajar la barrera del espectador. El humor es la clave. Y está en el Nuevo Testamento, cuando dice: “Si te dan una bofetada, pon la otra mejilla”. ¡Eso es una broma! Lo grandioso es que Cristo consigue reírse de su propio dolor y ese es el momento en que logra triunfar. En definitiva, el humor es el jugo que desprende la inteligencia.

El profeta del pasado

En 1995, Alex de la Iglesia saltó a la fama internacional con El día de la bestia, una película donde el humor se cuela en una falsa historia de terror. Luego llegaron filmes muy disímiles, como Perdita Durango, filmada en los Estados Unidos, con Javier Bardem y Rosie Pérez; Muertos de risa, con Santiago Segura; y una de las más exitosas de su carrera, La comunidad, con Carmen Maura, sobre la convivencia extrema de un grupo de dueños e inquilinos en un edificio madrileño. También se atrevió al western con 800 balas, en 2002, ambientada en una España contemporánea pero con personajes arquetípicos del Lejano Oeste. Otros títulos destacados son Crimen ferpecto, Los crímenes de Oxford -basada en Crímenes imperceptibles, la premiada novela del escritor argentino Guillermo Martínez, filmada en los Estados Unidos-, y Balada triste de trompeta, sobre la Guerra Civil española, que le valió ser reconocido como mejor director en el Festival de Venecia 2010. Más recientemente incursionó en el cine documental con Messi, un homenaje al futbolista argentino en la voz de grandes jugadores.

Durante la master class que brindó en el festival de creatividad El Ojo de Iberoamérica, al que llegó  invitado por la agencia de publicidad Ogilvy Argentina, se enfocó en la innovación. Y mostró su faceta de filósofo, más que la de realizador. Ante un auditorio colmado por los principales referentes de la industria de la publicidad de la región, comenzó preguntándoles: “¿Por qué será esa manía de querer parecer tan jóvenes?”. E inmediatamente agregó: “La única forma de innovar es no pretender hacerlo. Intentamos ser modernos de una manera impostada”. Y se propuso responder en público “las preguntas esenciales: ¿Quién soy? ¿Qué pretendo? ¿De qué voy a hablar? ¿Por qué soy tan gordo?”.

Ante el primer interrogante, formuló: “Soy un tipo que hace cine comercial. Soy un mentiroso, un contador de ficciones. La realidad es falsa. Trabajo vendiendo mentiras. También estudié filosofía, pero mi base intelectual es leer apuntes de otro”. Luego, confesó qué pretende de su vida: “Básicamente, vivir de contar esas mentiras. La habilidad del director supone lograr que otros -las grandes compañías, los productores e incluso los actores- inviertan en una farsa”.

Según De la Iglesia, no existen diferencias entre filmar comerciales y películas: “Ambas intentan vender cosas. Las películas tienen esa venta encubierta de estilos de vida, de comportamientos, de modelos de sociedad. La diferencia es que los comerciales te hacen un buen filme y te ponen el producto al final”.

Con humor, la tercera de las preguntas que respondió fue la que había planteado como última: “Soy gordo por la ansiedad. Esa ansiedad me hace tener esta forma creativa. No puedo guardar las ideas y necesito movilizarlas. Todos tenemos ideas, no sólo los creativos: lo jodido es concretarlas”. Para De la Iglesia, “la innovación es un círculo cerrado: se trata de buscar lo moderno en lo más antiguo. El progreso ha sido tecnológico, pero la felicidad no ha progresado. Estamos en una era de transmodernidad donde tendemos a ser exactamente iguales debido a la globalización”. Hacia el final, el filósofo, director y creativo español se preguntó: “¿Cuál es el camino para sobrevivir en una era donde el presente es pasado y el futuro es presente?”. Y planteó que la solución está en “apostar por la contradicción. Tenemos que mirar hacia atrás, superar la necesidad que genera innovar, buscar la descentralización de la autoridad intelectual y desconfiar de quien no nos obligue a hacer algo diferente. Sólo puedes romper las reglas si las comprendes. Lo sustancial del progreso es fomentar el pasado y la tradición para poder proyectar un futuro”, concluyó.

¿Qué es más difícil: ser profeta en tu tierra o ganar un Oscar?
(Risas) Ninguna de las dos cosas es fácil. Precisamente porque no soy profeta en mi tierra no ganaría nunca un Oscar.

¿Steven Spielberg, Alfred Hitchcok, James Cameron o Peter Jackson?
Hitchcok está por arriba de todos: inventó un lenguaje. Pero Spielberg le supo sacar mejor rendimiento. Cameron tomó todas las leyes del maestro y las convirtió en un espectáculo excesivo.Y Jackson tiene la experiencia más interesante: del súper exceso al súper control de producciones realmente imposibles.

¿Mel Brooks o Monty Python?
¿Rubias o morenas? Creo que si se reunieran Mel Brooks y Monthy Python, se generaría un Dios del humor. Pero me quedo con Monthy Python.

¿Martin Scorsese, Orson Welles, Jean Luc Godard o Quentin Tarantino?
El mejor es Welles, está más allá. Pero a la hora de la verdad, para la vida, me quedo con Scorsese. 

¿Capusotto o Francella?
Capusotto, pero amo a Francella. 

¿Los comics de Marvel o los de DC?
Marvel, por lejos, porque sus personajes siempre han sido verosímiles y las historias, muy humanas. DC siempre ha sido un desastre, para niños.

¿Messi o Maradona?
Messi, porque es real. Maradona es un sueño que hemos tenido.

¿Con qué frase querés que te recuerden?
Se equivocó.


 

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