El emprendedor argentino que llega a Barcelona con su marca de ropa reciclada

El emprendedor argentino que llega a Barcelona con su marca de ropa reciclada

Andrés Baño fue elegido el mejor diseñador en la primera Bienal de Arte Joven. Treinta años después, su etiqueta sigue orientada a las ediciones limitadas y numeradas. Prepara un desembarco pop up en Barcelona

Andrés Baño pertenece a la camada de pioneros que utilizaron la ropa como expresión personal, como una respuesta a la moda argentina de los ‘80, acartonada e inspirada en la elegancia de Europa. Reinterpretaron el espíritu de la década con piezas de segunda mano encontradas en cotolengos y donadas por marcas.

En esos tiempos, los nuevos diseñadores experimentaron con materiales y técnicas artesanales y gestaron piezas únicas que hoy hacen a la historia de una época única, irrepetible, que tuvo su esplendor justo antes del boom de los ‘90, cuando la moda se puso de moda con la aparición de las grandes etiquetas nacionales y la primavera de las importaciones. Organizada por el gobierno de Raúl Alfonsín, la Primera Bienal de Arte Joven, en 1989, los visibilizó al incluir el diseño de indumentaria como disciplina artística en su programación. Fueron tres días de desfiles con la asistencia de 10 mil personas por jornada, y un certamen que coronó a Andrés Baño, un estudiante de Arquitectura de 22 años, como ganador. Treinta años después, el creativo sigue produciendo moda con la misma idea: piezas únicas y retomadas de otras prendas.

Semanas antes de volar a Barcelona para abrir una boutique temporal, recibió a Clase Ejecutiva en su atelier de Microcentro. “Quería vivir de lo que me gustaba, pero era una carrera que no existía en la Argentina. Quería que mis afectos no se asustaran porque estaba usando una maquinita de coser”, evoca quien en sus manos tuvo las primeras colecciones de Tramando, la etiqueta de Martín Churba.

¿Cómo evolucionó tu etiqueta, a 30 años de tu debut triunfal?
Hago una producción limitada con piezas numeradas. Eso me permite armar salidas para que los productos obtengan mejor beneficio y, a su vez, tener el desafío de diseñar prendas mejor hechas. Pero Buenos Aires es difícil. Mi respuesta es hacer varias líneas para abastecer distintas boutiques: tengo mi perchero en La Mercería, donde también hago a medida; diseño una línea en denim para un local de Avenida Santa Fe y otro en zona norte. A mi edad, ya no me interesa llamar la atención ni quiero la cosa efectista que sirva sólo para la foto.

¿Dónde conseguís los jeans y otras prendas vintage que reformulás?
En ferias americanas. También hay personas que se ocupan de buscar para reciclar. Trabajo en collages para luego aplicarlos a la ropa. Siento que puedo crear con distintos materiales y a todos darles mi impronta. La moda está uniformada con lo que está sucediendo en el momento, que en muchos casos, además, es un refrito de otras épocas. El producto está caduco porque es una revisión de lo mismo: se puso aburrido, repetitivo y poco fresco.

Estás muy involucrado en el incipiente circuito de la moda de Flores. ¿Por qué?
Hago muestras para fabricantes y también estoy en una oficina de diseño que trabaja para otras marcas. Flores tiene una zona nueva, cerca de Villa del Parque, que funciona: les va bien, y es algo raro, porque nadie vende. La baja que hay en el consumo hace que se mantenga recesivo. No se trata de un sector que fabrica ropa barata, sino que está generando moda en precios que el mercado no está ofreciendo. Aunque la economía estuviera bien, estable, los cambios de reglas de cada gobierno perjudican a la industria.

En los ‘90, te dedicaste a viajar. ¿Qué impacto tuvo en tu carrera?
Primero me fui a Nueva York, después probé en un multimarcas en Londres y también trabajé en Madrid. Siguió México, donde me quedé tres años. Y cuando regresaba a Buenos Aires, fui a una fashion week en Brasil y terminé quedándome un tiempo en Fortaleza. Mi público es, desde siempre, el turismo: personas que buscan la novedad y lo fresco. Por eso ahora elegí Barcelona para instalarme un tiempo. No tengo un problema de ego: sólo quiero llegar a un lugar y vender. Me gusta quedarme tres meses en cada ciudad, insertarme como diseñador, conocer el negocio. En esa época era más sencillo porque no había demasiada competencia. Ahora resulta más difícil porque no hay lugar en el mundo donde no estén batallando las megaempresas.

Martín Churba dice que sos un “gran vestidor de mujeres”, que tenés una mano especial...
Cuando diseño, pienso en la mujer que me compra, que ya viene con la información y está al día con Instagram. Por eso, lo mío tiene que ser vendible, sexy, divino. Busco versionar lo que percibo en la atmósfera. En Arquitectura me enseñaron que para hacer una casa tenés que tomar partido de lo que hay en el terreno, de dónde viene el sol, cómo es la tierra, de dónde sopla el viento… Eso mismo miro cuando busco un lugar para comercializar: qué se vende ahí, qué tipo de público va por la calle y se para en la vidriera. Por ejemplo, el vestido de fiesta ya no ocupa un lugar privilegiado al momento de vender porque hay otros productos que son más necesarios en este momento. Las mujeres buscan una prenda que no pierda novedad: con la que puedan ir a la oficina y que, con el accesorio correcto, les sirva para la noche.

¿Es posible mantener la identidad con tanta información pululando alrededor de la clienta?
Todo es tan repetitivo que la copia siempre está ahí. Puedo mirar el último desfile de Chanel y saber cuáles son las prendas que van a ser copiadas. Pero la recreación es ilimitada. Estamos en la era del mix, donde todo se pueda mezclar y una prenda puede contar mil historias diferentes. Hay que experimentar con tu propia versión, tu conocimiento, no sólo en una colección planeada.

Pop up en Barcelona

Andrés Baño preparó una colección especial para llevar a Barcelona, la ciudad que lo va a cobijar durante tres meses, desde abril. “Es un mercado que necesita nuevas propuestas, pero a las empresas les cuesta incorporar lo nuevo, por eso hay que fortalecer los proyectos propios. Uno siempre está empezando de nuevo. Cada vez que abro un mercado, se trata de eso”, señala el designer.

¿Cómo es tu método de trabajo?
Tengo tanta obsesión por la experimentación que no puedo dejar de hacer una cosa nueva todos los días. Primero, porque las ediciones de venta que tengo son cortas, entonces me interesa que el perchero tenga novedades. La ocupación de un diseñador en este momento es la investigación de la propia línea en choque con la realidad. La técnica del patchwork es lo que me posibilitó mezclar lo nuevo con lo viejo y me permitió contar una historia de algo que vi y me interesó en otra prenda.

En 30 años de carrera, ¿es posible evitar repetirte o copiarte a vos mismo?
Uno tiene que dedicarse a lo que le gusta porque eso es un reflejo de lo que se tiene adentro. Cuando veo a alguien que se mantiene vigente y sigue siendo emanador de cultura y referente, lo venero. Dado lo acelerados que están los tiempos, el talento que tiene una persona es todo. No puedo creer que pasaron 30 años. Para mí fue nacer: salí de ahí, estoy agradecido de haber estado despierto y haberme arriesgado. Tenía 22 años. Fue la primera oportunidad de mostrar lo que podía hacer. No pensé que era el métier que iba a ejercer el resto de mi vida, pero fue el soporte que me permitió mostrar lo que tenía adentro. Había tenido una educación muy rígida, en el contexto de la dictadura militar… La vida no era ni por asomo lo que es ahora. Y tampoco podías agarrar el teléfono y mostrar lo que pensabas o creabas con una foto en una red social. La Bienal fue como una luz: sentir que era “por ahí”, aunque no supiera lo que había en el camino.

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