Día de la madre: Luciana Mantero vs. Brenda Austin

Cómo es la nueva maternidad en tiempos de feminismo

Con la lucha por la reivindicación de los derechos de las mujeres, las definiciones tradicionales están empezando a transformarse: cómo son las nuevas formas de ser madre en épocas de feminismo. 

En los últimos años –especialmente con el nacimiento del colectivo #Niunamenos–, las mujeres han conquistado un espacio cada vez más amplio dentro de la arena social y política. Medidas como las Leyes de Paridad de Género, de Protección Integral, de Reproducción Médicamente Asistida, Brisa o el proyecto de ley de Equidad Salarial y la sesión histórica sobre la despenalización del aborto, son síntomas de los nuevos paradigmas. Sin embargo, y en un contexto marcado por tensiones de época -por la vigencia de tabúes del pasado-, conceptos como feminismo y maternidad están en permanente estado de redefinición. La periodista y escritora, Luciana Mantero y la diputada por la U.C.R., Brenda Austin, reflexionan sobre las nuevas formas de  maternidad. 

¿Hay un cambio de paradigma en el país sobre los derechos femeninos?

LM: Creo que sí. Quizá no a la misma velocidad en todos los sectores de la sociedad, ni en todos los puntos geográficos. Nuestro país es amplio y diverso, y el desafío es trabajar en las provincias más conservadoras. Y también hay una diferencia etárea: las y los jóvenes vienen con otra cabeza, sin ciertos estereotipos que van en contra de la equidad de género, como “la mujer al hogar y el varón al mundo del trabajo”; o la crianza como cosa exclusivamente femenina. Creo que irán, con los años, transformando nuestra sociedad.

BA: Sí, sin lugar a dudas creo que transitamos un cambio de paradigma donde el reconocimiento de los derechos de las mujeres se impone como parte de un cambio cultural en el mundo, en la Argentina y en la región. Sin lugar a dudas nos está conduciendo a una sociedad que aspira a constituirse desde bases más equitativas, desde la idea de paridad en el reconocimiento de los derechos, en el ejercicio de los roles y en la búsqueda de la disminución de las asimetrías todavía existentes en cuanto a las posibilidades de constituir una sociedad verdaderamente igualitaria. Quizás lo más importante de este cambio es que ha logrado construir canales para hacerse masivo. Ya no estamos hablando de la lucha del feminismo como una pelea de sectores minoritarios, sino de causas –fundamentalmente a partir del movimiento #Niunamenos– que adquirieron características masivas.

¿El concepto de maternidad sigue siendo idealizado?

LM: Creo que, al contrario, estas transformaciones en los paradigmas clásicos ayudan a barrer con los estereotipos de la maternidad idealizada y a hablar de mujeres reales, que atraviesan la crianza con conflictos, dudas, errores, con deseos contrapuestos y que se corren del lugar de la mujer superpoderosa, dejando que los hombres tomen el lugar que les corresponde en la crianza. Me parece que estamos más habilitadas a hablar de lo difícil que es la maternidad y esto es un buen antídoto para esquivar mejor la culpa de no cumplir con el paradigma de “la buena madre” que nos acosa a muchas.

BA: Indudablemente creo que todavía hay una gran mayoría de la sociedad que idealiza el concepto de maternidad. No hay duda de que en este proceso de construcción son muchas las cuestiones que entran en juego: resulta necesario transformar patrones culturales que condicionan la presencia de las mujeres en la vida pública y esto tiene que ver con una idea del rol de la mujer asociado a lo que ocurría en el hogar, mientras que los procesos de socialización de los hombres históricamente estuvieron más orientados hacia su desenvolvimiento en la vida social. Y eso tiene un componente directo con el concepto de maternidad mismo: esta idea de la responsabilidad de la mujer en su propio desarrollo integral asociado a la maternidad. Y creo que también es una idea que un poco empieza a cuestionarse, a preguntarse, a permitirse asumir que la maternidad no es un destino, que no todas las mujeres quieren o deben tener hijos, y esto forma parte también de esta transformación cultural.

¿Hay una dicotomía entre feminismo y maternidad?

LM: Creo, como digo en mi libro El deseo más grande del mundo. Testimonios de mujeres que quieren ser madres, que el feminismo ha pasado en los ‘60 y ‘70 de lugares más dogmáticos que asociaban la maternidad como un destino casi a evitar de las mujeres, a otro en el que la integra como una cuestión central de la identidad femenina. En El segundo sexo, Simone de Beauvoir define la maternidad como un obstáculo a la vocación humana de trascendencia, aunque aclaraba que la mujer “puede consentir en dar vida solamente si la vida tiene un sentido”. Hace poco leía una entrevista a la historiadora francesa y gran figura del feminismo Yvonne Knibiehler en la que decía: “Hay que ayudar a las mujeres a no ser madres cuando no quieren serlo, pero también hay que ayudarlas a serlo cuando lo desean”. Y hacía hincapié en que las generaciones jóvenes tendrían que resolver el problema en el que estamos metidas las mujeres modernas pues no contamos con el reparto igualitario de las tareas de crianza pero, a la vez, seguimos entregándonos más que los padres porque sacrificar demasiado el cuidado de nuestros hijos constituye, para la mayoría de nosotras, una privación.

BA: La maternidad no tiene que entrar necesariamente en conflicto con el feminismo. Tiene que ver con entender que tener un hijo o hija es una responsabilidad de ambos padres, o de quienes conformen la familia, y esto supone una distribución más equitativa de las tareas al interior del hogar. Cuando miramos las razones que les impiden a las mujeres desarrollarse profesionalmente, muchas veces aparecen asociadas con cuestiones vinculadas a la maternidad, sobre todo porque constituye un desincentivo para emplearlas. Parte de las discusiones tienen que ver con garantizar espacios de cuidado en los lugares de trabajo, con generar incentivos en licencias de paternidad que sean más equivalentes a las por maternidad, pensar en licencias compartidas. Lo que estas herramientas ponen en cuestión es la idea de la responsabilidad en el ejercicio de las tareas de cuidado.

¿La maternidad es el último mandato a derribar?

LM: La maternidad sigue siendo de cierta forma un mandato social, sí. Prueba de ello es que cuando una mujer no puede ser madre se la disminuye socialmente o ella misma -en la grandísima mayoría de los casos, y en un nivel que va más allá de lo racional- se siente menos mujer, menos completa. Pero, a la vez, en ciertos sectores hay muchísima más libertad para bucear en el deseo propio y decidir no ser madre. Hay más permiso interno y social. Las estadísticas dicen que todavía, y por suerte para la reproducción de la especie, en la mayoría de los seres humanos sigue primando la decisión de la paternidad. Pero también alertan sobre la baja contemporánea en la tasa de la natalidad, sobre todo en países más equitativos socialmente y en términos de género.

BA: Sí, creo que la maternidad todavía sigue siendo un mandato social y que las mujeres, en general, se esfuerzan mucho por cumplir con este rol. Pero también creo que es una idea que está en tensión y está, por lo menos, admitiendo ser cuestionada. Se están pensando distintas maneras que nos permitan el desarrollo sin tensiones entre la maternidad y el feminismo, entre la maternidad y el desarrollo de la vida personal o profesional, pero también en el desarrollo de la mujer sin que esto esté asociado con la maternidad como un destino.

Vientres subrogados, fecundación in vitro, parejas homosexuales: ¿La realidad va más rápido que la sociedad?

LM: Creo que estamos en un momento de transformación social en relación a la aceptación de estas nuevas formas de acceder a la maternidad, paternidad, de co-maternidad o co-paternidad. Socialmente hay más aceptación pero, otra vez, queda mucho camino por recorrer y creo que serán nuestros hijos los que lo vivan de otra manera. Hace poco escribí en una columna la historia de una comunidad escolar en la cual hay una pareja de mamás y los padres de un curso se resistían a cambiar una actividad que tradicionalmente era para padres con hijos e hijas. Otro ejemplo muy interesante: el 90 por ciento de las parejas que tienen hijos con donación de óvulos o espermatozoides, no les cuentan la verdad.

BA: Estas nuevas herramientas y tecnologías que se ponen a disposición de la gestación y de la procreación vienen, justamente, acompañando un proceso cultural y social de transformación de la idea de familia que no es de un día para el otro, pero que sí ocurre en nuestro país. Esta idea que, además, ya dio su paso por las discusiones legislativas, logró plasmarse en el Código Civil y Comercial y empezar a deconstruir la idea de la familia tipo para pensar en el reconocimiento de las homoparentales, monoparentales, ensambladas. Creo que, en definitiva, tanto la fecundación in vitro como la discusión sobre la subrogación de vientres vienen a dar respuesta a una necesidad que existe y a un proceso cultural que también va acompañando, habilitando y permitiendo el reconocimiento de estos derechos.

Se amplían los derechos, ¿Pero se mantienen los prejuicios y tabúes de género?

LM: Sí, claro. Tabúes que implican cosas que supuestamente no podemos hacer por nuestro género. Algunas cosas tienen razón de ser, que quizá implican la fuerza física, pero otras son meros prejuicios que tienden a subestimarnos. La evidencia más clara de cómo se derriban algunos de estos tabúes es el acceso de las mujeres a profesiones destinadas antes sólo a los hombres, como manejar camiones, dirigir clubes de fútbol o presidir países.

BA: Creo que siguen existiendo tensiones, que todo proceso cultural es un camino que se transita, pero que no se da de un día para el otro. Obviamente que convivimos con las mismas contradicciones: el avance cultural y las nuevas generaciones, que tienen otra lectura de la realidad. Pero también convivimos con la reacción ante eso, la resistencia al cambio, la búsqueda de sostener el estatus quo, la mirada religiosa y conservadora que impregna fuertemente de mandatos a algunos sectores de nuestra sociedad. Y eso supone seguir construyendo mecanismos de discriminación positiva para torcer las resistencias culturales y permitir el proceso de inclusión de las mujeres en todos los ámbitos de la vida laboral y, fundamentalmente, en los espacios de toma de decisión hasta que -como ocurrió en muchos países- no sea admisible pensar una foto de un Gabinete o de una Corte Suprema donde las mujeres no estén presentes.

¿Se ‘paga un precio’ por ser madre y por no serlo?

LM: Definitivamente. Hay una vara con la que se nos juzga y se determinan nuestras posibilidades sociales y laborales que no es la misma para los varones. De todas formas, los tiempos están cambiando y creo que siempre depende mucho de cómo nos paremos. Es decir, sirve reclamar pero no victimizarnos o juzgar a otras. Más bien creo que hay que predicar con el ejemplo, mirarnos más, autoexaminar la manera en la que actuamos.

BA: Hay una tensión entre el que hecho de que tener hijos implica muchas veces una postergación del desarrollo personal y, cuando no, implica también un cuestionamiento al rol con el que se ejerce esa maternidad –si se es mala o buena madre–, que genera una tensión entre ese rol idealizado de la maternidad y las mujeres participando de manera activa en la vida pública y en la vida privada. Y, por otra parte, la decisión de no ser madre también tiene un costo social si damos como válida esta idea aún vigente, y mayoritaria, en torno a la maternidad como destino. Una idea que busca entrar en deconstrucción para permitir que las mujeres decidan su propio plan de vida en libertad en el pleno ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos.

¿Por qué los derechos reproductivos protagonizan la lucha de género?

LM: Porque creo que en nuestro cuerpo está involucrado profundamente, otra vez cito a Knibiehler, en la reproducción de la especie. Por eso este debate sobre los derechos reproductivos es un espacio de disputas tan fuerte. A mi criterio, de lo que se trata es de poner el énfasis en la libertad de decidir por nosotras mismas y sobre nuestro cuerpo, y no, como en el libro de Margaret Atwood, El cuento de la criada, ser úteros caminando. Es una lucha de poder.

BA: Creo que, en particular dentro de lo que ha sido la agenda de género, hay temas que han tenido mayor impacto fundamentalmente por la capacidad para representar los dilemas que viven las mujeres de todas las edades y clases sociales en la Argentina. El dilema de la maternidad, los embarazos no deseados, las maternidades forzadas, las disyuntivas a las que se enfrentan las mujeres respecto al desarrollo de su vida profesional en la maternidad, forman parte de algo recurrente que todas hemos transitado desde distintos lugares. Pero también ha habido otros temas: el caso de #Niunamenos es un ejemplo paradigmático que puso en discusión la violencia hacia las mujeres al interior del hogar, y la necesidad también de transformar los patrones culturales en los que se sostienen los roles, en los que se cimientan las pequeñas violencias cotidianas. Creo que eso también le ha permitido al feminismo dar ese salto de crecimiento de una agenda de minoría a una agenda que involucre a las mujeres.