MIÉRCOLES 20/11/2019
Del teatro a la estación de tren: cómo son las nuevas salidas culturales disruptivas

Del teatro a la estación de tren: cómo son las nuevas salidas culturales disruptivas

Espectáculos de ópera, perfomances de danza, obras de teatro y exposiciones de artes visuales conquistan espacios públicos y privados originalmente concebidos para otras actividades. 

El living de una casa, el andén de una estación de tren, el lobby de un hotel, la piscina de un club de barrio, una sala que de tan pequeña hace pensar que allí no entraría ni una cama de dos plazas. Diversos, alternativos y alejados de la solemnidad de un escenario tradicional, esos mundos tan íntimos o tan públicos son el eje de uno de los fenómenos culturales del año.

Ópera rodante 

“Cuando guste, Maestro”, le dice el director al responsable de la orquesta. No están en una sala de cámara ni en un ensayo: esta mañana, la estación Martín Coronado del tren Urquiza, en el oeste del conurbano bonaerense, se convierte en la escenografía de la ópera La serva padrona. Con la música en marcha, los acto-res y cantantes líricos entran en escena: es decir, caminan el andén. A su alrededor, viajeros y vecinos se aceran, sorprendidos. “Abordamos la ópera como performance, como diálogo con la ciudad y su arquitectura, con la comunidad”, asegura Pablo Foladori, responsable del proyecto Ópera Periférica que presentó el ciclo Ópera sobre rieles junto a Metrovías. “Nos interesa investigar qué pasa con contenidos que se suponen de élite en lugares donde no circulan o se supone que no se pueden pensar. Hay muchos preconceptos”, asegura quien estuvo a cargo de la pues-ta que, después de un acto inicial, sigue a bordo de un tren en movimiento y termina en el andén de la estación Ejército de los Andes, en Hurlingham. La iniciativa —que cuenta con el apoyo del Fondo Nacional de las Artes— tuvo su primera función en un galpón del barrio Piedrabuena, en Villa

Lugano, en donde se interpretó una pieza de Mozart. Luego siguieron una cancha de básquet de la Villa 20 en Soldati, un predio debajo de la autopista 25 de Mayo, otro en la Villa 31 —donde los vecinos se con-virtieron en parte del elenco—, a lo largo de la línea H del subte porteño y en la estación Federico Lacroze. Según Foladori, “es importante que haya un diálogo con cada situación particular. El público valora que nos acerquemos a ellos”.

Minimalismo teatral

Una escalera hacia arriba, una puerta negra y, detrás, una pequeña sala de apenas 15 metros cuadrados. “Bienvenidos, buenas noches. Acomódense de pie contra las paredes”, recibe a los espectadores un hombre que resulta ser el actor principal. “Éste será nuestro espacio escénico”, aclara mientras dibuja, con una tiza, un círculo en el suelo. De pie en ese reducto empieza a conversar con su pareja de ficción en la obra 1+1=. Es una de las obras que se vieron durante el primer mes de vida de Microteatro, una revolucionaria propuesta que presenta 6 obras de 15 minutos de duración que se desarrollan casi en simultáneo para 15 espectadores en media docena de habitaciones diminutas. El formato nació en 2009 en un prostíbulo a punto de demolerse en Madrid, España, en donde se hicieron tantas obras como espacios había. Luego se desperdigó por otras ciudades —en Miami, por ejemplo, montaron escenas en volquetes— y, a mediados de este año, llegó a un galpón de doble planta en Palermo. “Sucede algo único. Sentís la respiración del actor, estás al lado. Es más íntimo, más potente, es un cuarto de hora en el que tiene que suceder todo. En una misma noche entrás a universos muy disímiles entre sí”, cuenta la actriz Julieta Novarro, una de las responsables del proyecto en Buenos Aires. De un mes al otro cambia el tema alrededor del que giran las obras (en septiembre será el amor; en octubre, el sexo; en noviembre, el futuro; en diciembre, la familia), además de los directores y elencos. La hoja de ruta de cada noche la decide el espectador. Además, hay un espacio gastronómico, Bar Quince —a cargo de Federico Fialayre, chef de Tomo I—, en el que disfrutar de una pausa. La limitación de espacio y tiempo es un protagonista tan demoledor como atrapante.

Living musical

Hay que tocar timbre. Es domingo. En San Telmo, un edificio de entrada señorial y ascensor enrejado recibe a los espectadores. En el living de un departamento, esta noche habrá un concierto en vivo. Los que llegan cruzan la puerta con curiosidad, aceptan una copa de vino y van hacia la sala principal, en donde buscan su lugar en un sillón o en el piso. Junto a la ventana está la familia que hace de anfitriona en su propia casa. El capítulo porteño de Sofar Sounds realiza su encuentro del mes: la primera vez que se organizó fue en Londres, pero hoy ya se celebra en 368 ciudades del mundo, entre las que hay otras 8 sedes argentinas. En Buenos Aires desembarcó en noviembre de 2011, y desde entonces se brindaron más de 70 shows. “Cada noche se genera un ambiente diferente. Hay magia en esa intimidad, una conexión única. Entrás a un lugar privado que alguien abre para que vos vivas la experiencia, así que ingresás con un respeto y un agradecimiento distinto. Los músicos son cercanos a vos. Todo está cruzado por el respeto a la música: quien viene lo hace para escuchar y descubrir”, cuenta Hernán Pato, coordinador del proyecto en el país. Para acceder hay que inscribirse online y esperar la confirmación. El line up de artistas es sorpresa: recién se conoce al llegar a la locación. Hoy tocan Bandalos Chinos, Cam Beszkin y Felipe Herrera. “Buscamos propuestas originales con repertorio propio, que puedan adaptarse a un formato semiacústico más despojado, con diferentes formaciones, y que haya una ruptura entre una banda y la que sigue. La idea es venir sin preconcepto: darle una oportunidad a un estilo o artista a quien quizás no habrías elegido”, resume Pato. El entorno íntimo ayuda a entrar en esa sintonía de descubrimiento.

Una psicina en escena

Humedad, calor, un olor penetrante y un aire denso que atravesar hasta llegar al asiento. Así era el ingre-so a Condición de buenos nadadores, la obra que Camila Fabbri montó en el natatorio del Club Vasco Argentino Gure Echea, en Balvanera. Basado en un texto también suyo —incluido en el libro Los accidentes—, Fabbri tomó el desafío de salir del formato tradicional de la sala teatral para contar de manera diferente esa historia que transcurría en una pileta. “Se me ocurrió que podía hacerse en un espacio real. Había maneras de recrearlo en una sala convencional, pero me parecía interesante tener a dos actores solos en una piscina vacía, de noche. Tenía mucha más verdad”, cuenta. La locación implicó complicaciones para la acústica, el montaje y la visibilidad del público. Además, las condiciones cambiaban de un domingo al otro, según lloviera, hubiese sol o humedad. “Apenas entraba el público, sentía dos cosas: por un lado, el olor a cloro. que te despierta el recuerdo de la infancia. Por otro, era espectacular ver ese lugar desolado como nunca”, asegura. La experiencia requirió prestarle atención a cuestiones técnicas que antes no había abordado: “Fue una decisión puntual para este proyecto, no lo había pensado cuando lo escribí. Por un lado sumó, pero por otro tuve que descuidar cuestiones de la dirección por esos otros temas”.

Danza con todos

Un piso despejado. Eso le alcanza al Combinado Argentino de Danza (CAD) para desplegar sus cuerpos. “Desde el inicio planteamos la idea de que cualquier sitio es posible para alojar una expresión artística. Nuestra danza es popular: puede llegar a la gente en espacios que no se imagine. Acomodamos lo que hacemos al lugar, la ocasión y el encuentro”, cuenta Andrea Servera, creadora y directora del colectivo que combina hip hop, folclore, cumbia y danza con-temporánea, entre otras expresiones. El calendario incluye presentaciones en escuelas rurales y urbanas, festivales, eventos culturales, institutos de menores, plazas, galpones... En cualquier sitio, el elenco de 15 bailarines logra contagiar su ritmo. “Se provoca algo muy especial. Por ejemplo, en los colegios, los chicos salen al recreo y se encuentran con una compañía que propone un lenguaje y una diversidad. Compartimos, invitamos a que se sumen a bailar. Encendemos muchas chispas, es transformador”, cuenta Servera. El repertorio y el despliegue se adapta a cada ocasión: presentaron en Ciudad Cultural Konex su espectáculo que recorre la obra de Igor Stravinsky, acompañaron en sus dos shows en el Gran Rex a Lila Downs y cada fin de semana dan talleres de expresión para chicos en Tecnópolis.

Arte para viajeros

Como si fuese una galería, en los espacios públicos de The Brick Hotel Buenos Aires Mgallery by Sofitel, cuelgan obras de arte. Un cuadro en el descanso de la escalera, otros en el lobby, algunos junto a las mesas. Entre mayo y agosto, allí expuso Milo Lockett. Fue el mendocino Eduardo Hoffmann quien inauguró la sala en la que también exhibió Marta Minujín y que, desde septiembre, alojará al chileno Zamudio. El foyer del primer piso también cede sus columnas y paredes al arte. Allí se podrá ver, desde el primer día de la primavera, Instante natural, la muestra que reúne el trabajo de la argentina Ingrid Djensonn. “En Instagram o en la web, una persona de cualquier parte del mundo puede llegar a tu obra a través de un hashtag o una palabra clave. Estoy convencida de que precisamente eso mismo puede suceder en un hotel, un contexto que reúne tanto a viajeros como a loca-les que pueden venir a alojarse, tomar un café o simplemente recorrer las muestras”, asegura Djensonn, quien interviene digitalmente las fotografías que toma con su teléfono celular. La exhibición incluirá alrededor de 20 imágenes tomadas en Salta, diferentes localidades de la provincia de Buenos Aires y Colonia del Sacramento, en Uruguay.

Comentarios0
No hay comentarios. Se el primero en comentar

Shopping