De maletero a hotelero de los famosos: la vida de película de Gabriel Oliveri

De maletero a hotelero de los famosos: la vida de película de Gabriel Oliveri

Lleva 30 años en la industria de la hospitalidad cinco estrellas. Publicó sus memorias: revela anécdotas con las celebridades y recuerdos de infancia, bullying incluido  

"Si supiera dónde vive Dios, le enviaría una caja de champagne para agradecerle, porque la estoy pasando taaaaan bien”.

Gabriel Oliveri lleva casi tres décadas de trayectoria en la hotelería de lujo porteña. Comenzó como bell boy y recorrió todo el escalafón hasta convertirse, en los 15 últimos años, en el gran anfitrión de Four Seasons Buenos Aires, donde es Gerente de Marketing y Comunicación

Hace 7 años, junto a su equipo, cambió para siempre el paradigma del área de Alimentos y Bebidas del segmento de hospitalidad premium con la creación de dos restaurantes (Elena, puesto 32 entre los Latin America’s 50 Best Restaurants 2018; y la parrilla premium Nuestro Secreto) con foco en la gastronomía argentina -algo inconcebible porque el mandato del segmento imponía la haute cuisine- y un bar-boliche (Pony Line) donde, además de consagrar de modo pionero a la hamburguesa como una opción gourmet, se baila y “sí, hay levante: ¿o te vas a ir a una reunión de Acción Católica para un ligue?”, plantea Oliveri. 

Disruptivo full life, hace cuatro años se calzó un pelucón flúo, se pintó los labios con rouge, se vistió con trajes estrafalarios y se lanzó a conducir 'Corazones ardientes con el Doctor Amor', un ciclo de entrevistas en Ciudad Magazine que le valió ser nominado al Martín Fierro. De allí pasó a ser coequiper televisivo de Pampita y Sol Pérez

Dr. Amor, el personaje que le valió ser nominado a un Martín Fierro

Ahora vuelve a patear el tablero con la publicación de 'Una vida cinco estrellas' (Planeta), una “biografía de autoayuda” en la cual relata, sin tapujos, sus humildes orígenes como hijo de inmigrantes en Entre Ríos, el bullying que sufrió en su adolescencia en una Concordia pueblerina, los desbordes que se permitió como recién llegado a una Buenos Aires en plena efervescencia del regreso de la democracia, el hambre -literal- que pasó cuando se quedó sin empleo durante la híperinflación e incluso las ‘mentiras piadosas’ en su currículum con tal de conseguir el trabajo de sus sueños.

Son confesiones conmovedoras pero desdramatizadas, porque el objetivo de Oliveri es inspirar. “Yo tenía todas las condiciones para no hacer nada y ser un manojo de frustraciones y quejas; sin embargo, decidí ir tras mis sueños, ¡y aquí estoy, resucitado!”, asegura en el prólogo. 

Con Mauricio Macri, cuando era presidente de Boca

De allí que esos recuerdos de sus desafiantes orígenes convivan con las anécdotas desclasificadas sobre todas las celebridades que conoció a lo largo de su carrera, de Carolina Herrera y Karl Lagerfeld al papa Juan Pablo II, de Madonna y Donatella Versace a Paul Auster y Mario Vargas Llosa, incluido todo el jet set vernáculo, una galería de personajes de la que da cuenta un apartado fotográfico que, si bien generoso, es una selección frugal de las miles de imágenes que pueblan su archivo.

Con Pampita, la modelo y conductora que lo considera su coequiper en tevé

No faltan, por supuesto, las impresiones de sus viajes por el mundo junto a Miguel, su compañero de vida desde hace 22 años. E incluso el bonus track del famoso Cuestionario Proust que popularizó la revista 'Vanity Fair'. Todo ello, jalonado por frases motivadoras que, destacadas tipográficamente para que a ningún lector se le pasen por alto, sin duda explican por qué Oliveri es el ejemplo perfecto del ser resiliente. “La frase ‘una vida cinco estrellas’ no hace sólo referencia a lo que me rodea en mi vida laboral, sino -y mucho más importante-  a cómo armarse una vida en la que te des los lujos que soñaste y seas feliz a pesar de los zarpazos de la existencia, siempre llena de turbulencias”, proclama en la contratapa. 

Con el Dalai Lama y Susana Giménez

Sos el gran anfitrión del lujo porteño. ¿Por qué  escribir una biografía que desmitifique al ‘personaje’ y demuestre que no naciste en cuna de oro?

Uno nunca sabe cuánto va a estar en la Tierra. Y quería compartir mi mayor aprendizaje de vida: ser feliz es una elección. Mi mamá llegó de España, en barco, y se fue con su familia directamente a Entre Ríos, a vivir en un rancho de adobe y cosechar naranjas. Fueron años sin Navidad ni Año Nuevo, día y noche trabajando y ahorrando. Mi papá vino de Italia y tenía un almacén de ramos generales en Concordia. Se conocieron un día en que a mi papá se le escapó un ternero y, cuando lo fue a buscar, vio a mi mamá sacando agua de un aljibe: ella se asustó, porque estaba sola, y se fue corriendo. Él pensó: “Es una mujer decente”. Sucedió en 1954. A los 6 meses se casaron sin haberse dado ni un beso. Mi papá se quedó fuera del negocio de sus padres y, con mi mamá y mis otros dos hermanos, nos fuimos a vivir a una pieza donde nos bañábamos en un latón. Pese a todo, teníamos una vida cultural activa: leíamos libros y revistas -aunque fueran viejas-, escuchábamos radioteatro, íbamos al cine. De ahí vengo: del ejemplo del trabajo a destajo. Me enseñaron que con esfuerzo e inquietudes, se sale adelante. Fueron tiempos duros en ‘Discordia’, como menciono en el libro a mi ciudad, porque yo era un chico diferente y sufrí bullying. A los 15 años pasé un momento muy crítico: no quería seguir viviendo. Así que llamé a la única psicóloga del pueblo y le advertí que no podía pagarle la consulta. Me recibió igual y me dijo: “El globo se pincha por el lado más delgado”, para que entendiera que, a veces, el que va a terapia no es el que está enfermo, sino el más sano o sensible. Y me aconsejó que me fuera a Buenos Aires. Uno cree que la familia, la pareja, el trabajo o la circunstancia es lo único que existe... ¡Y no es así! 

Con Mirtha Legrand

Te instalaste en una residencia universitaria religiosa porteña, pero terminaste durmiendo ‘de prestado’. Fuiste cajero de supermercado hasta que descubriste tu vocación por la hotelería de lujo. ¿Cómo pasó? 

Llegué a Buenos Aires a finales de los ‘80 para estudiar Abogacía, que era el deseo de mi papá. Y también me ocupé de divertirme mucho, porque era la primavera alfonsinista. Cuando falleció mi padre, le dije a mi madre que dejaba la carrera para ser libre: “Ningún problema. Pero la residencia no te la pago más”, me dijo. Así que me mudé a un hotel de pasajeros, con baño compartido. Un día me robaron lo poco que tenía en la pieza y me quedé, literalmente, con lo puesto. Así pasé los siguientes tres meses: usando ese par de medias, ese calzoncillo y esa camisa que lavaba cada noche para, al día siguiente, con mi único traje, ir a buscar trabajo. Era la época de la híperinflación y te encontrabas, mínimo, dos cuadras de fila de gente para un puesto. Me jugaba en contra no tener un oficio ni haber terminado una carrera universitaria. A veces, para olvidarme de que tenía hambre, dormía. Sobrevivía con changas y me instalé en el departamentito de una amiga, que me tiró un colchón en el piso. Pero nada me desalentó y seguí buscando: si estás en movimiento, las cosas buenas suceden. De casualidad, apareció la hotelería en mi vida.

'Infiltrado' en una producción de tapa de la revista Gente

¿Es cierto que empezaste como bell boy?

Empecé como maletero, seguí como recepcionista, luego pasé a Administración y seguí a Ventas. Al tiempo, me enteré que llegaba una cadena internacional súper importante y conseguí trabajo gracias a una mentira. No sabía 'una papa' de inglés pero, una vez que tuve el trabajo, me inscribí en un curso intensivo: iba todos los días de 18 a 23, y los sábados tres horas más. En dos meses terminé hablando lo necesario para que no me echaran de ese 5 estrellas. Al tiempo, planteé que quería seguir progresando dentro de la cadena y ofrecí tomarme licencia sin goce de sueldo para formarme en el exterior: junté todos mis ahorros y me fui durante tres meses a estudiar Negociación en San Francisco. Desde entonces, esa es mi actitud: si no sé hacer algo en mi trabajo, busco la formación necesaria. Así evolucioné a director de Ventas, luego a director de Marketing, más tarde a director de Relaciones Públicas. Hasta que, hace 15 años, me pasé a Four Seasons Buenos Aires. Al principio fue duro, porque implicó empezar de cero. Pero siempre hay que tener presente lo que dice Scarlett O’Hara en 'Lo que el viento se llevó': “Mañana será otro día”. Cuando uno no puede con todo lo que se le viene encima, hay que saber que puede parar y descansar. No pasa nada: mientras uno esté vivo, todo se puede resolver. En mi trabajo, todos los días empiezo de cero. Los laureles son para ayer. ¡Vos sos lo que estás haciendo hoy! El currículum no sirve: sos tan bueno como lo que estás haciendo ahora. Tengo un estilo de management totalmente horizontal, excepto cuando hay que hacerse cargo de errores: salgo solo al toro.

¿Qué aprendiste de tu contacto estrecho con las grandes celebridades internacionales?

Es cierto que las celebridades son muy demandantes. Pero antes, lo son con ellas mismas. Siempre digo: “No se puede ser Gandhi y pagar los impuestos”. Hay gente con vidas muy demandadas y por eso exigen a los demás. 

Con casi 30 años de trayectoria en la hotelería cinco estrellas, ¿qué es el lujo?

Tener una vida 5 estrellas no se trata de lujo, sino de rodearse de personas, situaciones y objetos que a uno le hagan bien. Uno tiene el derecho a elegir una vida feliz, porque los zarpazos vienen solos. La vida es un tren y conviene que lo que veas por la ventanilla sea lindo porque, cuando te toque bajarte, lo vas a hacer con lo mismo con que subiste. 

Con Donatella Versace

¿Por qué ‘el chico 10 de la hotelería’ decidió escribir una biografía de autoayuda?

Escribí mi historia de vida para demostrar que cada uno puede vivir la vida que soñó o, al menos, acercar el bochín, como dicen los jubilados. Uno nunca va a ser más joven que hoy: así que a disfrutar el día. Ahora estoy pensando en pasar el libro a guión de un unipersonal en teatro. Cuando me propusieron hacer Doctor Amor en la tele, tuve un momento de duda, por mi reputación profesional. Pero creo, sinceramente, que la vida es ridícula y uno no se la tiene que tomar en serio. Los miedos siempre van a estar, pero no nos pueden paralizar. 

¿Cuál es la 'fórmula Oliveri' para ser feliz? 

Las emociones son importantes, pero no hay que ser emocional. Hay que asumir que uno vive en construcción, aprendiendo, cambiando, animándose. Para ser infeliz, no se necesita más que tirarse en el sofá. Ahora, para ser feliz, hay que trabajar. 

Fotos: Gentileza Editorial Planeta y archivo personal de Gabriel Oliveri

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