CGT, ¿unidos o desorganizados?

CGT, ¿unidos o desorganizados?

Carlos Tomada y Marcos Novaro analizan el escenario actual de la central sindical, entre las tensiones que genera la precaria convivencia de los gremios y las especulaciones sobre la eventual reforma laboral.

Mientras algunas actuaciones individuales, con Pablo Moyano a la cabeza, amenazan la frágil pax cegetista que intenta salvar ‘el Triunvirato’, el Gobierno impulsa la reforma laboral para seducir inversores. Las presiones de otras centrales obreras, los movimientos sociales y la izquierda, en el contexto de un peronismo fragmentado. Sin embargo, y aunque  la unidad al interior del frente sindical ha quedado bajo sospecha varias veces, un eventual quiebre no parece –por ahora– probable: “Siempre ha habido distintos sectores y reacomodamientos en el sindicalismo” –explica Carlos Tomada, exministro de Trabajo–. Creo que hay una expectativa de unidad aún no concretada plenamente. Es uno de los principales desafíos que hoy enfrenta para ser eje de una clara oposición a las políticas laborales en ciernes”. En este sentido, el sociólogo Marcos Novaro tampoco advierte un nuevo cisma sindical: “Menos en el contexto de consolidación del Gobierno, profundización de su paquete de reformas y desactivación de algunos de los motivos de querella intraperonista o de dispersión peronista. Si avanza la idea de un plan de reforma laboral con el aval electoral, entonces la CGT va a tener más motivos para estar junta. No veo que las cosas vayan a cambiar drásticamente. Sí vamos a tener momentos de disidencia y de unificación, diferencias tácticas respecto de cuándo y cómo golpear. Pero los sindicatos peronistas –igual que todo el peronismo– son expertos en esto del ‘policía bueno y el policía malo’, de golpear y negociar: lo han hecho siempre y muy bien. No veo que haya alguna razón para que esas distintas tácticas no convivan en una estrategia común”

¿Cómo es la CGT en la era Macri?
CT: Luego de un 2016 donde quizás pecó de hacer un equilibrio excesivo, hoy ha adoptado posturas de oposición, en línea con una mayor visibilidad de las políticas de ajuste y ataque a los trabajadores, que pasó de las palabras a los hechos. Creo que hoy, frente a la ofensiva de distintos sectores, su fuerte está en que sus dirigentes piensen más en representar que en conducir.  
MN: Es una precaria unidad que se pensó como una fórmula viable para reunificar la CGT a medias, con una conducción colegiada y solamente algunos puntos de acuerdo. Los tres no suman uno: son figuras que están ahí en representación de otros. Ni siquiera son primus inter pares porque detrás tienen actores de mayor peso: Moyano, Barrionuevo, Caló. Han tercerizado la conducción y eso les ha permitido sobrevivir y hacer algunas cosas originales. Una es la cooperación con los movimientos sociales, entre los que ellos incluyen a la CTA, con una idea bastante ortodoxa pero al mismo tiempo realista. El otro punto en el que están todos de acuerdo es: “Con Macri habrá puntos de roce y puntos de acuerdo, pero lo que no hay es transacciones en la reforma laboral. En ese punto todos vamos a estar juntos para frenarlo”. Con esas dos cosas forman una unidad bastante efectiva.

¿Las internas pueden derivar en una fractura?

CT: Siempre ha habido distintos sectores y reacomodamientos en el sindicalismo. Creo que hay una expectativa de unidad aún no concretada plenamente. Es uno de los principales desafíos que hoy enfrenta para ser eje de una clara oposición a las políticas laborales en ciernes.

MN: No creo que vaya a haber una fractura sindical. Menos en el contexto de consolidación del Gobierno, profundización de su paquete de reformas y desactivación de algunos de los motivos de querella intraperonista o de dispersión peronista. No veo que las cosas vayan a cambiar drásticamente. Sí vamos a tener momentos de disidencia y de unificación, diferencias tácticas respecto de cuándo y cómo golpear. Pero los sindicatos peronistas –igual que todo el peronismo– son expertos en esto del ‘policía bueno y el policía malo’, de golpear y negociar: lo han hecho siempre y muy bien. No veo que haya alguna razón para que esas distintas tácticas no convivan en una estrategia común. Las diferencias existen, pero las oportunidades para sacar provecho de negociaciones con el Gobierno son muy diferentes: están los que van a perder siempre, como los empleados públicos; los que a veces pierden y a veces ganan; y los que siempre ganan. Eso es parecido a lo que pasó en la época de Carlos Menem y también en la época de Raúl Alfonsín.

¿Se viene una nueva relación Gobierno sindicatos?
CT: Desde diciembre de 2015 está claro que el nuevo Gobierno implica un cambio sustantivo y progresivo en la relación entre el capital y el trabajo, siempre en desmedro de este último. En la medida que el Gobierno siga avanzando sobre los derechos de los trabajadores o impulsando reformas para debilitar al sindicalismo y a las instituciones laborales, la relación va a ser conflictiva. El discurso del consenso se debilita frente al veto de una ley importante, la no convocatoria a la Paritaria Nacional Docente y la resolución por decreto en el Consejo del Salario Mínimo.
MN: Creo que va a haber variaciones y continuidad. Hay una situación que al Gobierno no le conviene poner en crisis por completo: los sindicatos no ven en Macri a alguien igual a Carlos Menem, es decir, no es alguien que esté empecinado en destruirlos. Entonces, si el Gobierno insiste con el gradualismo y la negociación, el temor de los sindicatos a que se repitan los ‘90 no va a activarse. Eso el Gobierno lo tiene que saber. Y por eso juega con amenazas acotadas: sabe que su poder para ejecutarlas es muy limitado porque necesita el voto de sectores peronistas para cualquier medida que tome. No me parece que sea un Gobierno que se vaya a incinerar en una batalla campal con el sindicalismo. El gobierno de Macri no es un gobierno ‘a la Menem’, sino mucho más moderado: va a tratar de avanzar en puntillas de pie y sabe que muchos de estos cambios  se pueden poner en la agenda en esta etapa, pero tal vez recién en una eventual segunda presidencia va a haber recursos para imponerlos.

¿Los incidentes en los últimos dos actos son sintomáticos o anecdóticos?
CT: Son dos casos diferentes y secundarios. Lo que debe destacarse, en primer término, es que la CGT sigue siendo el único sector social con capacidad de convocatoria más allá de sus fronteras. En sus movilizaciones confluyeron sindicatos de la CGT, de la CTA, sectores de las izquierdas, movimientos sociales y ciudadanos/as de a pie.
MN: Creo que hablan de la falta de control de la central. A esta jefatura tan poco disciplinada y tan poco prestigiosa se le anima cualquiera: cualquiera va y arma una batahola en Plaza de Mayo porque no hay forma de que ‘El Triunvirato’ lo castigue. ¿Quién podría ir a decirle a Moyano que su gente hizo un papelón? Nadie. ¿Quién tiene capacidad de amedrentar a los camioneros? Ellos hacen lo que quieren y nadie los puede frenar. Pero en sí es una situación bastante costosa para los gremios porque le ofrece al Gobierno la oportunidad de deslegitimar el poco control de la calle que tienen. Y le ponen un límite a la escalada: la CGT sabe que, si insiste mucho con esto, esos problemas pueden manifestarse de forma aún más dramática y en cada ocasión van a tener motivos de perder más apoyo. Están acostumbrados al desprestigio social, pero me parece que pueden recibir presiones del propio peronismo: “Si no pueden controlar, no marchen”.

¿Repercute la falta de liderazgo en el peronismo?
CT: No creo que haya falta de liderazgo en el peronismo. Lo que falta, en todo caso, es unidad y generosidad para enfrentar el ajuste y las políticas del Gobierno. Cristina tiene el liderazgo que le confiere tener el mayor apoyo en el peronismo y en otros sectores de la sociedad.
MN: Hasta acá le jugaba alimentando esas divisiones, porque la diferencia entre los sectores kirchneristas y massistas era fuerte. Después de las elecciones, esas tensiones se van a morigerar porque las estrellas de Cristina y la de Massa se opacan; y porque la convergencia hacia el centro, a la idea de Miguel Ángel Pichetto y la línea de gobernadores, va a tomar más impulso. El sindicalismo también se va a acomodar a esa situación donde no hay un líder destacado pero sí un ámbito de formación de liderazgo que habrá que ver si tiene el tiempo suficiente como para llegar a 2019. De todos modos, es un espacio de recuperación de las mesas institucionales del peronismo donde se recomponen y también dialogan con los sindicatos y establecen algún tipo de cooperación con el sindicalismo y con los movimientos sociales para avanzar en una forma de sucesión, de alternancia al macrismo. Creo que eso es lo que va a prosperar y, por lo tanto, es otro motivo para no exagerar las tensiones internas.
 
¿El Gobierno conseguirá que se apruebe su reforma laboral?
CT: Espero que no suceda, porque sería un gran retroceso social. Dependerá de lo que la sociedad en su conjunto pueda hacer para evitar la ruptura de equilibrios sociales y la exaltación de poder de los empresarios. La dirigencia política y sindical tiene un rol muy importante. Y, por supuesto, todos los argentinos, con su voto en las próximas elecciones.
MN: El Gobierno necesitaría cierta mínima solidaridad con una reforma laboral de parte de todos los que están excluidos del mercado de trabajo formal. Y la CGT se ha asegurado, con esta cooperación con los movimientos sociales, que esa solidaridad no exista o sea muy baja. No son actores del cambio, son actores de la conservación: quieren status quo total en el mercado de trabajo. Los desocupados y los informales colaboran en la solidaridad peronista en sostener este modelo sindical que los deja afuera. Y el Gobierno va a tener que trabajar mucho para cambiar esa situación: ha logrado una buena relación con algunos –el Movimiento Evita, por ejemplo–, pero eso no quiere decir que vayan a romper la solidaridad peronista. Los principales beneficiarios potenciales de la reforma laboral son los tipos que están abrazándose con los sindicatos en la marcha contra la reforma laboral.

¿La agenda de reclamos está desactualizada?
CT: Sucede que cuando el empleo y el salario son amenazados no queda mucho margen para tratar otro tipo de temas. Es cierto que ha habido momentos en que podría haberse planteado otra agenda. Pero hoy, cuando se busca desestructurar el esquema de representación, no parece ser un momento oportuno.
MN: En algunos casos, claramente sí. La reforma laboral es un ejemplo. Si vos tenés un planteo tan conservador, va a ser muy difícil que incorpores al mercado de trabajo a por lo menos una parte de los excluidos. Eso no quiere decir que no representen el interés de sus afiliados, que son bien representados por esa actitud conservadora. Hay temas centrales de la discusión sindical que agotan la agenda de los gremios: el combate a la inflación y la defensa del modelo sindical y laboral. Esa es la representación acotada, defensiva y conservadora que esas organizaciones priorizan, y tiene su lógica: representan, acotada y coyunturalmente, los intereses más urgentes de sus bases. Es como lo que le pasa a la sociedad… ¿Por qué es tan difícil cambiar en la Argentina? Bueno, porque las conductas defensivas y especulativas predominan en todos lados: no le vas a reclamar a los sindicatos que hagan algo diferente de lo que hacen los empresarios. Hay un diálogo que para mí siempre fue extraordinario… Esa vez que Alfonsín dijo: “Date cuenta, Saúl, de que si no salimos de la inflación los salarios nunca van a subir”. Y entonces Ubaldini le contestó: “La inflación es tu problema, los salarios son mi negocio”.

La versión original de esta entrevista fue publicada en la edición 194 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista.

Comentarios3
Napoleon Tirpitz
Napoleon Tirpitz 05/10/2017 04:46:11

LAKRAS RATAS LADRONES, ATORRANTES

Ricardo Gonzalez
Ricardo Gonzalez 05/10/2017 03:03:07

Van por ustedes muchachos, lamento que no se den cuenta.

Emmanuel Sebastian
Emmanuel Sebastian 05/10/2017 12:44:44

las preguntas no fueron bien realizadas... se pudo haber sacado mas información

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