MIÉRCOLES 20/11/2019
Arturo Puig: “A los canales les rinden más las latas que la ficción nacional”

Arturo Puig: “A los canales les rinden más las latas que la ficción nacional”

Se animó a reinventarse y hoy es uno de los directores más taquilleros de la avenida Corrientes. Es fan de las nuevas plataformas de contenidos audiovisuales pero también reclama políticas de fomento a la producción local.

La escena transcurre en el barrio de Núñez, en el horario en que muchos emprenden la vuelta a casa y otros se refugian en los bares para charlar con amigos. Justamente así es el encuentro de Clase Ejecutiva con el galán maduro que abre la puerta, relojea las mesas, se sienta y silencia su celular. Arturo Puig es de esas personas que inspiran confianza a primera vista, a las que les entregarías las llaves de tu casa sin pensar. Supo sortear las vicisitudes de la fama sin creérsela ni un poco y se mueve, en esta época de cosecha profesional, con la misma naturalidad con que lo hacía en sus épocas de galán de telenovelas y más tarde con el suceso de la tira familiar ¡Grande, Pá!, que llegó a los 50 puntos de rating en los ‘90. “Fue tan impresionante que, cuando terminó, estuve tres años sin trabajar. Con el tiempo me enteré que era por la imagen de padre bueno con la que había quedado asociado”, confiesa quien, con el tiempo, pudo desencasillarse. Y reinventarse.

Acumulaba más de 40 años como actor cuando decidió probarse como director teatral. Y allí también demostró que su nombre está asociado a la palabra éxito: Le prenom, Lluvia de plata, Piel de Judas –donde se dio el lujo de dirigir a Susana Giménez– y Sugar, la comedia musical que él mismo había protagonizado en los ‘80 junto a la diva de los teléfonos y Ricardo Darín. “Apenas empecé a dirigir a Susana, reparé en que recordaba el texto completo. Claro, es que en aquella época hacíamos dos funciones por día… ¡Y así fue durante tres años!”, recuerda.

 

El reemplazo de Griselda Siciliani por Laura Fernández, en Sugar, fue una decisión jugada. ¿Temiste que se cortara la racha de la obra como una de las más taquilleras de la cartelera?  
Sí, fue una sorpresa. Pero Laurita es divina: estoy fascinado con ella. La conocía de haberla visto bailar en el programa de Tinelli, y en algún zapping había notado su desenvoltura como conductora de Combate. Estaba de vacaciones cuando me dijeron que Griselda se iba y que Laurita iba a ser el reemplazo. Cuando regresé, ya había comenzado los ensayos…  La verdad es que la piba se puso la obra al hombro y se la aprendió de memoria en poco tiempo. Estrenamos con un solo ensayo general y la rompió.

¿Cómo ves la movida cultural porteña?
No hay una capital en el mundo que tenga tantos espectáculos como Buenos Aires, más incluso que Nueva York o Londres, y mucho más todavía que Madrid y París. Hay comedias, musicales, dramas, el circuito under, el microteatro. ¡Fantástico!

Fuiste protagonista de la edad dorada de los contenidos de la televisión argentina. ¿Te preocupa la escasez de producciones nacionales?
Hay un tema difícil, que tiene que ver con que ha cambiado la manera de ver televisión con la aparición de las redes sociales y las plataformas digitales. Existe un alto porcentaje de personas que no ven más programas por la tele, en vivo, sino a través de otras plataformas en el horario, día y lugar que quieren. Eso generó un gran revuelo que aún no se ha asentado. Por otro lado, producir ficción nacional tiene costos elevados: como los canales tienen poca torta publicitaria, compran latas, que son más baratas y les rinden. También creo que en la Ley de Medios se olvidaron de agregar que tiene que haber un porcentaje de ficción nacional –como en Francia, que es del 30 %–, porque de esa manera se genera más trabajo para los actores

¿Cuándo fue la última vez que te hicieron un ofrecimiento para hacer televisión?
Hace poco me llamaron de Underground para 100 días para enamorarse, pero no acepté porque arrancaba con la obra de teatro y no me daban los tiempos. Creo que tanto la Asociación Argentina de Actores como los productores y la gente de ATE tendrían que juntarse a dialogar para poder hacer televisión con más continuidad.  

¿Qué mirás en Netflix?
Me encanta mirar varios capítulos seguidos. Recientemente me enganché con The killing, River, 7 días, Billions, la sueca Wallander, Peaky blinders… Las series  inglesas y las suecas me encantan. Cuando tengo más tiempo, me voy a la cama después de cenar y miro series hasta caer rendido.

Temas clave como violencia de género, aborto y feminismo están muy presentes en la pantalla chica. ¿Te parece que el modo de tratarlos contribuye al debate general?
En algunos medios los tratan muy seriamente y en otros no tanto porque se busca lo mediático. Soy de la idea de que cuanto más se dialogue y se debata, sin necesidad de ir al barro, más interesante es el resultado.

Llevás más de 40 años en pareja con tu colega Selva (Alemann). Imagino que no todo fue un lecho de rosas…
No, claro. Selva dice que lo nuestro es algo cósmico. Hemos pasado muchas crisis y también nos hemos separado por un tiempo, sólo que la prensa nunca se enteró. Nos queremos mucho, nos respetamos, nos divertimos, nos gusta viajar. Como nuestra profesión es inestable, no somos de programar demasiado: decidimos y arrancamos. En una época no podíamos trabajar juntos porque nos matábamos. Hasta que un día nos llamaron para hacer Quién le teme a Virginia Woolf: ninguno de los dos se quería perder esos personajes increíbles de Arthur Miller así que nos propusimos salir invictos. A partir de ahí, todo funcionó perfecto.

¿Le temés al paso del tiempo?
No tanto al paso del tiempo… Mi miedo se relaciona más con la salud: hace dos años me pusieron un marcapasos. Fue tan sorpresivo que me impactó terriblemente: estaba desayunando con Selva, empecé a transpirar frío y me fui a negro, mal. Pero acá estoy, contándolo.

Dicen que la fama es puro cuento, sin embargo muchos se vuelven locos por alcanzarla. Con más de 40 años de éxito continuado, ¿cuál es tu fórmula para no creértela?
Varias cosas… Primero, vengo de una familia de artistas: desde mi bisabuelo, que trajo la primera utilería de teatro a la Argentina desde Barcelona hasta mi papá, que hizo el Teatro Lasalle. Entonces, estaba muy acostumbrado a que en mi casa se hablara de teatro, obras, críticas. Luego, hice varias telenovelas de Alberto Migré que tuvieron mucho éxito, así que cuando estalló la popularidad de ¡Grande, Pá! me encontró en un momento de madurez y seguí haciendo mi vida igual que siempre. Si entro a un bar, pido un cortado y me quedo tranquilo, no pasa nada. Ahora, si abro la puerta de par en par, con lentes oscuros y con dos guardaespaldas, es obvio que no voy a poder moverme.

Ya es de noche. Arturo Puig se agradece la charla compartida y se va caminando -¿quizás silbando bajito?- como tantos otros que regresan a casa por las callecitas de Buenos Aires. 

Regreso a las tablas

En paralelo con su exitosa performance como director de los grandes éxitos recientes de la avenida Corrientes, en el último año Puig volvió a subir al escenario con Nuestras mujeres, junto a Guillermo Francella y Jorge Marrale. Ahora protagoniza El vestidor, también con Marrale, en el Paseo La Plaza. La obra –escrita por Ronald Harwood– se desarrolla durante los bombardeos a Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, y retrata las relaciones entre los miembros de una compañía shakespeariana. En particular la que mantienen Bonzo (Marrale), un consagrado actor inglés, y su fiel vestidor Norman (Puig). En medio de las bombas, las crisis de salud, decisiones de continuar o no continuar con las funciones, la obra indaga sobre los distintos tipos de amor y de miedos.

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