Albertina Carri: "Preferiría que estemos en otra instancia de madurez política"

Es una de las voces más potentes del cine independiente. A 15 años del estreno de 'Los Rubios', su nueva película explora la figura del último bandolero argentino. 

Albertina Carri:

Albertina Carri es de una delgadez vítrea que, sin embargo, no acusa fragilidad. Tiene la expresión descarnada, como de un retrato pintado por Lucien Freud, y la voz en contraste, fresca, casi adolescente, tal cual como se la escucha en el relato en off que se extiende los 85 minutos que dura 'Cuatreros', su último filme, elogiado en festivales internacionales y aplaudido en el circuito cinéfilo vernáculo

Es una mañana otoñal. En el viejo bar de una estación ferroviaria porteña que frecuenta, “la niña bien que no lograron que fuera” o “la descarriada”, como alguna vez se autodefinió, se arma sus propios cigarrillos, pide un café y celebra las repercusiones de crítica y público de su sexta película, un híbrido experimental con algo de documental y de ensayo autobiográfico en el que aborda la violencia en los años ‘70 y la ausencia indeleble de sus padres desaparecidos.

El disparador es la figura de Isidoro Velázquez, considerado el último bandolero argentino, cuyo accionar en la década del ‘60 no sólo lo convirtió en una leyenda popular en Chaco sino que también le valió ser objeto de un ensayo firmado por el sociólogo Roberto Carri, progenitor de la cineasta.

Presentada oficialmente en la sección Competencia Latinoamericana del Festival de Cine de Mar del Plata 2016, fue recibida como “una master class de narración cinematográfica, que funda una nueva manera de pensar y hacer cine”. Además, se alzó con un galardón en el Internationale Filmfestpiele Berlin 2017 y, durante los últimos 6 meses, fue exhibida en el microcine del Malba con gran convocatoria de público. 

'Cuatreros' está disponible on demand en Cine.ar (ex Odeón), la plataforma audiovisual desarrollada por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales junto con Arsat que da acceso gratuito a películas, series, documentales y cortos argentinos, tanto clásicos como mainstream y experimentales. 

A 15 años del estreno de 'Los Rubios', donde también exploraba el tema con registro autorreferencial, Carri -una de las voces más potentes del cine independiente nacional- reflexiona sobre su historia desde otra perspectiva: “'Los Rubios' reclama el lugar de hija, reclama una memoria dentro de una historia que le sucedió a todo el país. En 'Cuatreros' no me pongo en el lugar de hija, sino a la par de mis padres. Ya no hay un reclamo, hay un nosotros. Las películas hacen operaciones opuestas y tiene que ver con el paso del tiempo mío y del país”.

¿En algún momento te pesa exponerte tanto en tus películas?
Sí y no, porque después de 'Los Rubios' atravesé una barrera. Esa era una película que hice con un grupo de amigos medio jugando, sin saber qué hacíamos. No tenía en claro ni que iba a ser un largo, y cuando tuvo tanta repercusión fue extraño porque me di cuenta que me había expuesto muchísimo sin haberlo calculado. Era chica, además. Pero luego traspasé cierta barrera de pudor y también empecé a profundizar esa lógica de lo autobiográfico y lo autoficcional: entendí que no soy esa que aparece en la pantalla. Creo que 'Cuatreros' trabaja sobre cierta idea de lo privado como algo político. Se ramifica en la idea de duelo colectivo, de que esto nos pasó a todos y, en ese sentido, no me siento expuesta para nada.

El espíritu colectivo se manifestó muy fuerte recientemente en la industria del cine frente a los cambios en el Incaa. ¿Cómo viviste ese conflicto?
No es algo sólo vinculado al cine: está relacionado con toda una lógica de este Gobierno que tiene que ver con lo que pasó con el Conicet y con los docentes. Hay una especie de embate contra la cultura y la educación. Lo del Incaa fue muy shockeante porque además de haber sacado al presidente abrupta y violentamente a través de una denuncia televisiva muy poco creíble, me llamó la atención cómo inmediatamente se armó una asamblea y acudió la industria entera: nunca había habido un movimiento así. Hago cine hace más de 20 años y nunca había visto que todos, de todos los colores, tipos y generaciones nos encontremos. Pasó con el 2x1 también. Creo que, como sociedad, hemos madurado mucho. No son los ‘90, claramente. Pero me resulta muy cansador y desilusionante: no me da alegría ir a la Plaza de Mayo todo el tiempo. Preferiría que estemos en otra instancia de madurez política. 

¿La gran deuda pendiente es el poco acceso a pantalla que tienen las películas nacionales independientes?
Ese es un problema del mundo entero: tiene que ver con un cambio rotundo que hubo en el espectador de cine, tanto por la evolución de los formatos hogareños como por lo que pasó con los complejos de proyección. En los últimos 10 años, los festivales, en el mundo, son todos realizados en shoppings. Me parece tremendo porque, al fin y al cabo, vamos ahí a hablar del cine experimental, radical o independiente y estamos dentro de la meca del capitalismo. Las salas de cine han ido desapareciendo casi en el mundo entero, y es una batalla que hemos perdido ante Hollywood, que hace las películas, las distribuye y es dueño de las salas. Eso cambió al espectador, que hoy no sabe lo que va a ver: se para frente a una cartelera y entra a la película por horario. Así se comporta el 70 por ciento de los espectadores en el mundo. Faltan salas donde se proyecten otro tipo de propuestas, quizás habría que aspirar a una lógica de cineclub o de cine de barrio. Con el tema de los formatos en Internet, la industria se está volcando cada vez más a esas plataformas y tengo la esperanza que recuperemos las salas de cine para las películas. Tal vez sea una idea utópica o romántica, pero me parece que puede suceder.

La forma de consumo de esas plataformas es inmediata, voraz y hasta adictiva. La gente se jacta de ver varias temporadas de las series en una semana. ¿Eso modifica sus expectativas frente al cine?
Sí, las modifica. Pero también hace muchos años dicen que la gente ya no lee, pero las industrias editoriales son enormes y las librerías están llenas de nuevos libros. Todo el tiempo se está anunciando un apocalipsis de la cultura y, sin embargo, la cultura demuestra tener algo de Ave Fénix, que siempre se vuelve a levantar.

Hiciste trabajos para la televisión. ¿Te interesa seguir incursionando en ese medio?
Fueron cosas muy particulares, producciones externas, nunca en una estructura televisiva. Ni loca trabajaría así: prefiero irme a la Patagonia a sembrar naranjas (sic). No me interesa. Lo que hice estuvo bien, pero es un tipo de trabajo muy exigente que se hace a una velocidad bestial. Para la serie 23 Pares estuvimos tres meses de rodaje y generamos 13 horas de contenido. Mientras rodaba, editaba y, antes de terminar el rodaje, ya estaba en el aire. Y yo preciso tiempo para pensar, mínimamente. Los de la televisión son otros tiempos. No es algo que a mí me divierta. Soy tan crítica con las películas que hay quienes dicen que a mí el cine no me gusta directamente. Pero tampoco me resulta fácil ver cualquier serie en Netflix. Me gustó mucho 'Breaking bad', que ya es una antigüedad. Y últimamente estuve viendo Billions: tiene una reflexión sobre la civilidad que me interesó. 

¿Ser tan selectiva repercute en tu economía personal? 
En general, tengo una economía que es un desastre. Siempre que parece que estoy bien me termino gastando la plata en proyectos y, a los dos minutos, estoy mal de nuevo. Tengo una economía infantil, nunca llego a madurar, a tener un orden. Pero la verdad es que no tengo ninguna pasión capitalista: el dinero sólo me interesa para seguir produciendo. 
 
La versión original de esta entrevista fue publicada en la edición 192 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista Comercial.
 

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