Nelson Castro:

Nelson Castro: "Sé que en el Gobierno hay enojo conmigo. La diferencia es que no hubo persecución ni escrache"

Asegura que la clase política no aprendió nada de la crisis institucional de 2001. Y que necesitaba “otro oxígeno” frente a la coyuntura que “en la Argentina es muy tóxica", por eso prefiere ser corresponsal en Venezuela o Chernóbil.

Fue una entrevista brava. El general Raoul Cédras –recién se acomodaba en su nueva posición tras el golpe de Estado que derrocó a Jean Bertrand Aristide, el primer presidente elegido democráticamente en Haití– se empeñaba en exhibir su (lento y forzado) español, mientras que Nelson Castro se aseguraba de reforzar cada referencia al militar con la palabra dictador.

–“¿Usted qué va a hacer ahora?” –le preguntó Cédras desde el otro lado del escritorio.

–"Mire, voy a entrevistar a los ministros del gobierno derrocado que están exiliados en la Embajada de Francia".

–“¿Va a ver a esos delincuentes?”.

–“Eran ministros”.

–“Pero son delincuentes”.

–“Eso lo dice usted”.

“Entonces él se enoja, va a la caja fuerte y me trae un papel, todavía me acuerdo,”, relata Castro.

–“Esta es la renuncia voluntaria de Aristide”.

–“General Cédras: primero, no sé si es la letra de Aristide. Pero voy a confiar en usted. Ahora, si es voluntaria o no...”

–“Le voy a decir una cosa: este país es un país muy peligroso para periodistas inquisidores como usted. Si yo fuera usted me voy de acá en 24 horas”.

Castro, no obstante, se reunió con los exfuncionarios en la sede diplomática francesa. Inmediatamente después salió de Haití en un vuelo privado, gestionado a través de la Embajada de la República Dominicana. Los motores ya estaban encendidos y el auto diplomático que lo había escoltado al aeropuerto tenía la orden de acompañar al avión hasta la cabecera.

Pasaron 28 años de esa entrevista: Aristide recuperó la presidencia de Haití y Cédras se exilió en Panamá. Nelson Castro dejó el consultorio para volcarse definitivamente al periodismo. Con el tiempo, se hizo célebre en su rol de analista político. Ahora, en épocas de reperfilamiento, Castro vive esa faceta como una instancia agotada, al tiempo que empieza a ser reconocido entre centennials que ni habían nacido cuando cubrió la Guerra del Golfo pero vieron sus salidas desde Chernóbil o sus encuentros con Nicky Jam y Residente durante las protestas en Puerto Rico.

Para él, esta nueva etapa marca una vuelta “a la raíz del periodismo”. Sabía las reacciones que despertaba en una parte de la audiencia cada vez que criticaba la gestión de Mauricio Macri y sentía que necesitaba “otro oxígeno” frente a la coyuntura que “en la Argentina es muy tóxica por lo repetitivo: hoy el piquete, mañana el femicidio, pasado lo político, lo que fuere…”, señala.

“Creo que en el tema de los programas periodísticos en la tele hay que buscar nuevos formatos, difíciles de encontrar –admite Castro–. Y el noticiero de un canal de noticias, para un periodista que no es un presentador, es muy agotador y te lleva a cosas a veces muy rutinarias y repetitivas. En la radio podés manejar la agenda de una manera distinta, tiene un componente de hechura más personal: es una cosa muy simple, con una llegada muy potente, muy personal, así que ahí sigo haciendo lo que hago siempre y estoy feliz. Y estoy feliz de no hacer lo otro en la televisión”, comenta Castro, quien desde 2014 encabeza la primera mañana de Radio Continental con el ciclo 'La mirada despierta', acompañado por Daniel López, Carlos Burgueño, Alejandra Maglietti, Ariel Helueni, Marcelo Stiletano, Gastón Scigliano, Rosana Pagani, Silvia Moscoso, Pablo Gagliano, Leonardo de Benedictis, Mariano Midaglia, Marcela Ojeda, Silvio Ferrer, Romina Boyadjian, Iván César Alemán, Pablo Livsit y Claudio Ross.

“La radio es el medio por el cual empecé –el currículum periodístico de Nelson Castro comienza el 11 de marzo de 1975: tenía 19 años y trabajaba como cronista deportivo– y me sigue fascinando, porque tiene un contacto muy especial con la gente. Cuando trabajás en la televisión -inclusive ahora con las redes sociales, el chat y demás- no tenés la noción de lo que genera en el ida y vuelta. Ese elemento de la llegada, de que la gente te está escuchando en el camión, en el colectivo, en el auto, es una cosa única de la radio, y a mí me nutre de algo muy importante que es el ida y vuelta del oyente. Sobre todo, me interesa mucho la percepción del oyente crítico: primero, porque enriquece mi punto de vista; y segundo, porque me alegra mucho que me escuche quien no coincide conmigo porque significa que me cree”.

Escéptico de las redes sociales –tiene Twitter, aunque admite que canaliza su participación a través de su productora, Lucía di Carlo– opina que “se han deformado” y que “pudiendo haber sido un instrumento de debate y de pluralidad, de conceptos e ideas, se han transformado en un medio verbalmente violento para descalificar”. Un “movimiento descalificador” que lo tiene como blanco, aunque marca que se limita al plano digital. En la calle (o en la radio, por caso) la realidad es otra. Tal vez algún taxista le pregunte, en chiste, si sigue radioactivo después de Chernóbil.

Sin embargo, su insistente “ejercicio de la ecuanimidad” lo ha dejado varias veces expuesto, sin trinchera y en el medio de la grieta. Cuenta que es un desafío, pero también su capital: "El periodismo es una maratón, no una carrera, que dura 10 años. Tengo ya 44 años de profesión. Entonces, en la medida en que no te preservás de la polarización y perdés el norte, comprometés tu futuro. Y eso es un elemento de honestidad intelectual", señala. "Estoy convencido de que como periodistas tenemos que salir de este concepto de la polarización y ser una instrumento para vencerla. Puedo tener una opinión determinada de algo, pero no puedo ocultar un hecho. En pos de ser afín con el gobierno A o B, con el cual podré tener mayor  simpatía, no puedo ocultar una información que sea crítica. Y viceversa”.

¿Es más difícil ser periodista hoy que cuando empezó, en 1975?

Ser periodista es cada vez más difícil en todo el mundo. Y, paradójicamente, el mundo tiene cada vez más necesidad de periodistas cabales e independientes. El kirchnerismo, que era muy perverso y astuto, quiso destruir al periodismo a través de los periodistas. Lo que quiso demostrar el kirchnerismo es que el periodismo no existe como tal porque somos todos esbirros que trabajamos a las órdenes de Magnetto o de cualquiera. Y no es así. Eso no significa que no haya gente deshonesta, que haya gente que hace operaciones, pero hay un montón de gente que no lo hace. Entonces, lo que quiso el kirchnerismo fue anular la profesión como tal y dar la idea de que sos militante de algo.

¿El exceso de opinión en detrimento de la información llegó para quedarse en los medios?

Es muy importante tener discernimiento entre información, análisis y opinión. Porque la base que le da honestidad intelectual a nuestro trabajo es la información. Cuando analizo y opino sobre algo, lo tengo que hacer sobre la base de que tengo el hecho registrado y lo doy a conocer. Tenés que tener el basamento de la información, y después el conocimiento sobre lo que vas a hablar –y cuando no, hablar con quien sabe–y aún después de eso, cuando das una opinión, nuestro trabajo es de dar lugar a la opinión diferente. En este momento eso se impone porque estamos con la idea que las audiencias quieren escuchar lo que coincide con ellas. Entonces, algunos pueden decir “esta información la voy a dar muy inadvertida porque mi oyente no coincide con esto”, y el análisis consecuente va a ser más leve porque lo va a tratar de defender y va a dar su opinión y no va a permitir que se exprese algo diferente porque sus audiencias no quieren. Estoy convencido de que el periodismo va a perdurar precisamente por considerar esto como corresponde.

¿Es posible mantener la neutralidad en una sociedad polarizada?

Santiago (Kovadloff), a quien admiro, siempre me ha dicho que ser ecuánime es una tarea titánica e ingrata. Y por supuesto lo hemos vivido, sobre todo con este Gobierno. Fui muy crítico del kirchnerismo: no por ser opositor sino por ser crítico, objetivamente. No me puse a hacer periodismo militante contra el kirchnerismo: hice periodismo. Por lo tanto, elogiamos las cosas elogiables y criticamos las criticables. Muchos se confunden y creen: “Bueno, ahora que vino Macri, sos macrista”. Y no. Eso hoy me da una enorme tranquilidad, pero generó muchos enojos con los oyentes. Muchos dejaron de escucharme, muchos televidentes también. Bueno, son los costos... ¿Qué le vas a hacer? Lamentablemente, esta grieta y este fenómeno de la posverdad han hecho a la gente menos democrática, menos plural. Tenemos una involución democrática. Porque cuando Alfonsín llegó al poder, inclusive Menem con todos sus defectos, con la corrupción y demás, no llegó a esos extremos de generar un país de uno u otro. Es triste.

Su colega Bob Woodward, uno de los periodistas que investigó y reveló el Watergate, alguna vez le aconsejó mantenerse distante de los factores de poder. ¿Cuáles son los costos de ser ecuánime?

Así como con el kirchnerismo la mayoría de los funcionarios no hablaba, conmigo en este Gobierno la mayoría de los funcionarios no habló. Por supuesto, la gran diferencia es que no hubo ninguna persecución, no tuve ningún escrache, no tuve juicios populares, no tuve a Cristina queriendo descalificar, así que eso hay que marcarlo. Pero después, en cuanto a la actitud, a la disponibilidad del funcionario, en este Gobierno los que hablaron con nosotros fueron Rogelio Frigerio, Federico Pinedo, Alejandro Finocchiaro, alguna vez Carolina Stanley, Gustavo Santos, Jorge Faurie. Pero los ministros de decisión dura, Marcos Peña y demás, o Mauricio Macri, jamás. Horacio Rodríguez Larreta sí, y María Eugenia Vidal, en los cuatro años, nos dio una sola nota. Sé que en el Gobierno hay enojo conmigo.

Si el síndrome de Hubris –la enfermedad del poder que Castro le atribuyó a Cristina Kirchner tras la derrota en las elecciones de 2013 y luego a Mauricio Macri al analizar su reacción tras las PASO– es una enfermedad de poder, ¿debemos asumir que es un mal inevitable en las altas esferas?

Está muy vinculado con esas personalidades... Macri tiene un costado de personalidad narcisista también, y esa soberbia de pensar que sabe todo. El Gobierno tuvo dos etapas bien diferenciadas: los dos primeros años, sabiendo que no tenía poder, entendió que tenía que negociar con la oposición y fueron dos años realmente buenos. Con un error de Macri en la concepción de gestión -y eso demuestra un temor- de que no querer tener un ministro de Economía fuerte, que era lo que necesitaba para enfrentar una crisis. Entonces, él gana la elección de 2017 –que fue un gran triunfo– y comienza una avanzada de poder: se creyeron que eran los dueños de la verdad. Ese elemento significó la debacle del Gobierno, claramente. Con un error de gestión importantísimo: la falta de coordinación. Vos no podés –y eso sé que se los dijo Alfonso Prat Gay–, combatir la inflación aumentando las tarifas 1000%. No se puede equilibrar en cuatro años lo que se desequilibró en 12. Esa fue la falta de sentido común de personas alejadas de la realidad. Y creer que la realidad es como ellos creen que es, eso también es el síndrome de Hubris.

¿Cree que la clase dirigente aprendió algo de la crisis institucional de 2001?

Creo que en los tres primeros días después de las PASO estuvieron mal ambos: Macri y Alberto Fernández. Y sé que los entornos trabajaron positivamente, tanto el de Macri para decirle “vos lo tenés que llamar a Alberto”, como el de Fernández para decirle “no, vos no podés decirle eso al Presidente si te llama”. Porque tampoco a Alberto Fernández le conviene quedar en la Historia como el que repitió el curso de Alfonsín, porque eso no se lo van a perdonar. Y tampoco le conviene un país incendiado. Menem tuvo una hiperinflación hasta que llegó Domingo Cavallo con la convertibilidad. Nadie le perdonaría hoy incendiar el país, porque la que sufre es la gente. Eso sería una mancha muy fuerte para enfrentar. Y, además, sería contradictorio con el discurso que viene dando. Pero estamos viviendo un día a día.

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