De bachera y camarera a Mejor Sommelier de la Argentina: quién es Valeria Gamper

De bachera y camarera a Mejor Sommelier de la Argentina: quién es Valeria Gamper

En su cuarta participación en el concurso Mejor Sommelier de Argentina, se coronó número uno. De bajísimo perfil, fue bachera y camarera. Reivindica la profesionalización de un metier clave para la industria del vino en la Argentina.

"Trato de no leerme ni mirarme en las publicaciones. No me gusta la exposición. Me da pánico”. Cultora del perfil bajo, Valeria Gamper (35) es la flamante Mejor Sommelier de Argentina. Auténtico ejemplo de esfuerzo y constancia, tras haberse presentado en cuatro oportunidades al concurso -y habiendo llegado a la final en tres ocasiones-, finalmente alcanzó lo más alto del podio. “Estoy muy emocionada. Cuando competí por primera vez, en 2012, y quedé segunda, me propuse seguir participando hasta alcanzar el gran objetivo”, expresa, entre lágrimas, la madre de la pequeña Nerea. En 2018, obtuvo el cuarto puesto en el Concurso Mejor Sommelier de las Américas. Hoy es docente en el Centro Argentino de Vinos y Espirituosas (CAVE), donde se formó. Trabajó como sommelier en Four Seasons Hotel Buenos Aires y como brand ambassador en Viña Cobos.

¿Esta vez llegaste mejor que a las finales anteriores?

¡Llegué más vieja! (ríe) Haber tenido el bagaje de cuatro concursos encima fue un plus.
Además, el dar clases me dio mucho ritmo y preparación. Para hacer un buen desempeño en el certamen es fundamental tener todos los temas actualizados, muy presentes. No sé si me preparé mejor que en otras oportunidades. Viví cada instante con más tranquilidad. El día previo a la final lo tomé con mucha calma y hasta me puse a cocinar chipás.

¿Por qué tiene tanta fama de ser un concurso bravo?

¡Hay que estudiar mucho! Esa es la clave para lograr un óptimo desempeño. Cada año, encaré el estudio de manera diferente. Ahora, me metí de lleno en productores nuevos, apelaciones de origen incipientes, vinos de nicho y profundicé conocimientos en legislaciones, que cambian todo el tiempo. La bibliografía es inabarcable. Los sommeliers tenemos que saber de vinos, cafés, chocolates, tés, trufas, aceites de oliva y un sinfín de productos gastronómicos. No existe una receta para prepararse a la perfección. Hubo días en los que estudié 9 horas y otras jornadas en las que leí sólo 2 horas o nada. Puedo decir que, esta vez, fui muy gentil conmigo. Tengo una hija, un marido y una familia hermosa, que prioricé.

¿Cuánto influyó el apoyo familiar en tu triunfo?

Inundé mi hogar con papeles y anotaciones con fechas importantes, cosechas especiales de vinos enjundiosos, imágenes de destacadas personalidades enológicas internacionales, datos de suelos, vientos, corrientes oceánicas y muchísimo más. ¡Hasta mi marido me tomaba examen! Mis seres queridos me entendieron a la perfección. Saben que soy muy metódica y sufro por hacer siempre un buen papel en los concursos.

¿Cuáles son las pruebas más difíciles?

Depende de la persona. Soy tímida, me cuesta hablar y verbalizar frente a una audiencia. En este caso, me resultó difícil decir qué acción tomaría para introducir un vino espumante en el mercado americano. El examen teórico también es muy duro: debemos estar al tanto desde las cruzas genéticas de las variedades hasta los crus de cafés y chocolates, tipos de suelos y vientos, para responder unas 200 preguntas.

¿Y el examen que más disfrutás?

El reconocimiento de cepajes es uno de los tests que más me divierte. A veces las variedades están muy bien tipificadas, pero puede pasar que te toque describir el vino de un productor que hizo la excepción a la regla.

¿Por qué concursaste cuatro veces: no era suficiente haber llegado a la final siempre?

Una no vuelve a ser la misma persona después de la competencia. No importa el premio obtenido ni la ubicación final. El sólo hecho de presentarte obliga a estudiar, a catar, a estar informada. Una vez que entrás en esa rueda, querés saber más, investigar y adquirir mayores conocimientos. Concursar sirve para entrenarse y fortalecerse como persona y profesional.

¿Qué rol juega la Asociación Argentina de Sommeliers en el presente auspicioso de la profesión?

A través de esta competición, podemos mostrarles a todos que el sommelier es un profesional que se quema las pestañas estudiando, que tiene que catar muchos vinos para ponerse sensible y afilado para elegir el producto final en su carta, que tiene que reconocer destilados a ciegas, saber maridar platos con bebidas, conocer diferentes añadas y personajes icónicos de la industria. La AAS trabaja mancomunadamente con Wines of Argentina en pos de una sostenida consolidación de la profesión. Queda demostrado que
si en la Argentina trabajamos juntos, se logran mejores resultados.

¿Es cierto que empezaste como camarera y no te dabas mucha maña?

No sabía ni hacer un café. Lo cierto es que sentí un amor a primera vista por el servicio de
alimentos y bebidas. Tuve la oportunidad de ingresar al Four Seasons y aproveché para dar mis primeros pasos. Decidí estudiar sommellerie porque entendí que la comida y el vino
son inseparables. Me recibí en CAVE en 2010 e hice un viaje espiritual por los viñedos de
Europa. A mi regreso, pasé por el restaurante vasco Sagardi, en San Telmo, y realicé la
apertura de Fierro Hotel. Allí me gradué de todoterreno: abría vinos, pero también estaba en la bacha y me encargaba de la lavandería.

 

Mujeres al podio. En las 8 ediciones que lleva el concurso Mejor Sommelier de Argentina, organizado por AAS, sólo una vez el primer puesto fue ganado por un varón: Flavia Rizzuto (2002), María Mendizabal (2006), Agustina de Alba (2008 y 2012), Paz Levinson (2010 y 2014), Martín Bruno (2017).

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