El nuevo Recoleta: un comité de chicos de 13 a 17 asesora en arte centennial

El nuevo Recoleta: un comité de chicos de 13 a 17 asesora en arte centennial

Tras un año y medio de refacciones, reabrió el espacio que congregó al arte emergente en los '80. Ahora apuntará a los centennials con disciplinas como el rap, el grafiti, el stencil, el k-pop y la cultura hip-hop

La reinvención está en la esencia del edificio donde funciona el Centro Cultural Recoleta (CCR) el cual, tras un año y medio de remodelaciones, reabrió al público. A partir de una inversión de 114 millones de pesos realizada por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el sitio que originalmente fue un convento y en la década del ’80 se consagró como espacio cultural de recuperación de la escena artística post dictadura militar, busca posicionarse ahora como lugar de encuentro y experimentación adolescente.

Desde mediados del siglo XVIII funcionaba allí el convento de los frailes franciscanos recoletos pero, tras la Revolución de Mayo, en desacuerdo con el proceso de independencia del Virreinato del Río de la Plata, abandonaron el lugar. En 200 años, el lugar fue utilizado como hospital de campaña, escuela de dibujo, oficinas de gobierno y, el más reciente, asilo de ancianos previo a transformarse en centro cultural.

Una hora antes de la convocatoria oficial para la apertura, la puerta del CCR se pobló de adolescentes y no tanto. Se adelantó el ingreso al público que en minutos copó los espacios pensados por un equipo de curadores, gestores y directores artísticos asesorados por un grupo de jóvenes de entre 13 y 17 años. El comité Clave 13/17, surgido de una convocatoria previa, asesora a las autoridades y programa actividades en línea con las nuevas expresiones centennials como el cosplay (juego de rol donde las personas se disfrazan de su personaje de comic favorito), fan dancers del género musical surcoreano k-pop, gaming o booktubers (jóvenes que reseñan libros a través de Youtube), entre otras.

“Buscamos salir del criterio museístico-expositivo”, explicó a la prensa en medio de una marea de gente Luis Ginelli, director de Arte del Recoleta. Si en sus inicios el centro cultural tenía como objetivo interpelar -en los últimos años el lugar se había convertido en un mero lugar expositivo, por temporadas sin rumbo ni lógica en su programación-, ahora la búsqueda se mantiene, pero se abre a las disciplinas y se concentra en la franja adolescente.

Grafiti, stencil, ilustración, diseño gráfico son algunas de las expresiones artísticas que se repiten por todas las salas del renovado CCR. Están en el frente del exconvento, intervenido por el artista Yaia, en los baños, en las paredes de los patios y hasta en un vagón de subte grafiteado especialmente para la ocasión y que forma parte de la exhibición 'Viral Mural', con curaduría de Rodrigo Alonso y diseño de montaje de Daniel Fischer.

Alonso, acostumbrado a la curaduría de artistas modernos y contemporáneos, encaró desde cero el mundo del grafiti para este muestra. “No quería convocar sólo a los más conocidos”, sostiene a espaldas del vagón que en su interior alberga una serie de obras en video de Jorge Macchi.

Junto a Fischer trabajó la idea del mural en lugar del concepto ‘arte urbano’ -“porque a los artistas no les gusta que le digan arte urbano a algo que esta dentro de una galería”- en línea, a su vez, con nuevas formas de expresión como el muro de Facebook.

En 'Viral Mural' participan, además de Macchi, Earth Crusher, Doma, Ale Giorgga, Lu Yorlano, Elliot Tupac, Lacast, Elisa Strada, Fluorencia, Nuria Mora, Tec, Poeta, Malén Pinta, Cabaio, María Noel Silvera, Pum Pum, Unidos Crew, Valeria Calvo, Les soeurs Chevalme y Florencia Aliberti. Si se cuenta el resto de las intervenciones en el CCR la lista de artistas, estiman los organizadores, roza los 100.

De arte emergente a arte urbano

En 1980, bajo la intendencia de Osvaldo Cacciatore y como parte de los festejos del cuarto centenario de la ciudad, se encaró la refuncionalización del hasta entonces asilo de ancianos. En el medio, la dictadura militar llegó a su fin y el gobierno de Raúl Alfonsín puso especial énfasis en recomponer los lazos sociales y los espacios de encuentro a través de la cultura. Es en ese momento, recuerda la historiadora de arte María José Herrera en su libro 'Cien años de arte argentino, cuando se empieza a pensar en un espacio para presentar las nuevas tendencias sin pasar por la legitimación de los museos.

A partir de un un proyecto de Clorindo Testa, las obras de remodelación dieron vida al Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires, luego rebautizado Centro Cultural Recoleta, con la intención de que el espacio se transformase en un lugar de experimentación como lo había sido en los '60 el Instituto Di Tella o como lo es el Centro Pompidou en París.

Durante la década del '80 el CCR cumplió con su objetivo de abrir el espacio a las propuestas emergentes y el cruce de disciplinas, a la performance, la reunión y el reencuentro del colectivo artístico argentino tras siete años de censura. Liliana Maresca, Diana Aisenberg, Guillermo Kuitca, Marcia Schvartz, Rafael Bueno, Juan José Cambre, entre tantos otros, expusieron sus trabajos allí ya sea con muestras individuales o colectivas. Luego llegarían los consagrados como Rogelio Polesello, Pérez Celis y Nicolás García Uriburu.

En los ’90 compartió artistas y espíritu artístico con el Centro Cultural Rojas sin perder su vigencia y renombre. En los 2000 se lo asoció con la compañía de teatro alternativo De la Guarda que durante muchos años realizó su espectáculo allí y en 2004 León Ferrari realizó una exhibición que puso en boca de todos al espacio y al artista porque grupos conservadores se opusieron a la misma en medio de desmanes alegando que las obras ofendían a la Iglesia.

De los floggers a los booktubers

Mientras los curadores atendían a la prensa, en el Patio del Aljibe, donde se ubicó el Espacio Cultura Hip-Hop, grupos de jóvenes competían para saber quién era el mejor rapero ante un jurado de notables. Se recuperaron partes originales del edificio, como los mármoles del aljibe, a las que se le agregó infraestructura para las actividades que puede desmontarse fácilmente. 

 Cerca de allí se hacía cola para ingresar a salas abovedadas tomadas por completo por obras de arte que invitan a transitarlas e interactuar; otros ya se acomodaban en la Sala de Estudio, un lugar al estilo de los espacios de co-working donde se podrá acceder gratuitamente -con la promesa de una muy buena conexión a wifi- para mantener encuentros, estudiar o simplemente sentarse a descansar.

La Tienda de Diseño, al ingreso al CCR, ofrece productos de diseñadores argentinos, desde tazas, ilustraciones, almohadones, libros de arte, bolsas de tela, hasta veladores, y en la Sala de Dibujo las grandes mesas desplegadas serán parte de talleres y encuentros.

La lista de actividades y de artistas exponiendo sus trabajos es extensa. Por donde se mire hay obras. El gobierno de la Ciudad atendió las demandas de un nicho que no poseía un lugar físico donde congregarse. Si alguna vez se dieron cita en las escalinatas del shopping Abasto, ahora el CCR se ofrece como el nuevo epicentro. Claro que al institucionalizarse se corre el riesgo de encorsetar la experimentación. El tiempo lo dirá.