MIÉRCOLES 13/11/2019
Perdidos en China: guía para viajeros corporativos

Perdidos en China: guía para viajeros corporativos

Cada vez más empresarios locales deben viajar al país oriental para efectuar negocios. Consejos para saber moverse en un territorio culturalmente opuesto al argentino.

“Irse a la China” es una expresión muy común para señalar que uno se aleja hasta un lugar prácticamente inalcanzable. Por supuesto, la frase corresponde a la época en la que el gigante asiático aún no se había convertido en la Meca para los importadores: hoy por hoy, China es un destino muy común para ejecutivos y emprendedores argentinos, quienes, no obstante, deben lidiar con una cultura tan distante como los kilómetros que separan físicamente a ambos países.

Por esta razón, el visitante que llega por primera vez puede sentir cierta hostilidad: salvo que uno haya aprendido chino, comunicarse no es sencillo (el inglés prácticamente no tiene adherentes y el lenguaje de señas tampoco parece funcionar) y aún habiendo tomado las clases correspondientes, el viajero descubrirá que el lenguaje tiene muchas vertientes y que tampoco es fácil establecer un intercambio. La primera recomendación: llevar encima siempre el nombre del hotel en caracteres chinos. Es la clave para que cualquier taxista nos pueda devolver a nuestro ámbito de confort. Una salvedad: los nombres en las estaciones de subte en las principales ciudades están en letras latinas, lo que hace que sea más sencillo para el viajero moverse y ubicarse.

CHINA SHANGHAI

Por las calles circulan verdaderas mareas humanas y, a medida que uno se aleja de los grandes centros urbanos, aparecen más locales que le piden al visitante que se saque una foto con ellos, como si se tratara de una celebrity: el solo hecho de ser occidental, en algunas regiones chinas, representa una verdadera rareza. O una aspiración. “Luego de la de senos, la de occidentalización de ojos es la operación estética más popular en el país”, cuenta Alain, un guía de turismo cubano que pasea por Beijing visitantes llegados de América latina por un puñado de dólares diarios. No conviene ponerse en una fila: el volumen de colados es tal que jamás se llegará al primer puesto. Siguiendo la máxima de “donde fueres haz lo que vieres”, habrá que hacer fuerza como si se tratara de un scrum continuo para ser visto y atendido. Se puede empujar tranquilo sin prestar atención a la cartera o la mochila: no existen los robos ni los arrebatos (salvo en algunos sectores de Shanghai).

Aversión a los dólares

La moneda local es el yuan (US$ 1 es equivalente a unos 7 yuanes). Importante: viajar con algunos yuanes encima porque en líneas generales no aceptan dólares en ningún lado. El uso de tarjeta de crédito no está muy extendido y en las casas de cambio solo aceptan billetes preferentemente nuevos y sin marcas.

Ya en el hotel, si la habitación queda en el piso “F” no hay que preocuparse: aquí el número 4 representa la mala suerte, por lo que se lo reemplaza, cada vez que es posible, por el caracter latino que más se le parece. Si toca el piso 8 las cosas no pueden mejorar: es el número de la buena fortuna.

Más allá de que según cuál sea la misión de negocios se visitará una ciudad diferente (Yiwu para manufacturas, Guangzhou para textiles), los dos grandes centros neurálgicos chinos son Beijing y Shanghai. La primera, capital formal del país. La segunda, el centro político y comercial.

Las huellas del emperador

Beijing tiene su pro y su contra para los viajeros de negocios: la ventaja es que es una ciudad con una movilidad muy sencilla; la desventaja, que los sitios a visitar, en líneas generales, demandan bastante tiempo (salvo que uno solo quiera sacarse las fotos de rigor para alardear en las redes sociales y, de todas formas, habrá que esperar para eso: navegar por Internet puede ser un verdadero dolor de cabeza y cargar una página –de las autorizadas– puede tomar varios minutos), por lo que se hace complicado “robar” tiempo a la agenda de negocios para dedicarlo a hacer turismo.

“El” paseo obligatorio es por la plaza de Tiananmen. La misma en la que en 1989 la policía disparó contra un grupo de manifestantes pro-democracia y se capturó una de las fotos más famosas de la historia: la del joven que detiene, parado, una fila de tanques. “Los jóvenes de hoy ni siquiera saben lo que pasó en ese momento”, se lamenta Alain. Enfrente, la Ciudad Prohibida, la estructura de madera más grande del mundo, según el folleto que se reparte a la entrada. Por 60 yuanes permite acceder a hermosas colecciones de relojes, cerámica y caligrafía y a un sitio que parece copiado de un cuento: techos dorados, arbustos recortados como los animales del zodiaco chino, muchas banderas chinas, palacios magnificentes… “La llamaban la Ciudad Prohibida porque no podían entrar hombres: los que trabajaban en el interior debían ser eunucos”, explica Alain.

La visa: primera inmersión

Lejos de empezar en el avión, como ocurre con la mayoría de los destinos, la inmersión cultural en un viaje a China arranca en Buenos Aires. Más precisamente, en el momento de tramitar la visa obligatoria. Alejada de las representaciones diplomáticas de otros países, que suelen ubicarse en mansiones señoriales, la embajada de China está en un espacio que estéticamente recuerda a un comedor de barrio. Adentro es un griterío y la falta de un papel o una fotocopia puede convertirse en una barrera infranqueable si el funcionario que tocó en suerte tiene bajo nivel de voluntad. Hay que sacar turno previo.

Otro imperdible es recorrer un hutong: los cada vez más escasos barrios tradicionales, con calles estrechas, casas pequeñas, ropa colgada en las calles, motos y bicicletas que le pasan al peatón a milímetros de distancia y baños públicos (con letrina) por doquier. La profusión de estos últimos tiene que ver con que muchas de las casas no tienen baño propio. Uno de los más modernos es Nuanlogouxiang, convertido en zona cool, mientras que entre los más coloridos destaca Doufuchi, cerca del cual se encuentra Mr. Shi, un local mínimo donde se comen unos de los mejores dumplings de toda China.

Entre pandas y tradiciones

El zoológico es el lugar ideal para ver pandas muy accesibles y fotogénicos (la entrada general cuesta 40 yuanes, para ver solo a los pandas, 20) y el Mercado de la Seda puede ser decepcionante: tiene muy poco de mercado y mucho de centro comercial para comprar productos de imitación.

La Torre del Tambor es un reducto mongol que data del siglo XIII y que se utilizaba para anunciar el cierre de las puertas de la ciudad. Para llegar a la parte superior, donde se conservan los gigantescos instrumentos de percusión que le dan nombre, hay que escalar 69 peldaños muy empinados. Cada hora, cinco muchachos con kimonos blancos y rojos hacen la ceremonia de los tambores, con poco ritmo y menos entusiasmo. Como si lo último que quisieran fuese estar ahí.

El Palacio de Verano es una residencia infinita del siglo XVIII, con un lago artificial no menos infinito, hecho como réplica del lugar donde veraneaba el padre del emperador. La colina que se ve de fondo, llamada “de la Longevidad”, también fue puesta ad hoc allí. Nada es verdadero. Una constante: el valor patrimonial de palacios y museos está descuidado. Pocos objetos exhibidos, casi nada de información, ningún criterio visible de estructura.

El Templo del Cielo es un parque de 27 hectáreas (tiene una entrada que cuesta 35 yuanes) que alberga al templo que le da nombre, que data del 1400. “Hasta 1949, los hombres solo podían entrar aquí de traje gris y las parejas tenían prohibido tomarse de las manos”, narra en un inglés dudoso un guía chino que se hace llamar Jack. El interior del templo no puede visitarse, pero sí llegar al sitio exacto en el que el emperador solía hablar con el Dios del Cielo: está en el centro y se accede luego de subir nueve escalones y caminar nueve baldosas. No es azaroso: el nueve es el número del emperador. Lo más interesante, no obstante, se da en los alrededores. El sitio es muy utilizado por adultos mayores para tejer, tocar el ar-ju (una suerte de violín mongol de solo dos cuerdas que emite lamentos muy agudos) o practicar el “juego de la pluma”: una especie de fútbol 2000 con una pelota similar a la de badmington. Los participantes se disponen en círculo y la patea cada uno a su turno, con la misión de que siempre se mantenga en el aire.

La ciudad que toca el cielo

La sección neurálgica de Shanghai está dividida en dos por un río: Pudong en una ribera, Bund en la otra. La primera visión que se obtiene de Pudong es que todos los edificios de esa zona, la financiera, parecen haber alcanzado el cielo: desde la Bolsa, que parece tener manija en la parte superior, hasta la emblemática Torre Pearl. Se puede visitar la parte superior de la Jin Mao Tower: el ascensor sube 88 pisos en apenas 10 segundos. También en las proximidades, el shopping IFC parece tener lugar solo para negocios de amplio metraje cuadrado de Guccis, Vuittones y marcas por el estilo.

El Bund es una sucesión de edificios de importancia arquitectónica a lo largo de la ribereña Zhongshan Road. Se mezclan elementos chinos, franceses, ingleses y góticos. Cada edificio con valor patrimonial tiene su cartel con una breve explicación en inglés. El aire transporta a una época de mercaderes que llegaban en barcos, se emborrachaban en los alrededores y jugaban al bridge. Desde aquí, la vista de Pudong remite a Nueva York. Un camino ribereño lleva hasta Cool Docks, el Puerto Madero que toda ciudad portuaria supo reciclar.

A diferencia de Beijing, Shanghai es muy grande y difícil de recorrer. A su favor: las atracciones sí se pueden recorrer en algunos minutos. Una buena alternativa es el Big Bus: es cierto que es caro (300 yuanes) y que el servicio es mediocre (la audioguía, por ejemplo, suele estar bastante desfasada de la realidad), pero incluye algunas excursiones y permite unir todas las atracciones, distantes entre sí, de manera sencilla.

La que se ve desde la luna

Desde Beijing se llega fácilmente a la Gran Muralla: esa pared de 21.000 kilómetros de longitud cuya construcción demandó 200 años y que fue reconstruida en ladrillo luego de que Genghis Khan vulnerara la versión original de adobe. “Trabajaron en su construcción unas 500.000 personas, de las cuales 300.000 fallecieron en el transcurso”, aporta Siayu, el único comerciante del lugar que parece manejarse en inglés fluido. El sitio, llamado Mu Tianyu, es como un parque temático o un shopping: restaurantes (incluido un Burger King) y negocios de suvenires. Un micro lleva al visitante hasta una telesilla y, una vez montado en ella, la magia gana la partida: en un punto del recorrido, la muralla emerge de fondo, en medio de montañas arboladas. Una vez allí, la sensación es de paz absoluta y el visitante toma consciencia de que las fotos nunca harán justicia a lo que se ve. El detalle final: se puede bajar de la montaña donde se ubica la muralla… tirándose en un carrito por un tobogán.

La tradicional zona de Yuyuan Garden, a la que se accede luego de atravesar un típico portal chino, está adornada con faroles y flores, muestra casas con techos negros tipo pagoda, algunas de cuatro o cinco pisos, ventanas con marquetería de madera adornada y aromas penetrantes y poco reconocibles que llegan de los locales de comidas. Cerca del City Gold Temple se aprecian retazos de calles que escaparon a una remodelación reciente, lo que los hace más atractivos.

Los amantes del shopping no podrán creer su suerte en Huaihai Road: en ambas veredas hay uno al lado del otro. Y no simples galerías comerciales: verdaderos shoppings de varios pisos y cientos de locales (las marcas se repiten en uno y en otro, al punto que hay una decena de negocios iguales a lo largo de un par de cuadras).

La peatonal Nanjing, un centro comercial a cielo abierto que se vuelve un hormiguero a partir del mediodía, está más tranquila a primera hora. En las inmediaciones, el Parque del Pueblo: un sector verde y apacible que, raro para la ciudad, huele a plantas. El restaurante Roof 325 está ubicado en una torre del reloj y es tan atractivo que debió colocar un cartel en la puerta: “Esto no es un museo”. Enfrente, un lago artificial en cuyo centro se ubica otro restaurante mágico, Barbarosso. Los templos también muestran sus atractivos en Shanghai: el Jung’an Temple, con sus techos dorados y una solemnidad que los shoppings vecinos ponen en duda, o el Templo del Buda de Jade, construido en el 1800, en el que cada rincón huele a incienso y que, como su nombre lo indica, alberga a dos Budas de jade.

Incluso la despedida de Shanghai puede ser atractiva: una de las formas de llegar al aeropuerto es con el Maglev, un tren magnético que alcanza los 300 kilómetros por hora y que levita mientras avanza a toda velocidad. Por fortuna, el viaje de regreso será lo suficientemente largo como para que el cerebro asimile la enorme distancia cultural y pueda comprender que lo que se acaba de vivir, si bien fue en extremo onírico, perteneció estrictamente al terreno de la realidad.

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