MIÉRCOLES 29/01/2020
Historias mínimas de las Islas Malvinas

Historias mínimas de las Islas Malvinas

Cómo viven las personas que, a 35 años de la guerra, dan la batalla por la paz cotidiana.

Es imposible llegar a las Malvinas libre de todo prejuicio. Si hasta la propia tarjeta de embarque del único vuelo mensual de LAN que une el suelo continental argentino con las islas es materia de controversia... Porque indica que el destino es Mount Pleasant, contra lo que aseguran los monitores del aeropuerto de Río Gallegos: que se aterrizará en Puerto Argentino.

El grupo de pasajeros aglutinado en la pequeña sala de espera es variopinto, pero todos tienen alguna razón para viajar a las Malvinas. Como si, a diferencia de la mayoría de los destinos del mundo, no se pudiera sólo “decidir” o “tener ganas” de visitarlas. Así, Luis Manuel, de 60 años, viaja porque había estado en las islas cuando era muy joven, en enero de 1977, y nunca regresó; mientras que Daniel es un excombatiente, el único que dio la localidad bonaerense de Magdalena. Cada uno de los 38 pasajeros en tránsito tiene una historia para contar.

El arribo a las islas no ayuda a borrar esa asociación natural con la guerra: el aterrizaje es, en realidad, en la pista de una base militar. Apenas el visitante saca sus pies del aeropuerto –atención: no hay transporte público disponible, y la ciudad está a 40 minutos de distancia–, los prejuicios comienzan a desmoronarse. La gente es encantadora y el hecho de que uno sea argentino no representa ningún inconveniente, excepto por la negativa que manifiestan algunos operadores turísticos locales –velada y amable, por supuesto– de guiar rumbo a los memoriales británicos.

De los 2.500 habitantes estables, 2.100 viven en la capital y su principal ciudad: Stanley, o Puerto Argentino. Son apenas unos cientos de metros paralelos al mar en los que se distribuye un conjunto de casas iguales –techos de hierro corrugado, paredes de listones de madera–, distinguibles sólo por el color elegido por sus dueños para la mitad superior o para la base. Sobre la arteria principal, Ross Road, se ubica todo. Y todo es: desde los dos hoteles hasta la oficina de correo; desde la comisaría hasta la redacción del Penguin News; desde la municipalidad hasta el supermercado The West Store.

Sebastián Socodo es uno de los pocos argentinos que vive en las islas y las define como su “hogar”. A cargo del Cementerio de Darwin, una de sus responsabilidades es  que las cruces –que portan la inscripción tristemente célebre “soldado argentina sólo conocido por Dios”sigan inmaculadas. “Tuvimos dos episodios de vandalismo recientemente, por lo que estoy pensando en hacer más frecuentes las visitas”, explica quien emigró, como tantos compatriotas, en 2001. En su caso llegó a las islas porque su esposa, a quien conoció en la localidad bonaerense de Claypole, había nacido aquí y había sido desterrada, junto con su numerosa familia –los Reid son 9 hermanos, 8 de los cuales regresaron a su tierra de origen–, en 1982.

Alex Olmedo, chileno radicado desde 1990 en Malvinas, coincide con Socodo: “No me siento extranjero”. Sin embargo, la vida social de las islas es acotada y el propietario de The Waterfront Boutique Hotel (un establecimiento de apenas 6 habitaciones, cuyo restaurante ofrece bellísimas vistas del puerto), lo confirma: “Del total de habitantes, apenas unos 500 constituyen el flujo de gente que va a comer afuera, por eso armé un salón para 50 personas: aunque haya 10 clientes, siempre se ve animado, con atmósfera. En cambio, si tuviera espacio para 150 cubiertos, se sentiría continuamente vacío”.

Entre los grupos de inmigrantes, además de los chilenos, los filipinos y los habitantes de Santa Helena, aparece una gran población de nativos de Zimbabue, son los que se ocupan de desactivar las más de 20 mil minas antipersonales que siguen enterradas en Malvinas.

Los domingos, martes y miércoles, la parsimonia habitual sufre un sacudón: la marea humana que baja de los cruceros inunda las calles. Se calcula que, al año, desembarcan 65 mil turistas en las islas. “Tienen una especie de imán –explica Julio Úbeda, operador turístico y, al mismo tiempo, empleado de Seguridad en el aeropuerto – no importa el recorrido que haga en mi vida, siempre termino aquí”, confiesa el nativo de Punta Arenas que ya lleva más de 20 años en Malvinas. Luego, advierte: “Eso sí, una vez por año es necesario salir, ir a pasear a otro lado, ver otras caras. Porque aquí somos todos hámsters corriendo sobre la ruedita”.

El paisaje de las islas es de una monotonía fascinante: pradera árida, pasturas verde-amarillentas donde pastan unas ovejas que se comportan como si no tuvieran dueño, montes bajos coronados de piedras que se distribuyen conformando lo que, a la vista, parecen ríos estáticos... Hay una cierta magia que ejercen las islas. Y eso se explica la  voluntad de volver a ellas, sin la necesidad de encontrar una razón que sirva de excusa.

La versión original de esta nota fue publicada en la edición 189 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista Comercial.

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