Etiopía: crónica de ‘la China africana’

Etiopía: crónica de ‘la China africana’

En la última década el país africano registra un promedio de crecimiento anual del 10%, motivado por una fuerte apuesta al turismo y las inversiones del gigante oriental que lo fichó como su socio estratégico en la región.

Si las proyecciones son correctas, al terminar este 2018 Etiopía habrá crecido alrededor del 8,5% superando las estimaciones de China que ubican al país en un crecimiento del orden del 6,5%. De hecho, en la última década el crecimiento etíope registra un impresionante  10% de promedio anual, lo cual ha llevado a muchos economistas a llamar este país “la China de África”.

El cercano vínculo entre ambos países se puede comprobar especialmente  en Adís Abeba, la capital etíope, cuya fisonomía fue transformada en los últimos años gracias a la poderosa inyección de capitales chinos en la construcción de edificios de lujo, centrales hidroeléctricas y avanzados sistemas ferroviarios.

Turismo, la apuesta 2020

Ni europeo, ni asiático ni americano. En 2015, la industria turística se quedó boquiabierta cuando un país africano fue reconocido, entre otros 31 competidores, como el Mejor Destino Turístico del Mundo por el Consejo Europeo de Turismo y Comercio, que valoró su cultura milenaria y sus bellezas naturales. Se trató de Etiopía, novena nación con más sitios inscriptos como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Fue una elocuente señal del buen rumbo de las políticas aplicadas por el Ministerio de Cultura y Turismo etíope, que se trazó el objetivo de llegar a los 2,5 millones de visitantes –y un ingreso de divisas equivalente a u$s 3 mil millones- para 2020. Esa ambiciosa meta, que va de la mano de seguir posicionando a Adís Abeba, como hub de Ethiopian Airlines, es una declaración de competencia de cara a las vecinas Kenia o Tanzania, líderes turísticos del litoral oriental africano.

Considerada “la tierra del origen de la vida”, Etiopía se jacta también de ser el país independiente más antiguo del continente negro. Las huellas arquitectónicas de su pasado imperial, sus fortalezas medievales, su fuerte patrimonio religioso y sus paisajes increíbles lo convierten en un destino impactante. Al norte, naturaleza e hitos de una cultura de más de 3 mil años. Al sur, tribus y poblados dignos de los documentales de National Geographic, que conviene visitar en tour guiado.

Norte: cascadas y castillos

Viajar al norte de Etiopía es hacerlo a lo más profundo de la historia de la humanidad. Lalibela es el lugar de peregrinación y centro espiritual de la religión ortodoxa. Allí sobreviven 11 iglesias monolíticas talladas bajo y en la tierra, sobre enormes rocas basálticas, y comunicadas entre sí mediante túneles. La construcción se realizó en forma subterránea para evitar la destrucción de los invasores musulmanes. Cuenta la leyenda que uno de los templos fue erigido por ángeles en un solo día, pero hay evidencia documental que demuestra que fueron construidas por orden de un monarca de la dinastía zangüe, que reinó entre los sigos XII y XIII. Sin dudas, haber sido declaradas como Patrimonio de la Humanidad en 1978 las salvó de la destrucción y el abandono. Otra parada del recorrido es Bahir Dar, una ciudad bonita, moderna y tranquila, emplazada a orillas del lago Tana, donde nace una de las dos fuentes –la más caudalosa- del Nilo, concretamente el Nilo Azul, como se lo conoce por estas latitudes. A 30 kilómetros del casco urbano, ese cauce se precipita formando las bellas cataratas Tis Isat. La tercera joya de la corona de la región norte es Gondar, antigua capital de Etiopía. Fue fundada en 1635 por el emperador Fasilidas y es, quizás, la ciudad más contrastante con el promedio general de las urbes del país. Patrimonio de La Humanidad desde 1979, el complejo real reúne varios castillos medievales y edificios de estilo portugués.

Sur: las tribus y los ritos

Arba Minch es la puerta de entrada al Valle de Omo, y está situada entre dos lagos, el Abaya y el Chamo. En este último, contratando una lancha, se pueden divisar enormes cocodrilos –dicen que son los más grandes del mundo–, hipopótamos y aves en su hábitat natural, a metros de distancia. Luego de un arduo camino desde Arba Minch y parando a visitar la tribu de los konso –los más ‘modernos’, organizados y amistosos de la zona–, se llega a Jinka, pueblo cuya gran avenida principal es también pista de aterrizaje. La gran atracción es el mercado de Key Afer, donde se dan cita los miembros de las diferentes tribus de la zona –fácilmente distinguibles por sus vestimentas– para intercambiar desde bananas y miel hasta artesanías. Imprescindible visitar, siempre con tour guiado, el poblado de los mursi. Es cierto que tienen fama de insistentes a la hora de pedir dinero a cambio de una foto, y también que tienden a ser toquetones -atraídos por la ropa, la piel, el cabello y los objetos de los visitantes-, lo cual puede resultar intimidante al principio, pero la experiencia de conocer su estilo de vida hace que esas incomodidades valgan la pena.

Siguiendo el recorrido antropológico, la visita a los hamer, en Turmi, quedará en la memoria del viajero que tenga la suerte de presenciar la ceremonia del bull jumping. Es un ritual de iniciación masculino que comienza cuando se deja al joven a la buena de Dios durante semanas, para que sobreviva alimentándose sólo de leche, sangre y miel y así alcance un estado de purificación y hombría. El momento culmine es el día de la gran celebración, cuando se reúnen familia, amigos y vecinos: justo cuando el sol comienza a descender, se alinean toros que el joven iniciado, completamente desnudo y con un corte de pelo característico, se preparará a saltar. Cuando lo logra, luego de un gran vitoreo popular, los turistas pueden sumarse a las danzas circulares populares para sentir que todo lo vivido ha sido real.

Próximo al límite con Kenia se encuentra un pueblo aislado donde, para ser sinceros, cuesta sobreponerse a la sensación inicial de desconfianza, incluso temor. Allí, en Omorate, se puede entrar en contacto con los dashenech, tribu seminómade que se desplaza siguiendo el río Omo. Para acceder a su enclave hay que atravesar ese caudal de agua a bordo de una canoa… En rigor, es un tronco ahuecado en el que apenas es posible sentarse. Haciendo equilibrio -y rezando para no caer en esas aguas lodosas- se llega a la otra orilla, donde está el pequeño asentamiento, posiblemente el más humilde de todos los anteriores por sus áridas tierras que no permiten cultivar absolutamente nada, pero cuyos habitantes compensan la carencia con amabilidad y sonrisas. Sin dudas, el viajero que se anime, volverá de Etiopía con el corazón marcado para siempre. 

Los 100 de Ethiopian Airlines

El gigante aéreo de África, logró recientemente un nuevo hito: una flota con 100 aeronaves, convirtiéndose así en la primera empresa africana en alcanzar ese número. En este sentido, Tewolde GebreMariam, CEO de Ethiopian Airlines  dijo: “Nuestra nueva flota con tecnología de punta, compuesta por Boeings 787 y Airbus 350 ofrecen un confort inigualable a nuestros clientes y permiten realizar las mejores conexiones dentro de África, entre continentes y con el resto del mundo”.

Esto se enmarca en un ambicioso plan de crecimiento del grupo con vistas a 2025. Según GebreMariam, la línea aérea (Best Airline in Africa 2017) opera actualmente la flota más joven y moderna, con un promedio de antigüedad de 5 años, con el mérito extra de ser la primera en introducir un  Boeing 787-9 el año pasado. Esto le permite a la aerolínea cubrir más de 110 destinos internacionales en 5 continentes.

 

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