

No había una barra. Tampoco una caja registradora, un menú ni un proyecto de negocio. Había apenas una mesa apoyada en la puerta de su casa, algunas botellas y las ganas de experimentar con tragos para amigos y vecinos.
En ese momento, Pablo jamás imaginó que aquella escena cotidiana terminaría convirtiéndose, años después, en el primer bar especializado en coctelería del Barrio Mugica. Mucho menos que ese emprendimiento se transformaría en una oportunidad para que otros jóvenes pudieran encontrar un camino profesional dentro de la gastronomía.
Su historia es la de una pasión que encontró en la formación el impulso para convertirse en un oficio y, más tarde, en un emprendimiento.
Cuando un hobby empezó a convertirse en un proyecto
Pablo se crió y creció en el Barrio 31. Como muchos bartenders, comenzó de manera completamente autodidacta: mirando videos, preguntando, probando recetas y aprendiendo a fuerza de ensayo y error.
Los tragos eran, simplemente, una excusa para compartir con amigos.
“No pensaba que iba a terminar viviendo de esto, mucho menos que iba a tener mi propio lugar. Lo hacía porque me gustaba y quería aprender cada vez más”, recuerda.

Sin embargo, hubo un momento en el que entendió que aquello podía convertirse en algo más que un pasatiempo.
Ese punto de inflexión llegó cuando conoció Accademia Branca, el programa gratuito de formación en coctelería impulsado por Fratelli Branca junto con UADE. Allí descubrió que detrás de cada cóctel existía una profesión, una industria y un universo mucho más amplio del que conocía
“Cuando entré a la Accademia entendí que había un mundo detrás de la barra que no conocía. Ahí empecé a pensar que capaz podía hacer algo con esto”, cuenta.
El desafío de emprender... sin irse del barrio
Con nuevos conocimientos y más confianza, apareció una idea que hasta entonces parecía imposible: abrir su propio bar.
Pero la decisión más importante no fue hacerlo. Fue dónde hacerlo. Mientras muchos le sugerían buscar oportunidades en otros lugares de la ciudad, Pablo eligió quedarse donde había nacido.
“No quería irme. Mi familia está acá, mis amigos están acá. Quería que pudieran venir, sentarse en mi bar y ver lo que había logrado hacer con algo que había empezado en la puerta de casa”, explica.

Así nació Tempo Bar 31, el primer bar especializado en coctelería del Barrio Mugica.
El camino incluyó nuevas instancias de capacitación junto a Fratelli Branca, jornadas de entrenamiento con especialistas y el acompañamiento necesario para poner en marcha el proyecto.
Mucho más que un bar
Para Pablo, abrir un local propio nunca fue solamente un objetivo personal. Con el tiempo comenzó a pensar que su experiencia podía servir para que otros jóvenes del barrio encontraran una oportunidad similar.

“Hay pibes que nunca pensaron en trabajar detrás de una barra porque ni siquiera conocen ese mundo. Si alguien viene con ganas de aprender y yo puedo darle una oportunidad, para mí ya vale la pena”, sostiene.
Esa idea resume el propósito que hoy busca impulsar Accademia Branca: acercar herramientas concretas para profesionalizar el oficio de bartender y generar nuevas posibilidades de inserción laboral.
Una formación que busca ir más allá de las clases
Accademia Branca ofrece un recorrido gratuito de capacitación con aval académico de UADE destinado tanto a quienes ya trabajan en gastronomía como a personas que quieren dar sus primeros pasos en la coctelería.

El programa combina clases online, contenidos técnicos, evaluaciones y experiencias junto a referentes de la industria para acercar a los participantes al trabajo cotidiano detrás de una barra.
“Entendemos la formación como un punto de partida. Buscamos brindar herramientas técnicas, pero también acercar a las personas a una industria donde puedan desarrollarse, emprender y generar nuevas oportunidades”, afirma Carolina del Hoyo, directora regional de Marketing para el Cono Sur de Fratelli Branca Destilerías.
El mismo barrio, otra historia
Hoy, por Tempo Bar 31 pasan vecinos, amigos y personas que llegan desde distintos puntos de la ciudad para conocer el proyecto. Detrás de la barra sigue estando Pablo.
La diferencia es que aquella mesa improvisada que alguna vez armó en la puerta de su casa quedó atrás. Ahora la barra es propia.
Y para él, el mayor logro ya no es solamente haber abierto un bar, sino demostrar que una oportunidad de formación puede convertirse en el punto de partida de un proyecto capaz de generar nuevas oportunidades para toda una comunidad.