Joyería

La joyería de lujo que nunca dejó de ser negocio: a pesar de la crisis, las ventas no paran de crecer

La heredera de la centenaria joyería Testorelli habla sobre un oficio que mezcla pasión, espíritu artesanal y las dificultades propías de la economía argentina

Tras tres generaciones dedicadas a la alta joyería y relojería, Miriam Testorelli es la heredera de Testorelli, un referente del lujo en nuestro país. Su trabajo: reposicionar a la marca en el mapa actual del mercado.

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José Testorelli fue uno de los tantos extranjeros que llegaron a la Argentina con la gran corriente inmigratoria de principios de siglo. De nacionalidad suiza, arribó al país munido de un conocimiento en oficios de precisión que muy pocos tenían por aquel entonces.

Una vez instalado en la aristocrática zona bonaerense de San Isidro, abrió un local de reparación y venta de joyas y relojes. La confianza que proyectaba (especialmente porque le entregaban objetos valiosos), su honradez en el trabajo y su entrega a una labor tan meticulosa captó la atención de la élite local. 

La historia cuenta que cada fin de año, la señora Anchorena le encargaba joyas para regalar. En respuesta, José le mandaba a su mansión un cofre repleto de diseños para que ella eligiera. Todo sin remito ni personal de seguridad. Eran otros tiempos. Luego, ella le devolvía aquello con lo que no se quedaba y pasaba a pagarle.

La firma rápidamente afianzó su reputación de excelencia y pasó a ser sinónimo del lujo, con objetos codiciados por las familias de más alta alcurnia. Tanto es así que en 1913, Don Testorelli recibió un importante encargo de parte del Dr. Beccar Varela, el entonces intendente del partido: la construcción del reloj floral ubicado en lo que hoy es la plaza de la Catedral, en el casco histórico del municipio. Pero para ese entonces, ya no estaba solo. Su hijo, también llamado José, además de ser su principal discípulo, trabajó junto a él codo a codo para inaugurarlo ante la presencia de la comunidad sanisidrense, quienes lo recibieron con gran entusiasmo.

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Gracias a este hito, la fama de la joyería se amplió a otros públicos y, a lo largo de las décadas, las siguientes generaciones no dudaron en continuar su legado.

Miriam Testorelli, es hija de Norberto Testorelli y Susana Abriata. Junto a sus dos hermanos se criaron entre los despertadores a cuerda, los colores de las gemas y el sonido de los carrillones.

"El local estaba debajo de mi casa. Era cuestión de llegar del colegio, sacarnos el uniforme e ir al negocio a ayudar. Primero limpiando, ordenando, viendo cómo se hacía el oficio. Era el derecho de piso que teníamos que pagar. La recuerdo a mi abuela enseñándome a cortar el papel para envolver los regalos", evoca Miriam, cuarta generación y heredera de la empresa que fundó su bisabuelo suizo en 1887.

En su pasado como periodista, egresada del Círculo de la Prensa, escribió artículos para revistas de joyería pero al tiempo optó por acompañar a sus padres en el proyecto durante la década del ´80.

"Como vivía al lado del taller, era muy común verlo a mi padre con una lupa pegada al ojo, bajo una luz muy potente, agachado y muy concentrado, reparando esas piezas tan hermosas. Ahí me dí cuenta de que eso era a lo que me quería dedicar", relata la ejecutiva.

Si bien aprendió mucho con sus padres, no dudó en perfeccionarse con los mejores. Estudió con Carlos Alberto Leporace, destacado profesor argentino de gemología y orfebrería, y es diplomada en Horlogerie, expresión francesa que se refiere al arte de la alta relojería.

"Esta formación me sirvió para entender la parte mecánica de los relojes y cómo funcionan, ya que no es lo mismo tratar una pieza de carga automática o manual que otra electrónica", cuenta Testorelli. Y agrega: "Este conocimiento hoy me permite realizar unas de mis principales tareas dentro de la empresa: diseñar y organizar las capacitaciones para el personal de venta".

Ocupa una posición de poder en dos campos hasta ahora dominados por hombres, desde el taller al consejo administrativo. Su labor también incluye recorrer de incógnito los locales para chequear el correcto funcionamiento de los mismos, trabajar con el equipo de marketing para buscar el equilibrio entre la experiencia y la innovación tan ansiada por los empleados más jóvenes y participar de la toma de decisiones con los integrantes del directorio, el cual está integrado por su hermano Fabían y tres de sus cinco hijos: Blas, que trabaja en marketing; Joaquín que es la mano derecha de su tío Fabián; e Ignacio, que está a cargo de la distribuidora InnovaTempo (tiene la representación de marcas relojeras de prestigio internacional, como Longines).

"Es un rubro hermoso pero tiene varias contras, entre ellas la inseguridad. Más cuando los seguros no te lo cubren y si te asaltan es todo pérdida. Otro punto negativo es la frustración que te da querer lanzar una línea de joyas y después no encontrar los insumos en el país para poder concretarlo. Es muy limitado lo que se encuentra en el mercado. 

Por ejemplo, queremos hacer un accesorio corbatero y no encontramos la cadena con el grosor ideal para elaborarlo. Timoneamos en la medida de la necesidad y de la disponibilidad. En algunos casos, desarmamos alguna pieza que ya tenemos para concretar eso que quiero. O sino, visitamos las ferias de Milán y Vicenza, en Italia, para stockearnos". 

¿Qué nos motiva a seguir? Es lo que sabemos hacer y nos apasiona a toda la familia. Trabajamos juntos en esto y nos damos fuerzas mutuamente, sumado al hecho de que tenemos muchas personas que dependen de nosotros. Lo más lindo de este oficio es volcar todo lo que nos emociona en el metal precioso, en las gemas y así dejar un legado", asegura la referente de la empresa.

La marca cuenta con un local en el shopping Alto Palermo, Dot Baires, Unicenter, Galerías Pacífico y la casa insignia en San Isidro, donde además del local comercial se encuentra el taller propio en el cual trabajan 6 personas altamente calificadas en relojería y joyería que fabrican, diseñan, reparan y engarzan, un plus que los diferencia de la competencia ya que estos, en su mayoría, tercerizan esta tarea.

A pesar de la situación económica, "la realidad es que nosotros seguimos vendiendo un montón. Ocurre que mucha gente se refugia en este tipo de inversión". 

"Una joya es un artículo de lujo realizado en metales nobles: plata, oro, platino. Sin duda son un bien de resguardo, que no se desvaloriza ni pasa de moda, que no tributa por poseerlo y va de generación en generación", explica la joyera y agrega: "Quienes se vuelcan a nuestra firma saben que ninguno de mis colegas tiene el conocimiento y ese "saber hacer" de más de 100 años que tenemos nosotros en joyería, relojería y gemas. La mayoría son muy jóvenes en el mercado".

Miriam está convencida de que la marca de sus ancestros aún tiene mucha guerra que dar. Su nuevo proyecto para la casa es la apertura este año de un local a la calle sobre la Avenida Alvear, en el coqueto barrio porteño de Recoleta. Además, inició un plan de modernización de la fachada de sus tiendas, que están adoptando una estética art déco.

En cada una de ellas trabajan entre 5 y 7 personas, dependiendo del movimiento que tengan, y venden marcas de relojes de lujo como Rolex, Cartier, Búlgari, Tag Heuer, Movado, entre otros; joyas de su autoría o de Chopard y Fabergé. 

La marca cuenta con una amplia variedad de precios: un anillo de compromiso en oro para mujer puede costar entre $40.000 y $74.000, mientras que una gargantilla con diamante y cristales asciende a los u$s 35.000. Un lujo en el que vale la pena invertir.

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