Historias de marcas

El uruguayo amante del carnaval que vende los mejores chocolates de Buenos Aires: hasta los come el Papa Francisco

La bombonería Corso es uno de los negocios históricos del paisaje del centro porteño. Nació en 1938 a partir de la pasión de Emilio Heyberger por el chocolate.

Sus clásicas latas marrones con fintas de fantasía dorada están guardadas en más de un hogar. Sin embargo, el embriagante aroma del cacao que en algún momento supieron desprender ahora, en su mayoría, guarda hilos, agujas y otros elementos de costura. La bombonería Corso, ubicada en pleno centro porteño, despierta la nostalgia de más de uno que supo probar sus exquisiteces y hoy, varias décadas después de haber abierto sus puertas, continua funcionando de la misma forma que lo hacía a fines de los 30.

Norma Marrone atiende y conoce a todos sus clientes. Les ofrece degustaciones y recuerda cuál es el favorito de aquellos que son habitués en su local ubicado en la calle Maipú al 400, entre Corrientes y Lavalle. Ella comenzó como aprendiz a mediados de los 50 y ahora se encarga del día a día del negocio que fundó su marido, Emilio Heyberger.

De Uruguay al centro porteño

La familia Heyberger es oriunda de Uruguay, pero se trasladaron a la Argentina durante la adolescencia de Emilio, uno de los hijos del matrimonio. Ya en Buenos Aires, el joven dividía su tiempo entre sus dos pasiones: el baile y la chocolatería.

Los bombones los hacen de manera artesanal en el mismo local donde los venden.

Su interés por el mundo del cacao era tal que comenzó a hacer pruebas en su casa con diferentes recetas hasta que encontró una ideal para los bombones. Creía que sus delicias tenían potencial de negocio, entonces decidió abrir su propio comercio para que todos pudieran probar sus dulces.

Nacimiento de Corso

Al poco tiempo encontró un local en pleno centro y comenzó a delinear su proyecto. Era época de Carnaval, a principios de 1938, y quería terminar los detalles del emprendimiento para poder acudir a las celebraciones, pero todavía le faltaba un nombre para su negocio. "Apurémonos porque tenemos que ir al corso", escuchó. Y así encontró el título ideal.

Norma ingresó como aprendiz. Con el tiempo ella y Emilio se enamoraron y finalmente se casaron. Los bombones de Corso fueron un fenómeno viral del boca a boca, los clientes se lo recomendaban a su familia y amigos y el emprendimiento fue creciendo, aunque siempre mantuvo la esencia artesanal. Uno de sus clientes fieles era Jorge Bergoglio, mucho antes de convertirse en Papa Francisco.

Latas con historia

El diseño y la estética es una parte clave no solo de los bombones sino también del local, con sus estatuas y flores coloridas. La cocina está a la vista para que todos los clientes puedan ver a los maestros chocolateros elaborando la producción fresca del día. De ahí salen los corazoncitos rellenos de dulce de leche, los cigarros con ganache de chocolate y las minigalletitas bañadas.

Corso hoy sigue funcionando en su local de Maipú, entre Lavalle y Corrientes

Si bien la venta se hace en diversos formatos, desde cajas con forma de corazón hasta pequeñas bolsas, lo más recordado del emprendimiento son sus latas color chocolate. Hoy, para muchos, forman parte del paisaje cotidiano de sus casas, como si fueran un objeto de colección.

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