Palabra de CEO

Madanes Quintanilla: "Me preocupa más 2021 de lo que estuve preocupado en 2020"

Para el líder de Aluar y de Fate, el impacto de la pandemia pasará pero la Argentina seguirá con sus problemas pero agravados. Por qué observa "falta de códigos y presencia" en la relación entre el Gobierno y los empresarios

Es una tarde calma en Martínez. La tormenta amainó pero la cortina gris que ya se forma en el cielo augura la llegada de una nueva, tanto o más fuerte que la anterior. Metáfora de un país en el que cualquier iniciativa de reconstrucción queda eclipsada por el estallido de alguna urgencia o escándalo.

"Debutamos mal en el campeonato este de la mejora con vistas al futuro", ironiza Javier Madanes Quintanilla. Propietario de Aluar, una de las mayores fabricantes de aluminio de América del Sur, y de Fate, productora de neumáticos, es uno de los dueños de la Argentina, como habitualmente se habla de los principales empresarios del país. Por eso, estuvo en el summit de la Casa Rosada con el Ministro de Economía, Martín Guzmán, y, también, asistió al Centro Cultural Kirchner, para el lanzamiento del Consejo Económico y Social (CEyS), una de las grandes apuestas -sino la mayor- de Alberto Fernández para reencauzar la economía. Aquella mañana, muchos imaginaron que esa sería la noticia del día. En cuestión de horas, estalló el vacunagate.


"No digo que (el CEyS) es la solución absoluta. Hay una esperanza, una propuesta de sentarnos a discutir. Pero cayó un bombazo lindo", dice y saborea su granizado de manzana. De 68 años, tomó en 1992 el control del grupo familiar por el que sigue velando, pese a que, en lo formal, en diciembre le donó sus acciones a sus hijos: Pía (22), José (20) y Ramón (19). "Soy consciente de que voy llegando a un límite. Golpearme la cabeza contra la pared, todos los días, no es lo que más me agrada. Por ahora, lo hago. Pero, para mí, la curva ya es a la baja...", reflexiona.

En la confitería donde charla con El Cronista, suena "The power of love", canción de Huey Lewis and The News que se popularizó como banda de sonido de "Volver al Futuro". "Pero es lo que tocó: uno es parte de esto y tiene que remarla", retoma, con resignación. "Dieciocho años sin salir campeones. Me lo banqué. Tuve paciencia también. Después, disfruté", verduguea a su entrevistador, no precisamente hincha de River como él. "Supongo que, tal vez, esto sea algo parecido. Espero", expresa.

Si esta entrevista hubiera sido dos semanas antes, habríamos hablado de lo positiva que fue la reunión con Guzmán.

Fue un evento bueno, en el sentido de tener la posibilidad de escuchar algunos horizontes. Lo que no fue muy positivo fue la falta de presencia de todo un sector referente del empresariado que, más bien, mandó a sus adláteres. Y eso es un mensaje. Quieras o no. Si tratamos de empezar a buscar una reversión de este ciclo de decadencia, quienes tenemos responsabilidades debemos mantener ciertos códigos. Participar de una manera positiva. Y eso no se está dando.

¿Por qué esas ausencias?

Uno puede tener mil teorías: si es por algo conspirativo, si se hace un vacío, si se lima el piso para que no se pueda gobernar... No lo sé. Pero lo negativo es que el tiempo pasa y seguimos sin poner en marcha un mecanismo de mejoría a los problemas que tenemos. Esto es grave.

¿Con qué se quedó de la reunión con Guzmán?

Hizo una descripción macro bastante clara. Reconoció lo ambicioso de los números que ponía sobre la mesa y, también, la necesidad de un trabajo en conjunto para poder llevarlo adelante. No dijo que fuera fácil. Pero reconocerlo, por lo menos, fue un buen hecho. La parte difícil es empezar a coordinar para sentarse a discutir los temas en concreto. Si se trata de recuperar 3 o 4 puntos del salario real, es más que obvio que deberá haber una mesa de trabajo entre gremios, empresas y, de alguna manera, también el Estado. No son cosas que se hagan individualmente. Y, para hacerse colectivamente, hay que tener presencia, códigos. Lo grave, que está ocurriendo, es que nos falta eso: códigos y presencia.

¿No tuvo ningún intercambio posterior con los ausentes, para resaltarles ese error?

A muchos, se los digo. Lo que no sé es qué significa hoy esa ausencia, cuál es el mensaje. No lo entiendo. Por más que uno esté en desacuerdo con un gobierno, la única posibilidad de cambiar es estando presente. Andá y reprochá todo lo que quieras. Pero tenés que estar. Es el ámbito para explicar, por ejemplo, por qué suben tus precios. Quedarse escondido no ayuda.

Habla de códigos. Seis días después, el Gobierno imputó por desabastecimiento a varias de las empresas que estuvieron en esa reunión.

Fue... inoportuno (suaviza el tono de su voz). Si se dio el espacio para discutir, en este caso, el precio de los alimentos y su incidencia en el poder adquisitivo de la gente, habría sido mejor, primero, dar la oportunidad de ese debate, antes de acusar. Es más que obvio que, hoy, en función de las restricciones, las empresas no pueden trabajar a full en su capacidad. La UIA calcula que entre 20% y 25% del personal no concurre por edad, enfermedades crónicas, contagios o contactos estrechos. Sobre eso, uno no puede hacer magia. Y, además, están los protocolos internos, acerca de cómo tiene que moverse la gente adentro de la planta. Para hablar hoy de llevar las producciones al máximo, hay que resolver otros temas primero.

¿Cuáles?

Esencialmente, el sanitario. Ya, ni siquiera, estás hablando de acuerdos de productividad en una discusión gremial. Va mucho más allá. Son las cosas a tener en consideración cuando uno visualiza el problema. ¿Hay falta de producto? Sí. Pero, en muchos casos, eso le escapa a las posibilidades de ciertas empresas. Otras, tal vez, sí estén amarrocando y especulen con que los precios subirán más que los costos. Pero, en general, veo problemas que no dependen del productor y que, hasta que no se resuelvan, el crecimiento de la oferta no se va a dar.

¿Comparte el diagnóstico del Gobierno sobre la inflación?

Vamos a lo concreto: ¿es posible tener una inflación del 29%? Es posible, si hacés cosas. Y, para eso, necesitás trabajo en equipo. Guzmán habló de un ajuste cambiario del orden del 25% durante el resto del año. La primera pregunta es: ¿va a ocurrir? A eso, no lo maneja el sector privado. Es, claramente, una decisión del Gobierno. Una recuperación salarial es viable en un contexto de crecimiento, de mejora de la productividad. Si tenés un problema, serio, de productividad, será muy difícil ajustarle el poder adquisitivo a la gente. Una cosa va enganchada con la otra. ¿Se puede tener una inflación controlada? Sí, no es imposible. Pero mediante un trabajo coordinado. Si no, será lo que habitualmente siempre terminamos siendo: una descoordinación que lleva a repetir los problemas.

¿Ve descoordinación en el Gobierno?

No sé si descoordinación. Efectivamente, lo que se nota es que cuesta armar un trabajo en equipo. Guzmán se está mostrando como alguien menos teórico, menos académico, de lo que parecía hace seis meses. Ahora, ¿la orquesta funciona? No sé. Tengo mis dudas. Para que funcione, hay que empezar a tener datos de crecimiento. Y, por ahora, no están.

¿Cuáles son los temas más urgentes que debería atacar el Gobierno?

Hay que corregir, en paralelo, el tema sanitario y el de la productividad. Sin eso, es imposible. Todavía, hay dotaciones restringidas en un escenario de impedimento de despidos y, aunque limitada, de doble indemnización. Tenés que ser muy jugado, hoy, para tomar una dotación eventual y sustituir a toda esa gente que no puede trabajar para recuperar producción. Esas personas te demandan tres, cuatro, cinco meses de entrenamiento. Todos suponemos que, para ese momento, el tema de la pandemia se va a empezar a corregir. Llevamos ya un año de restricción. Es mucho tiempo.

¿Y los insumos?

El problema de la restricción de divisas no se va a solucionar tan fácil. Ojalá no sea así, pero la Argentina tendrá limitaciones importantes de crédito por muchos años. Si no crecemos y generamos saldos superavitarios, nos vamos a encontrar con problemas muy serios. La infraestructura, en gran medida, requiere divisas.

¿Qué tan difícil fue haber pasado 2020 y qué tan complicado está viendo a 2021?

Me preocupa más 2021 de lo que estuve preocupado en 2020. El año pasado fue como subirse al ring y comerse una piña que te tira abajo por ocho segundos. Te levantás, agarrás las sogas y decís: ‘Bien, ¿cómo sigo?'. Pero fue el primer round. Lo que tenemos ahora ya no es el primer round. Y ves que cosas que podrían acelerarse no lo hacen. Eso me preocupa más. Porque no tenemos combustible infinito. La Argentina es un país que tiene recursos escasos. No tiene la posibilidad de otros países, que pueden administrar esto pasándoselo a las generaciones futuras. La Argentina está muy corta en sus recursos. No tenemos mucho tiempo para perder.

¿Aluar ya recuperó los niveles de actividad pre-pandemia?

Todavía nos falta recuperar fuerte. Hoy, estamos aproximadamente en un 70%. Tuvimos una serie de... deliberaciones (suaviza de nuevo la voz) con la Secretaría de Energía para poder tener un horizonte que permita levantar la producción al 100%. Aluar una actividad ultra-electrointensiva y no puede pagar las tarifas habituales del mercado. Además, los contratos, que ya tienen 50 años, lo estipulaban así: que el suministro de la energía hidroeléctrica (N.d.R.: de la central Futaleufú, controlada por Aluar) tenía por finalidad la existencia de la planta de aluminio. En eso, seguimos dando vueltas. Y, también, está el tema de las 60 torres de alta tensión que se cayeron. Pasaron seis meses y siguen sin arreglarse. Hay un principio de acuerdo con Energía. Espero que lo tengamos arreglado en... ¿90 días? Pero 90 días habrán sido nueve meses.

¿El nuevo mundo, la nueva normalidad, cambió en algo el negocio?

El mundo es distinto, cambió. Pero habrá más oportunidades. En este sector, aparecieron cosas que abrieron horizontes distintos y mejores. Por ejemplo, por la actitud del Gobierno de Trump, tuvimos muchas dificultades en el comercio con los Estados Unidos. A uno podrá gustarle o no Biden. Pero no pareciera que las represalias comerciales vayan a ser una herramienta que el Gobierno demócrata utilice. Eso es bueno. Después, hay una gran transformación de toda la industria automotriz. El 35% (o más) de los autos de Europa son híbridos o eléctricos. Eso es consumo de aluminio. También, está el tema de las energías limpias, del cuidado ambiental. Tomaron otro tipo de importancia a raíz de la pandemia.

En concreto, ¿ya hay pedidos relacionados con estos cambios?

Hoy, tenemos déficit de producto. Si pudiésemos levantar la producción el 30% ó 40% que falta, la tendríamos colocada con mucha facilidad. No necesitamos que haya grandes operaciones comerciales. Actualmente, existe un problema de oferta, no de demanda, en el mundo. Al menos, en este sector.

¿Cómo está Fate?

Hubo que hacer un aporte de capital de los accionistas. Se trabajó mucho, después del ingreso en el proceso preventivo de crisis. Todavía, tenemos a 350 personas licenciadas, fuera de la dotación. Comparativamente con los tres ejercicios anteriores, estamos en una mejor situación. Si hay una inundación de producto importado, estaremos en peor. Como, no hay dólares, suponemos que no estará la desesperación por traer paragüitas de China. Pero es un factor que preocupa. Para hablar de Fate, hay que entrar en un tema más complejo. Hay que definir qué tipo de administración de comercio habrá. Cuando uno quiere exportar impuestos e importar promociones, el mundo no perdona. Y nosotros tenemos una gran tendencia a eso.

El Gobierno dice que hay que exportar más pero no sólo no toca, sino que amenaza con subir retenciones. O se plantea la producción de autos eléctricos cuando las automotrices tienen problemas hoy para fabricar los convencionales.

Hace años, inauguramos una ampliación en Aluar. Fuimos a ver al ministro de Economía de ese entonces y nos preguntó: "¿Tiene sentido producir aluminio en la Argentina?". Yo no puedo decir si tiene sentido producir aluminio en la Argentina. Como tampoco neumáticos, soja o caramelos. Pero, si replanteás temas, hacelo antes de una inversión, porque los recursos son escasos. Y, si tenés la certeza de que es mejor derivarlos a otro tipo de apuesta, coordiná entre el sector público y el privado para ir hacia allí. Y una vez que te largaste, no vuelvas atrás. Estamos siempre cuestionando todo. Y así metemos la pata y terminamos destruyendo esfuerzos de capital, que no son fáciles de reponer después.

Es claro que los errores no son exclusivos de este gobierno.

Tampoco eximo al sector privado de los errores. Doy un caso concreto: la promoción de Tierra del Fuego. No se aprovechó para hacer un desarrollo de informática, sino un armadero y un negocio genuino de recuperación de cartón importado de Corea. Y eso duró 50 años. En los '70, el área informática tenía un peso específico más fuerte que en países como Brasil y México. Nuestra empresa, Fate Electrónica, tenía a 1400 personas trabajando en esa época. Era un número muy grande. No quedó nada. Todo eso se perdió. Obviamente, había que ir cambiando; pasar de la calculadora y seguir los pasos mundiales de la informática. Hoy, tendríamos que estar discutiendo los temas de la nube. Y no haber dedicado 50 años de inversión a armar cocinas en Tierra del Fuego, a un costo muy elevado.

¿No se buscó eso, en cierta medida, con la nueva Ley de Economía del Conocimiento?

El mundo es dinámico. Las leyes son importantes. Pero hay que seguir la realidad. Si, cada vez que el mundo evoluciona, vas a rediscutir las leyes para tratar de adecuarte, vas por mal camino. Además, hoy en día, prácticamente, todas las actividades tienen una capacidad de migración importantísima. Hoy, contratás a un profesional en Sistemas en la Argentina y ese tipo, inmediatamente, tiene una oferta de otros lados. Hay que tratar de generar las condiciones para que se quede acá. ¿Las estamos generando? Veremos. Pero, en todo caso, ese es apenas un eslabón de la cadena. No vamos a vivir todos navegando en la red, ni creando videojuegos: 25 millones de personas necesitan un rompecabezas más dinámico, más activo.

Hay gente que cree que sí...

Es muy fácil desmerecer a ciertas actividades. La Argentina es un país, una sociedad, que tiene cierta tendencia a pensar que podemos hacer un per sáltum: pasar de una economía totalmente primarizada a una de país nórdico en un mes. Las cosas llevan un tiempo. Hay que educar, tomar gente, convencer al que va a traer capital de ponerlo...

¿Le preocupa que haya, cada vez, menos empresarios?

Primero, me preocupa que los que están no estén muy a gusto. Y, también, veo que no hay mucho entusiasmo en el exterior de venir a radicar capital. Entonces, ¿por dónde se va a dar el crecimiento? ¿Por el aparato estatal? Si es eficiente y saber hacer las cosas que el sector privado, perfecto. Pero no lo sé. La experiencia mundial es que eso es un combo. Se necesitan ambos.

¿Ese desinterés inversor es peor que en otras épocas?

En un momento en el que la inversión sobre producto es de 11 puntos, evidentemente, interés por invertir no tiene mucha gente (se ríe). ¿Percibís un gran interés por proyectos de alto valor agregado en la Argentina? El mundo da muchas oportunidades. Y uno tiene que estar medianamente convencido para convencer, también, a sus accionistas, a su cuerpo gerencial, de que se puede diversificar riesgo apostando, en parte, a la Argentina. Pero, a eso, hoy, lo veo pobre.

¿Por qué, puntualmente?

A veces, está la creencia de que uno puede partir de la explotación del carbonato de litio hasta fabricar la batería para el auto eléctrico. Y, entre uno y otro, hay una galaxia. No es tan fácil. Hay que tener compromiso porque uno cree que las condiciones de confianza que brinda un país son sólidas y, además, se debe tener ejemplos de otros que hayan sido exitosos en estos temas. Es algo que se va contagiando. Hay mil lugares para hacer las cosas. No somos la última Coca-Cola en el desierto. Somos uno más. Con algunas ventajas y algunas desventajas. Y, sobre todo, algo que es preocupante: hemos perdido mucho espacio en el terreno educacional. Este agujero que nos deja la pandemia, con los problemas que arrastrábamos, es un retraso fuerte. Hay excepciones, como una base universitaria todavía importante. Pero no nos sobra nada.

¿Cuánto tiempo demanda hoy formar a un operario de Aluar?

Para un operario calificado, que sepa manejar un sistema de control en una máquina, entre cuatro y seis meses. Mínimamente. No hablo de altísimas tecnologías, sino de equipos relativamente simples. Es el doble de tiempo que hace 30 años. En aquella época, venía alguien de una escuela técnica y en dos o tres meses operaba una máquina sofisticada o tenía las bases de informática para hacer un trabajo. Hoy, hay que empezar de cero.

¿Fue una oportunidad perdida el Gobierno de Macri?

Los cuatro años del Gobierno anterior fueron los autitos chocadores, ¿no? La gente (sobre todo, la clase media) tenía una expectativa muy grande y, a los dos años, nos dimos cuenta de que nos iba como la mona. Entonces, se tuvo la idea de meter el país en un freezer. Y se creyó que, con el programa del segundo semestre de 2018, la Argentina iba a resolver todos sus problemas. Lo único que se hizo fue darle un golpe más a la actividad. Pero ya está, ya pasó.

¿Le preocupa que, a medida que se acerquen las elecciones, se posterguen decisiones claves? Da la sensación de que el plan es el "plan aguante": llegar a agosto/octubre y, después, ver.

En un país como la Argentina, es una desgracia. Tener este monitoreo cada dos años complica. No creo que necesitemos rendir examen con esa frecuencia. Llegás a octubre y, después, vas a tener las otras elecciones. El segundo "plan aguante". Y, así, cada dos años. En algún momento, habrá que hacer algo de más largo plazo.

Tags relacionados

Compartí tus comentarios