Historia emprendedora

Fracasó en Buenos Aires, se refugió en Villa Gesell y ahí se hizo famosa por sus churros raros: cómo nació El Topo

La fundaron Hugo Navarro y Juan Carlos Elia hace más de cinco décadas y hoy sus hijos e hijas manejan las riendas. Del dulce de leche al roquefort, leber y aceitunas.

Tener un producto de calidad, que la gente lo identifique y lograr un engagement genuino en las redes debe ser una de las sinergias más poderosas que una marca puede lograr. Y todo esto le sucedió a una churrería. La cadena de churros El Topo nació en Villa Gesell hace más de 50 años y en 2009 dio el salto al territorio porteño, donde proyecta más aperturas. Uno de sus grandes disparadores fue su trabajo de comunicación digital. Pero la historia de la marca surgió a partir de una serie de fracasos.

Hugo Navarro y Juan Carlos "Cacho" Elia eran amigos y trabajaban como cadetes de moto hasta que un accidente de tránsito los llevó a emprendedor nuevos rumbos. Elía fue repartidor de churros durante un tiempo y le propuso a su socio arrancar un negocio dentro del rubro. Fueron varios los intentos en CABA, sin embargo ninguno logró despegar hasta que surgió la idea de trasladarse a una ciudad pujante de la Costa.

Un amigo en común les propuso mudar el proyecto a Villa Gesell porque veía que cada año se incrementaba la cantidad de turistas que la visitaban. Fue así como en 1968 abrieron su primera churrería en el local más barato que encontraron, entre la 109 y la 110.

Hugo Navarro y Juan Carlos Elia durante los primeros años de la churrería.

Para el cartel llamaron a un letrista que les recomendó darle un nombre al negocio y les sugirió ‘El Topo' por el famoso Gigio. La idea de poner la palabra ‘churros' al revés surgió de Navarro y Elia y tenía como objetivo justamente descolocar a los transeúntes y que estos se frenaran a mirar el cartel.

Expansión

Fue tal el éxito de ventas que al año siguiente abrieron una nueva sucursal en Necochea. Los socios acordaron compartir la propiedad de la marca y se dividieron la gestión de los locales: Navarro se quedó en Villa Gesell y Elia fue a Necochea. 

El Topo se convirtió en una empresa familiar, sin lazo de sangre, y los hijos de los fundadores actualmente administran los locales manteniendo la esencia, pero cada uno con su diferencial, ya sea desde el menú hasta la propuesta.

Si bien en un comienzo la carta se ajustaba solo a los churros de dulce de leche y pastelera, con la crisis del 2001 ampliaron el portfolio con medialunas y chipá, entre otros. Hoy los locales también ofrecen tortas fritas y bolas de fraile. No obstante, el terreno de la innovación vino por el lado de los rellenos. Primero fue el de roquefort, que ya se convirtió en un clásico, y ahora se pueden encontrar rellenos de leberwurst, aceituna, jamón y queso, nutella y varias opciones más.

El desembarco en la Ciudad de Buenos Aires fue una idea de Juan Navarro, el menor de los hijos de Hugo, quien pagó su derecho de piso trabajando dos años de manera intensiva en Villa Gesell para obtener la venia. En 2009 abrió su primera ‘madriguera' (cómo llama a los locales) porteña en Palermo y hoy tiene puntos de venta en San Nicolás, Plaza Irlanda, Tribunales y uno en construcción en Palermo. La costa sigue en pie con sucursales en Mar Azul, Pinamar, Valeria del Mar y Cariló.

Viralidad inesperada

En 2020, la marca se volvió un fenómeno en las redes, en particular en Twitter y todo surgió a partir de un comentario negativo. El humorista Lucas Lauriente tuiteó sobre los churros con roquefort y, desde el usuario de la cadena, Juan le respondió con ironía. Su mensaje se viralizó y de 2000 seguidores pasó a 45.000 en poco tiempo (hoy tiene más de 63.000).

El cruce entre Lucas Lauriente y El Topo se volvió viral y le trajo nuevos clientes a la marca.

Esto disparó toda una estrategia de comunicación digital plagada de memes de churros, ida y vuelta con los followers (a quienes apodó 'sapiens') y una cercanía que se potenció durante la pandemia con recetas y sorteos. Y esto impactó en las ventas con un crecimiento del 100 y 120 por ciento de la facturación en los locales de CABA. 

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