El Cronista Comercial

Qué pasará con el campo después de la cosecha récord

Con producción histórica de soja, maíz y trigo, el sector es uno de los ganadores de 2019. Pero sus desafíos estructurales para seguir creciendo en los próximos años permanecen latentes. Cómo cambió el negocio. Precios y liquidación de divisas

Qué pasará con el campo después de la cosecha récord

Como pasa en todo análisis, hay una foto y también una película. La foto del sector agrícola se resume en dos palabras: cosecha récord. Luego de la campaña 2017/2018 carcomida por la sequía –que afectó el 30 por ciento de la producción, unos US$ 8500 millones menos de ingresos–, las voces calificadas coinciden en que este año se alcanzará la marca histórica de unas 148 millones de toneladas, incluidos todos los cultivos. Se alinearon los planetas (o los granos): clima favorable, alta inversión de los productores para recuperar las pérdidas, avances tecnológicos que siguen mejorando rindes y cambios en el marco impositivo –la reducción inicial de las retenciones a fines de 2015– que alentaron una extensión de la superficie del maíz. El agro puede sonreír por los resultados conseguidos y sus números respaldan las expectativas generadas para la actual campaña. Es, junto con Vaca Muerta, el único sector que está eludiendo la crisis. El ganador del año, desde la óptica de los demás.

Pero la película del sector, que tantos debates despierta sobre su rol en la economía, tiene otra luz cuando se miran sus números finos. Más allá de la cosecha que terminará de levantarse a fin de junio y los dólares que ingresarán –a un tipo de cambio real 40 por ciento más alto que a la salida del cepo cambiario, en diciembre de 2015–, el agro sigue lidiando con malezas muy resistentes: altos costos de fletes y déficit de infraestructura que minan la rentabilidad fuera de la zona núcleo (la Pampa húmeda próxima a los puertos), falta de financiamiento, presión fiscal, una frontera agrícola que empieza a encontrar sus límites y precios internacionales que ya no son lo que eran. La soja cotiza en el nivel local más cerca de US$ 200 la tonelada que de US$ 300 y es muy probable –explican los entendidos– que se mantenga en esos niveles en los próximos años, de no mediar ningún evento climático extraordinario en algún país productor. Como consecuencia, el agregado de valor permanece en la columna del debe: la Argentina exporta el mismo monto promedio en dólares por tonelada que hace casi 10 años cuando otros países más chicos lo están aumentando a fuerza de transformar granos en proteína animal, por ejemplo.

“El potencial del sector agrícola está intacto, pero sigue siendo un potencial. ¿Por qué? Las exportaciones promedio por tonelada continúan siendo bajas frente a otros países productores de agroalimentos como la Argentina”, advierte Bernardo Piazzardi, profesor de la Universidad Austral y experto en agronegocios. Según sus datos, las exportaciones agrícolas locales rondan los US$ 400 la tonelada promedio –explicadas en un 65 por ciento por el complejo sojero– frente a los US$ 1100 por tonelada que despacha los Estados Unidos y los US$ 1800 de Australia. “Desde 2012 estamos casi igual y no podemos mover la aguja (en el agregado de valor). Cuando se hace el mismo ejercicio, otros países progresaron mucho más. Por caso, la Argentina es el principal proveedor de maíz de Chile, que lo utiliza para producir cerdos y va camino a convertirse en el quinto exportador mundial de carne porcina”, ilustra.

“El clima acompañó la cosecha de este año, que será la más grande de la historia argentina, cerca de 150 millones de toneladas. Pero eso no necesariamente implica que el productor esté en una situación de rentabilidad”, describe Mariano Tomatis, socio de PwC Argentina y especialista en el sector agrícola. “Es un negocio que se mide en dólares, todos los insumos están dolarizados y, en ciclos de producción que toman 180 días, los productores están expuestos a deuda en dólares. Entonces, desde lo operativo el resultado puede ser bueno pero hay detrimentos que tiran abajo la rentabilidad, como los costos financieros y los impuestos”, completa. “Y el precio de venta está penalizado por la suba de las retenciones post devaluación”.

"Si no tiene un rendimiento récord que supere el 30 por ciento del promedio, el productor fuera de la región pampeana (oeste de Córdoba, San Luis, Santiago del Estero, Salta) pierde plata"

“En la mayoría de las zonas estamos cosechando con rindes por arriba de lo esperado y es una buena noticia en toneladas –afirma Francisco Lugano, presidente de CREA (Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola), una de las principales entidades del sector. El problema es que, a diferencia de otros años, el porcentaje de cobertura de precios fue mucho menor”. Alude a que muchos productores se quedaron con soja disponible y al momento de hacer esta nota la oleaginosa cotizaba en torno a los US$ 213 la tonelada en Rosario, lejos de los US$ 290 de cuando arrancó la siembra, en octubre de 2018.

“Nadie esperaba precios tan bajos”, dice. “Hubo oportunidad de vender durante la campaña a US$ 290, US$ 280. Es una pérdida importante no por lo que se deja de ganar, sino porque el 60 por ciento de la cosecha se hace en campos alquilados y muchos productores pagaron precios de alquiler más caros en función de un precio más alto”, explica. Lugano, igual, rescata que a pesar de la “seca” del año último se respetó la rotación de cultivos (trigo/soja) y se invirtió en tecnología.

Pablo Adreani, titular de la consultora Agripac y uno de los analistas agrícolas más consultados, amplía la descripción: “Más allá de la cosecha récord, que es un dato importante, se viene de un año donde se perdieron 25 millones de toneladas de soja y 10 millones de maíz, US$ 8500 millones menos. El productor está recomponiendo financiamiento y con la venta de trigo y maíz ya hizo caja para compensar parte del desfasaje de 2018”.

Para el analista, el productor no vendió soja anticipada porque el precio “no le gustaba”. Y ese análisis fue erróneo. “’Si en 2018 valía US$ 300 la tonelada, ¿por qué voy a vender a US$ 250?’, pensó. Pero ahí falta un elemento: las 25 millones de toneladas que se perdieron en 2018 en la Argentina. Por eso valía ese precio”, explica. El otro factor que sigue incidiendo en la cotización internacional es la guerra comercial entre EE.UU. y China, que derivó en la fijación de aranceles del 25 por ciento a la importación de soja estadounidense por parte del gigante asiático. La disputa recortó las exportaciones de los farmers estadounidenses y deprimió las cotizaciones en la Bolsa de Chicago. “El precio (de la soja) cayó US$ 80 la tonelada y le está costando recuperarlo”, apunta Adreani.

Por la enorme incertidumbre del año electoral, el contexto de crisis y la cobertura que le dio el resultado del trigo y el maíz, el experto cree que el campo tenderá a retener soja y a retrasar parte de sus liquidaciones de divisas hasta que se despeje el panorama político, incluso en un escenario de relativa estabilidad cambiaria y precios de commodities no favorables. “La percepción del mercado es que el dólar valdrá más en diciembre”, redondea.

Lejos de los puertos

La cosecha proyectada de soja (58 millones de toneladas), maíz (46 millones) y trigo (22 millones), con sus grandes rindes, es una realidad de este año. ¿Y en 2020? ¿Se repetirá esa situación? Más allá de eventos climáticos que pueden alterar el resultado final, ¿hay disposición en el sector para invertir e igualar esa marca? La pregunta conduce a una descripción de lo que está pasando campo adentro. “Si se mira para adelante, el negocio no es super atractivo –sentencia Lugano. Se parte de un precio bastante bajo, con incertidumbre política grande. El productor termina sembrando igual pero cambia si respeta la rotación, si va al doble cultivo o si hace más o menos maíz”. Sembrar una hectárea con soja demanda cerca de US$ 350.

Hasta la tranquera somos Messi; a partir de ahí, con los costos actuales, no somos competitivos”, compara Piazzardi. Y alude a la competitividad sistémica como explicación. “Tenemos problemas de infraestructura, logística y financiamiento. No existe hacer un negocio tan grande como una campaña agrícola sin financiamiento”, plantea. A eso suma la presión fiscal y las regulaciones que dificultan la exportación. “La novedad de los últimos dos o tres años es que parece que se entiende el problema. La salida podría venir por el sistema agroalimentario. Hay gente que se encierra en tres o cuatro cadenas y el agro comprende unas 30 cadenas”, señala.

Superado aquel pico de los US$ 600 la tonelada de soja en 2008 y los tiempos florecientes, esa suba de costos llevó por 2011/12 a que la producción alejada de la zona núcleo empiece a cosechar problemas de rentabilidad. Adreani lo pone en números: “Al precio por tonelada de soja que recibe el productor hay que descontarle el flete. Un flete desde Villa Mercedes, San Luis, cuesta US$ 30 por tonelada. Es decir que al productor le quedan US$ 185 netos por tonelada de soja. Si no tiene un rendimiento récord que supere el 30 por ciento del promedio, el productor fuera de la región pampeana (oeste de Córdoba, San Luis, Santiago del Estero, Salta) pierde plata”.

La diferencia entre la zona núcleo y el resto, se sabe, no pasa solo por la cercanía al complejo exportador del Gran Rosario sino, sobre todo, por el rendimiento de la tierra. Los 5000 kilos de soja por hectárea que puede arrojar un campo en Venado Tuerto (Santa Fe), corazón de lo mejor de la Pampa húmeda, se reducen a la mitad en una hectárea similar en Salta, aun con muy buenos resultados, precisa Adreani. 

“Saliendo de la zona núcleo la cuenta no da –coincide Tomatis. La producción agropecuaria en el norte tuvo muy buenos rindes pero para traer esos granos hasta el puerto el costo logístico es enorme y se ha trabajado poco y nada en reducirlo”. Según el socio de PwC, el transporte representa entre un 20 y un 30 por ciento del costo para un productor de esas localidades. Piazzardi refuerza: “La producción tradicional en campo propio en zonas alejadas de los puertos solo cierra si se transforma la materia prima en el lugar, en carne o en energía”. Es uno de los cambios que empiezan a observarse, cuentan en el sector. Emprendimientos mixtos con ganadería y feed lots para transformar la proteína vegetal en el lugar de origen y aumentar el valor. A la hora de los cálculos, no es lo mismo transportar granos que hacienda en pie.

"Un precio sin retención permitiría ir a tierras que hoy no se siembran porque son de alto riesgo o tienen rentabilidad negativa"

Con el crecimiento de la superficie de maíz, la sorpresa de la última campaña, hay productores que se acercan al etanol, otra de las aplicaciones del grano. En Río Cuarto, Villa María y otros puntos de Córdoba, comenta Adreani, está creciendo un cluster energético apalancado en la producción de la zona.

“La eliminación de retenciones en maíz y trigo en el comienzo del gobierno de Macri tuvo un efecto positivo en la producción –observa Tomatis. El efecto negativo (a nivel macro) fue el aumento de la deuda pública. Pero la capacidad productiva del sector agrícola mejoró y hay más rotación. Se redujo en alrededor de un millón de hectáreas la superficie de la soja, desde el tope máximo de producción, y hubo una mejor utilización del suelo para maíz y trigo”.

Ese efecto inmediato, recalcan los productores, prueba que las retenciones son el principal obstáculo para crecer. “Con retenciones cero (no de un año para otro) se podrían alcanzar los 160 millones de toneladas”, arriesga Adreani, y calcula: “Se llegaría a 70 millones de toneladas de soja, 60 millones de maíz y 30 millones de trigo”. Luego de la suba de los derechos de exportación definida en agosto último como respuesta a la crisis cambiaria, las retenciones para todo el complejo sojero se unificaron en el 18 por ciento –granos, harina y aceite pagan igual–, a los que se sumaron los $ 4 por dólar de impuestos para los productos primarios, con lo que la tasa efectiva trepó al 28 por ciento. Las del maíz, trigo y otros cultivos –que habían bajado a cero– quedaron en el 10 por ciento. Los $ 4 por dólar exportado rigen, teóricamente, hasta fin de 2020.

Adreani cuestiona la unificación de las retenciones para todo el complejo sojero. “No considerar a la harina y el aceite de soja como productos de valor agregado es una barbaridad intelectual”, dispara. A su juicio, la industria aceitera perdió competitividad ya que la medida borró la “defensa” que tenía frente al proteccionismo del mundo desarrollado. Una fuente del sector exportador revela que la caída en el precio de la tonelada de soja a lo largo de la campaña actual ayudó a compensar esa situación. También contribuyó el menor despacho de porotos a China, que liberó materia prima para crushing.

“La expectativa es que en el corto plazo desaparezcan (las retenciones adicionales). Se trata de una situación puntual para salir de la coyuntura”, opina Lugano. “Pero el impacto es enorme, y mayor en zonas alejadas. No es lo mismo producir a 150 km del puerto que en el NOA, a más de 1000 km”, repite. En ese sentido, productores y expertos plantean que un camino intermedio hacia una eliminación total sería aplicar retenciones diferenciales que consideren la ubicación y productividad de cada zona. Con la tecnología es factible aplicar un control adecuado sobre el origen y movimiento de granos, dicen.

“El tema impositivo es clave en la rentabilidad. Es difícil ver cuánto más pudiera crecer la producción, depende de cuánta más inversión podría hacer el productor en calidad de semilla o en el suelo, y de cuánto se puede extender la frontera agrícola. Un precio sin retención permitiría ir a tierras que hoy no se siembran porque son de alto riesgo o tienen rentabilidad negativa”, se suma Tomatis. Piazzardi lamenta que en la urgencia “siempre se le quita al agro”. E insiste en que las retenciones son un factor más que atenta contra esa competitividad sistémica: “En vez de como salvavidas, hay que pensar en el sector agrícola como plataforma de lanzamiento del país”.

Comida china

Luego de lo ocurrido esta campaña, ¿qué precios tiene que esperar el productor? Para Piazzardi, en los próximos cinco años no deberían verse precios muy diferentes a los del último lustro, tomando en cuenta las proyecciones de crecimiento poblacional, la demanda asiática y la evolución de los rendimientos. Esto es, una soja entre US$ 250/300 la tonelada.

Adreani acerca un dato: este año, por primera vez, China quebrará la tendencia alcista de importar cada vez más soja –sus compras venían creciendo de 3/4 millones de toneladas por año. “Su consumo interno cayó por efecto de la fiebre porcina, que lo obligó a liquidar un millón de cabezas de cerdo, y por el reemplazo de harina de soja por otros contenidos proteicos vegetales”, explica. “La gran incógnita es: ¿seguirá reduciendo sus importaciones o las estabilizará? Eso nos dará la respuesta para los precios de 2020”, completa.

Otro aspecto a tener presente para la proyección del negocio en la Argentina, advierte Piazzardi, es el fuerte crecimiento de la capacidad instalada de molienda de soja (de a más de 10 millones de toneladas cada año) en China. “Eso significa menores exportaciones con valor agregado desde la Argentina”, alerta. La oportunidad descansa en las nuevas aplicaciones que el agro puede ofrecer, a partir de su convergencia con la bioeconomía y la revolución de los materiales.

Hasta comienzos de esta década, y como producto de los altos precios de las commodities y la expansión tecnológica, el negocio del agro estaba dominado en lo más alto por los grandes pooles de siembra, que alquilaban superficies crecientes cada año y sacaban fruto a sus economías de escala. Ese modelo entró en crisis con la suba de costos de alquiler de los campos y la baja de los precios. “El pool fue atacado por la falta de rentabilidad, alquileres altos y problemas climáticos –dice Tomatis. El problema era que el que alquilaba tomaba todos los riesgos, y el dueño del campo se quedaba con un ingreso fijo pasara lo que pasara. Eso se fue corrigiendo y hoy los contratos van hacia un modelo de asociación, para dividir la ganancia. Si la cosecha es mala, los dos pierden”.

Sin esos grandes players –y dejando de lado a las empresas con extensiones propias de más de 100.000 has–, la actividad se estructura en torno a los cientos de miles de productores que, además de sembrar en su campo, alquilan en la proximidad de su zona. La predisposición para organizarse de otra forma está creciendo, apunta Piazzardi: el 30 por ciento de los productores encuestados en una investigación de la Universidad Austral está dispuesto a asociarse con otro para expandir verticalmente su actividad, es decir, integrarse en un proceso para agregar valor. “El productor termina invirtiendo porque es un estilo de vida”, concluye el experto. Con esa inclinación natural, y menos malezas estructurales, financieras e impositivas, la foto de hoy podría convertirse en película.

(Publicada en la edición 305 de la revista APERTURA; mayo 2019)

Comentarios1
Rodolfo Sotz
Rodolfo Sotz 18/05/2019 07:06:44

el modelo de costos está en crisis porque hay que mantener a la casta política...nada más.!

Recomendado para tí


Seguí leyendo