El Cronista Comercial

Cómo evitar que las empresas colapsen

El comercio está en pausa mientras luchamos contra el virus. Acá, formas de ayudar a las compañías a que sobrevivan a la pandemia, según Business Week. 

Cómo evitar que las empresas colapsen

En la economía, no hay juramento hipocrático: primero, no hacer daño. Si lo hubiera, los líderes del mundo estarían en serios problemas por haberlo violado. Con el noble propósito de salvar vidas, están atacando de forma deliberada a la economía global. El plan es poner a la actividad económica en un estado de animación suspendida durante semanas o meses, pasar lo peor de la pandemia del Covid-19  y luego resucitar al paciente. ¿Necesario? Probablemente. ¿Peligroso? Sin dudas.

Como esto nunca se hizo antes y a esta escala, no hay ancianos canosos para guiarnos. Vamos a tener que inventar los planes mientras los ejecutamos, recalibrando a medida que surjan datos. Igual que los doctores abrumados deben elegir a qué pacientes salvar y a cuáles dejar ir, tendremos que decidir qué sector, qué compañías y qué trabajadores son más necesitados y merecen más un rescate.

Y finalmente tendrán que hacer una compensación agonizante entre salvar vidas y salvar formas de vivir. Cuanta más gente se salve del coronavirus a través de cuarentenas draconianas, más formas de sustento se romperán, en algunos casos de forma irreparable. El 24 de marzo, el presidente Donald Trump dijo que la economía estadounidense estaría “abierta y en movimiento para Pascuas”. Luego tuvo que retractarse. Sin embargo, cuanto más se liberan las cuarentenas y el distanciamiento social para permitir que la economía respire, más pacientes se quedarán sin aliento por culpa de esta terrorífica enfermedad pulmonar.

Martin Eichenbaum, de la Universidad de Northwestern, y otros están calculando en un paper nuevo que los Estados Unidos podría salvar 500.000 vidas a través de medidas serias de contención versus la base de no hacer nada —pero al costo de sacar 10% del producto económico en 2020. Sin dudas, va a ponerse feo.

Acá, un principio para que consideren los legisladores mientras toman decisiones en nuestro nombre: si deben dañar a la economía, que sea reversible. Dañen, pero no maten. Doblen, pero no la rompan.

El freno repentino podría causar que cientos de miles de PyMEs bajen sus persianas —se rompan. Algunas resurgirán con rapidez, lo cual está bien. Pero en muchos casos la pérdida será permanente. Los equipos de alto funcionamiento que tomaron años para formarse se romperán. Se perderán sinergias. Los trabajadores que florecieron en un nicho particular naufragarán, buscando trabajos de empleadores nuevos que no entienden quiénes son o qué pueden hacer. “Mucha de la información de nuestra sociedad está embebida dentro de las corporaciones. La bancarrota de una compañía lleva a la pérdida del capital organizacional e informativo —un shock negativo para la economía”, dijo Joseph Stiglitz, el economista ganador del Premio Nobel, en 2014 en una reunión de la Asociación Internacional de Economía en el Mar Muerto, en Jordania.

La respuesta, por supuesto: mantengan a las compañías lo más intactas que se pueda. Reiniciar la economía luego de que el Covid-19 retroceda será más fácil si las empresas que hacen y venden cosas están listas para arrancar. También es amabilidad: “Tener que cerrar una compañía —especialmente una que se construyó en el tiempo— es un golpe devastador para los dueños y sus familias, que suelen estar involucradas”, escribe en un email David Levy, presidente de una empresa familiar, Jerome Levy Forecasting Center, en Mount Kisco, New York. “Dueños destruidos, fortunas destruidas, vidas destruidas”.

Entonces, ¿qué se puede hacer? Bueno, una forma elegante de mantener a flote a las compañías es el kuzarbeit alemán, o el tiempo corto de trabajo, en el cual el gobierno subsidia los salarios de los empleados que de otra forma serían despedidos. Esto ayudó a Alemania a rebotar de la crisis financiera más rápido que cualquier otro país europeo, explica Markus Brunnermeier, economista alemán de Princeton. Varios países escandinavos siguieron el camino de Alemania y el Reino Unido anunció un programa similar el 20 de marzo.

Una alternativa es darles préstamos amplios y baratos a las compañías. La Reserva Federal ya está con ese tema en las grandes empresas, financiando sus papeles comerciales y anunciando que incluso comprará bonos corporativos de forma directa —un gran cambio para el banco central (“Guau, simplemente guau”, dijo en Bloomberg Television George Rusnak, co-director de Estrategia de Ingresos Fijos en Wells Fargo Investment Institute).

Pero ayudar a las compañías más pequeñas, que dependen más de los bancos que de los mercados para juntar dinero, es un problema más complicado. La ley de u$s 2 billones que aprobó el Congreso incluye u$s 250.000 millones para prestarles a las empresas a través de bancos involucrados con la Administración de Pequeñas Empresas. Otra idea, de Brunnermeier, es que la Fed les cobre a los bancos una tasa de interés negativa —esto es, pagarles, a través de una ventana de descuento— por otorgarles préstamos a pequeñas y medianas compañías.

En una recesión común, alentar a los bancos a hacer esto con sus préstamos —darles dinero nuevo a los deudores para que puedan pagar los intereses de sus préstamos viejos— sería considerado negligente. Sería visto como desperdiciar un capital valioso para levantar zombies en lugar de dirigirlo a inversiones nuevas que creen trabajo. Pero esta no es una recesión común.

Las compañías que necesitan ayuda no son zombies. Mantenerlas a flote no es pecado, sino esencial. “Es un cambio de 180 grados en la forma de pensar”, dice Brunnermeier.

Stiglitz defiende un “super Chapter 11” que evitaría la insolvencia masiva. En un paper de 2010, él y Marcus Miller, de la Universidad de Warwick, escribieron que el código de bancarrota “está diseñado para eventos idiosincráticos en los cuales se puede disponer de los bienes a los precios de mercado”, lo que no es el caso en una crisis en la que nadie quiere agarrar el cuchillo que cae. Bajo el super Chapter 11, escribieron, un institución esponsoreada por el gobierno “consolidaría a las empresas en problemas y decidiría de forma simultánea —y esta es la clave— cómo todas se resolverían a través de un procedimiento común”. Ese procedimiento podría involucrar, por ejemplo, cambiar deuda por acciones en el directorio.

Deborah Lucas del MIT, pasó la mayor parte de su carrera estudiando al gobierno federal como institución financiera. Fue economista jefa de la Oficina de Presupuesto del Congreso y ahora dirige el Centro Golub de Finanzas y Política en la Escuela de Management Sloan del MIT. “Uno no quiere hacer explotar preocupaciones viables y actuales, y ese es el principal riesgo de la situación de hoy”, explica. “Vale la pena pagar mucho para evitar eso”. Las compañías no deberían recibir ayudas directas como subvenciones, advierte, porque cualquier empresas tomará el efectivo que se le ofrezca, incluso aunque los directivos sepan que la situación no es sustentable. Los préstamos funcionan mejor —los ejecutivos no suelen aceptar un préstamo que no pueden pagar. Según su experiencia en la crisis financiera, Lucas dice que es un error ponerles condiciones a los préstamos, como exigir que los empleadores retengan trabajadores. La mayoría de los directivos preferirían dejar pasar el dinero antes que atarse las manos, predice.

Los rescates no son populares. Cuando se tocó ese tema en un artículo anterior, hubo reacciones en Twitter como: “Dinero moralmente en bancarrota para los inversores”. La izquierda quiere ayuda para los trabajadores, no para los capitalistas. Y hay un segmento de la derecha libertaria que dice que el libre mercado hace un buen trabajo redistribuyendo recursos —trabajadores, máquinas, patentes, marcas registradas, etc.— hacia su más y mejor uso cuando una compañía fracasa. En la crisis financiera, “en lugar de rescatar a los bancos, los legisladores estadounidenses deberían haber permitido que operara el procedimiento estándar de bancarrota”, escribió Jeffrey Miron, economista de Harvard, en el Cato Journal libertario en 2009.

Los individuos también necesitan ayuda. Ampliar los beneficios de desempleo y extender su duración es básico. Paciencia para el repago de deudas también tiene sentido. Después de todo, no son solo las compañías sino también los hogares los que hay que evitar que se rompan. Mientras tanto, el proceso de rescatar compañía también puede salir mal. Ben Hunt, cofundador y Chief Investment Officer de Second Foundation Partners, calcula que las recompras de acciones de las cuatro aerolíneas más grandes excedió el flujo de dinero entre 2014 y 2019 —enriqueciendo a los ejecutivos y accionistas pero dejando a las empresas mal preparadas para una crisis. “Los zorros y sociópatas están listos para salir, buscando que se socialicen sus pérdidas privadas pero guardando sus ganancias privadas”, escribió Hunt el 19 de marzo en su sitio web, Epsilon Theory.

Es razonable imponer condiciones sobre la ayuda que reciban. Hunt le pondría más ajustes a la compensación ejecutiva; despidos y reemplazos en el directorio; requeriría que junten dinero vendiendo acciones, incluso a los precios poco favorables de hoy; y prohibiría las recompras y dividendos hasta que se repaguen los préstamos gubernamentales. Tomar parte de la propiedad de las compañías a cambio de una ayuda de emergencia —como tiene discreción para demandar Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro— les daría a los contribuyentes algo de poder. También es razonable elegir a qué industrias rescatar. Las aerolíneas pueden ser infraestructura vital, pero los casinos y cruceros no.

Al mantener la filosofía de doblar pero no romper, la ayuda debería estar concentrada en los tipos de empresas con más chances de romperse, que tienden a ser las que están livianas en bienes físicos. Las empresas pequeñas, que emplean a casi la mitad de la fuerza laboral de los Estados Unidos, tienen más chances de tener pocos bienes comparado con las grandes organizaciones. Las compañías con bienes físicos valiosos tienen más posibilidades de rebotar de forma relativamente más fácil. El fracaso de una productora de shale oil no daña a los hidrocarburos que siguen en la tierra. Las líneas de cruceros todavía tienen a los barcos, las aerolíneas tienen sus acciones y los casinos tienen sus brillantes edificios, que pueden volver a operar con rapidez una vez que se termine la crisis por el virus.

La política debería jugar el menor rol posible en las decisiones de rescate. Fácil de decir, difícil de ejecutar. En 2008-09, cuando los gobiernos de Bush y Barack Obama estaban tratando de rescatar a General Motors  y Chrysler, “trabajamos para esquivar los intentos de los accionistas de ambos lados para meterse en decisiones de qué concesionarios cerrar o qué plantas frenar”, escribieron Brian Deese, Steven Shafran y Dan Jester, quienes crearon los planes, en un capítulo de First Responders, un libro escrito y editado por insiders de la crisis financiera. Los lobbistas están de nuevo con fuerza, representando a todos desde granjeros porcinos a dueños de cines y fabricantes de ropa deportiva. El gobierno de Trump accedió a la supervisión independiente de un fondo para apoyar compañías.

Los rescates a empresas y ayuda a individuos serán tremendamente costosos. Hay una alta chance de que el plan de estímulo aprobado a fines de marzo tenga que ser seguido de otros. Pero es porque la necesidad nunca fue tan grande. Piensen en la cuarentena como un ataque al corazón —o, para usar una metáfora más acorde, un problema respiratorio agudo y severo. El tratamiento debe ser agresivo para tener éxito.

Lo que se haga tiene que ser pronto. Los despidos ya empezaron. Cuanto más daño sufran las compañías, más difícil será que reboten. Como mostraron los últimos discursos de Trump, la presión política para volver a la actividad económica normal se están intensificando. La forma más segura de mantener el apoyo a las restricciones que protegen al público del Covid-19 es aliviar el daño que esas restricciones le hacen a la economía.

(Publicada en la edición número 316 de la revista Apertura; abril de 2020)

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