El Cronista Comercial
JUEVES 23/05/2019

Barajar y dar de nuevo: la fórmula de los emprendedores '+40'

Tienen el equipaje de la experiencia pero, también, menos tiempo para recuperarse si algo sale mal. Los casos de quienes se animaron al proyecto propio después de los 40 años y por qué son cada vez más quienes se lanzan en esa etapa de la vida

De a poco y despacio (tal vez más lento de lo que se necesitaría) se rompe en la Argentina con el prejuicio de que es emprendedor solamente el joven –hombre–, exestudiante de universidad privada, que abre oficinas en Palermo para desarrollarse en la industria de la tecnología. Si bien es cierto que ese pequeño grupo es el que hace más ruido y el que, por lo general, tiene mayor impacto, cada vez más personas se están haciendo su lugar en el ecosistema. Incubadoras y hubs de innovación en distintas provincias del país, mujeres emprendedoras y soluciones que surgen de diferentes rubros y sectores se destacan en el mundillo entrepreneur. 

Y hay un grupo que particularmente se dedica a vencer prejuicios y a demostrar que puede destacarse por sus buenos resultados. Se trata de los que se animan a emprender por primera vez después de los 40. Hay varios factores por los cuales tomaron relevancia en los últimos años. El primero es el hecho de que se alargó la esperanza de vida y un emprendedor de 50 años puede afirmar que tiene la misma energía para arrancar con un proyecto que alguien de 20. Y con jubilaciones que muchas veces no alcanzan, para muchos más de 60 o 65 el retiro no está en sus planes.

Otro factor es el hecho de que, dentro de las grandes corporaciones, las innovaciones tecnológicas están dejando obsoletos a ciertos puestos y muchos se ven obligados a reinventarse. “Además, que en los últimos tres o cuatro años las empresas han hecho una reestructuración fuertísima y mucha gente de más de 50 que salió se ha sentido maltratada”, explica Javier González, presidente de Inicia, entidad que cuenta con programas específicos de apoyo a este grupo. En este contexto surgieron muchos exempleados de corporaciones que se encuentran, luego de muchos años dentro del mundo corporativo, con algún capital que viene de retiros voluntarios o indemnizaciones y varios lo invierten en un proyecto propio.

“En la Argentina tenemos una coyuntura apremiante y se ven muchos casos de +45 que vienen por varios motivos. O porque buscan un cambio pivotal en sus carreras o porque emprenden por necesidad, tanto económica como de reinvención. Pero también vemos mucha gente que está quedando fuera del sistema, que guarda capital y no sabe qué hacer. Y la respuesta es emprender como una herramienta de autoempleo y de inclusión social”, define Daniel Tricarico, director Ejecutivo de ASEA, que el próximo mes lanzará el programa “Tercer tiempo”, destinado a apoyar a este grupo entrepreneur.

“Veo a muchos después de los 50 y 60, porque hay una gran cantidad de personas que se retiran o jubilan, con mucho background, experiencia y networking, que se acercan a formar parte de la red de mentores e inversores ángeles. Apoyan el ecosistema y quieren involucrarse”, explica Silvia Torres Carbonell, directora del Centro de Emprendedores del IAE, quien destaca que en muchos casos emprenden junto a jóvenes y actúan como inversores ángeles. También está quien se acerca al ecosistema con el rol de mentor: solo en el concurso Naves que organiza la escuela de negocios de la Universidad Austral hay más de 500 que pasaron por etapas corporativas y lo mismo en su Club de Inversores Ángeles.

Los especialistas aseguran que frente a este panorama existen diferentes formas de responder. Muchos, cuando salen del mundo corporativo, se sienten avergonzados, temerosos o ansiosos, según la experiencia de González, y actúan con más cautela. Varios, asegura, optan por lanzarse a un negocio que ya conocen y hacen uso de su experiencia –este es un punto fundamental para explicar por qué, en general, los emprendimientos liderados por personas de más de 40 años son más exitosos. De hecho, un estudio del National Bureau of Economic Research muestra que la edad promedio de los fundadores de empresas con más rápido crecimiento es de 45 años. “Esto se debe a la experiencia, la formación, que saben hacer planeamiento, se focalizan mucho más, no se diversifican inútilmente y tienen redes, conocen proveedores y clientes”, explica González.

“Se trata de un perfil de gente que concentra mucha experiencia, formación, capital social y monetario. En general tienen ahorros y acceso al financiamiento. Mezclan el metier teórico y el práctico”, define Tricarico, y agrega que a la hora de emprender suelen apuntar a rubros que ya conocen y donde ven una falla o la falta de un servicio para lo que construyen una solución.

Para Julia Bearzi, directora Ejecutiva de Endeavor Argentina, el emprendedor de más de 40 tiene mucho por aprovechar: “Lo veo hasta más interesante, porque no se tiran a una pileta sin agua, sino que lo hacen en un espacio que no sea desconocido, aprovechando su background".

Caramba - Tito Loizeau. Emprender hasta los 90. Tito Loizeau encaja perfecto en la definición de “emprendedor serial”. Tanto que, en realidad, nunca trabajó en relación de dependencia. Contador, tuvo su propio estudio. También, un cine y una fábrica de sillones. La crisis de 2001 le sirvió para darle un giro a Promored, la agencia de marketing promocional que había fundado. “A fines de 2001, decidí expandirla a Chile. Después, a México. Por la crisis, las empresas de consumo masivo hacían cada vez más promociones y nuestro servicio llave en mano era atractivo”, recuerda. En 2008, abrió el primer Barbie Store de la Argentina –tuvo que cerrarlo años después, cuando las trabas a las importaciones le dificultaron continuar con la propuesta. Después de vender Promored, creó CienPies Contenidos, la productora detrás del infantil Bubba (que transmite Disney Jr.), y, en 2014, volvió al mundo de las agencias con Caramba. 

Ahora, al borde de los 50 años, y en el medio de una recesión, vuelve a emprender. Está en plena obra de El Capitán, el restaurante temático inspirado en el teatro de Los Ángeles de la década del ’30 que abrirá en Norcenter, justo al lado de los cines Showcase, en Munro. “Es un delirio. Pero el cine vende 1,2 millones de tickets y no hay ningún lugar donde comer salvo el patio de comidas”, dice Loizeau. Planea abrirlo en mayo. “Es un buen momento y hay oportunidades cuando todos están en retirada. Estamos tan abajo que, en algún momento, vamos a subir. Uno no arma un restaurante para tenerlo un año, sino por lo menos cinco o seis”, se entusiasma.

Haber emprendido tantas veces, dice, lo ayudó a animarse a hacerlo de nuevo: “Te das cuenta que nada te mata. ¿Por qué emprender da miedo? Porque nunca lo hiciste. Aunque te haya ido mal la primera, la segunda ya no te da miedo. Un negocio siempre es un riesgo, pero avanzás”. Loizeau dice que siempre está buscando hacer cosas que le “diviertan”. Hoy, con el aprendizaje de varios startups a cuenta, se reconoce experimentado: “Sé dónde fijar las prioridades. La presión y la angustia son distintas a cuando emprendí por primera vez. Pero hay que cambiar el mindset. Cuando arranqué, a los 20 años, pensaba que a los 40 tenía que ser millonario y retirarme. Ese paradigma es una ridiculez, una mochila muy grande y frustrante. Hoy pienso que voy a tener que trabajar hasta los 80 o 90 años, no solo por la economía, sino por la salud. Si me va mal, tengo 30 años para recuperarme”.

eColon - Eduardo Iglesias. Con hambre de emprendedor. Aunque Eduardo Iglesias lanzó Colón Seguros, su primera compañía, a los 51 años, ya acumulaba años de experiencia cerca del ecosistema entrepreneur. Hoy, a los 58 años, recuerda que a los 10 comenzó vendiendo artesanías con su hermano. Luego de estudiar Administración de Empresas en la UBA, hizo una carrera corporativa tradicional en el sistema financiero, vivió 10 años en los Estados Unidos y trabajó en bancos y compañías de seguros. Hizo de intraemprendedor, fundando nuevas compañías mientras trabajaba para otros y se convirtió en uno de los fundadores del Club de Inversores Ángel del IAE, además de desarrollarse como inversor y mentor en varios startups. 

“Ser emprendedor se lleva en la sangre. Siempre estás emprendiendo. La diferencia entre hacerlo para vos o para una corporación es una decisión. Tenés que vencer los miedos; el principal, al fracaso”, explica el emprendedor que hace dos años dio una vuelta a su empresa y fundó eColón, una aseguradora 100 por ciento digital. La ventaja de emprender a su edad, asegura, estuvo en que se lanzó con una red de contención, por la situación económica que le tocaba vivir, aunque siempre supo que estaba en riesgo su patrimonio y su tiempo. “Emprendí en seguros porque era un rubro que conocía y en el que me sentía cómodo. La probabilidad de éxito tiene que ver con muchas cosas y una de ellas es cuánto conozcas sobre el negocio. Y creo que no me equivoqué”, agrega quien llegó al cargo de presidente de una aseguradora a los 38 años, experiencia que lo capacitó para el rol que ocupa hoy. En su caso, haberse desarrollado como mentor e inversor de otros startups fue otra de las claves: “Tiene tanto valor saber qué hacer como saber qué no hacer. Aprendés mucho de ver errores que otros cometieron. Cuando ves muchos proyectos, identificás patrones”, dice el emprendedor que factura con Colón $ 400 millones al año.

Para iniciar, junto a sus socios invirtieron U$S 3 millones, y explica que una de las ventajas de comenzar con su emprendimiento después de los 50 fue no solo que contaba con dinero propio para aportar, sino que por su experiencia tenía más chances de conseguir capital de terceros: “Tenés un track record probado y es más probable que alguien esté dispuesto a arriesgar su dinero”.

Iglesias admite que, en términos de energía, se siente igual que a los 30, con el plus de que sabe aprovecharla y direccionarla. “No perdés tiempo en cosas que sabés que no van a tener resultado y te organizás mejor. Lo ves con más calma”, explica el emprendedor. “Tenés que tener la misma resiliencia, pero no puede variar el hambre. Tenés que tener las mismas ganas que a los 20 o a los 30. Si no, no emprendas”, advierte. 

Credicuotas - Ezequiel Weisstaub. Aplicar las lecciones corporativas. El salto de la vida corporativa al emprendedurismo fue todo un desafío para Ezequiel Weisstaub. Entró al Citibank como JP en 1995 e hizo carrera dentro de la entidad. “Toda mi vida mi sueño fue el CEO. Por mi personalidad, siempre me sentí ‘dueño’ de mi negocio”, recuerda. Post crisis financiera en los Estados Unidos, y después de experiencias intensas como una transacción de canje de la deuda argentina, apareció la oportunidad del retiro. Pero no se quedó quieto: “Hablé con Andrés Meta, del Banco Industrial, que era cliente mío, porque la entidad no tenía unidad de financiamiento al consumo. Entonces, decidimos crearla”. Ese fue el inicio de Credicuotas.

El cambio, dice, fue “muy fuerte”: de la oficina del banco a un cuarto. “Es arrancar de cero. Preguntarse por dónde empezar. Hay que manejar mucho las frustraciones, porque se dan de forma continua, sobre todo en un país como el nuestro”, admite.

Con una inversión inicial de U$S 2 millones, Credicuotas comenzó brindando préstamos por canales indirectos, dentro de comercios, para ayudar a los clientes en la compra de bienes durables. La estrategia, ahora, es ser una fintech que ofrece préstamos online a sus usuarios en forma directa. Inscripta en el BCRA como Proveedor no Financiero de Crédito, todas las operaciones de la empresa están inscriptas en la CNV. Tiene un portfolio de inversión de más de $ 2200 millones y el año pasado facturó alrededor de $ 437 millones –aunque este año prevé llegar a $ 1000 millones. “Algo positivo es que cuando queremos tomar decisiones, se hace en una charla de 15 minutos. Pero tratamos de aplicar las lecciones aprendidas de la vida corporativa, como generar un buen lugar para que la gente venga a trabajar”, asegura.

Y aunque admite que a veces, todavía, sueña (literalmente) con la vida en el banco, disfruta la vida del emprendedor y el momento de su vida en el que lo decidió, con un mix entre experiencia corporativa pero tiempo para mover el timón si las cosas no salen bien. “La incertidumbre económica es muy grande. Uno invierte, se esfuerza en un proyecto, pone en riesgo muchas cosas y podés sentirte ‘exitoso’, pero no sabés qué va a pasar el año que viene. Y eso es insano. A veces, en una empresa, te sentís un poco más protegido”, concluye.

Laboratorios Garre - Sergio Garre. Dueño de sus decisiones. “Quería ser artífice de mi propio destino y no depender de decisiones de otros”, responde Sergio Garre cuando se le consulta el motivo de su cambio de estilo de vida. Luego de 20 años en relación de dependencia trabajando para farmacéuticas como Roche y Bayer, este licenciado en Administración de Empresas decidió, en 2009, vender su casa, mudarse a un departamento más pequeño e invertir los U$S 120.000 que había conseguido en la creación del laboratorio que lleva su nombre y que el año pasado facturó $ 40 millones.

Cansado de poner todo su esfuerzo para una empresa ajena, decidió empezar su propio camino cuando tomó conocimiento de las posibilidades de licenciar tecnologías que brindaba el Conicet. En 2011 obtuvo la licencia y para 2012 puso en el mercado el primer producto, una loción para el crecimiento de cabello bajo la marca Ecohair. Hoy, la cartera de productos hechos con ingredientes de origen natural se completa con un shampoo anticaída, un bálsamo acondicionador, un shampoo anticaspa, un gel para el crecimiento de cejas, otro para el crecimiento de pestañas y una crema corporal. 

Al principio, el proyecto se solapaba con el trabajo en relación de dependencia. Hasta que el tiempo dejó de alcanzar y apostó su capital: “Prefería arriesgar y perder todo antes que no haberlo intentado. No quería quedarme con el ‘qué hubiese pasado si…’. Me motivaba el sentido de libertad. Disponer libremente de mi soberanía económica y de mis proyectos”. 

Siempre tuvo ganas de emprender. Pero recién casado y con hijos, encontró mayor seguridad trabajando para terceros. “Para emprender no hay edad”, sostiene el exgerente, que agrega que de su pasado corporativo aplica varias lecciones aprendidas, sobre todo a la hora de la ejecución y toma de decisiones: “Entré a Roche en 2000, en un contexto en el que la empresa se estaba reconvirtiendo hacia una de innovación. Vivir ese proceso me influyó notoriamente. Ahí entendí cómo aplicar innovación a oportunidades de mercado”. 

El dueño del laboratorio, que emplea a 18 personas y que el año pasado comenzó sus exportaciones hacia Inglaterra, afirma que la inversión propia es fundamental y él lo vivió así: “En el primer año contaba con ahorros para sobrevivir por seis meses. Si en esos meses no lograba generar recursos, me iba a ver en serios problemas porque se me terminaban los ahorros”. Pero, convencido de que el camino del emprendedor es lo que más lo motiva, remata: “El mundo está lleno de oportunidades”. 

Warmi Store - Belén Moroni. Escuchar la vocación. El sueño de Belén Moroni siempre fue tener una empresa de ropa y estudió Administración de Empresas con ese objetivo. Pero cuando cursaba, cuenta, sintió que se había “desconectado” de sí misma –de la creatividad y su don para coordinar. Encaró la vida corporativa y empezó a ascender en las posiciones, pero faltaba algo: “Durante toda mi vida laboral tuve migrañas. Empezaban a las 9 de la mañana, justo antes de empezar a trabajar. El cuerpo habla”. Así, un día, “sin pensarlo”, renunció. Era 2010, tenía 37 años, un hijo de seis y un novio con el cual convivía pero del que se separó tres meses después.

En una charla de Mujeres en Red escuchó a Rosario Quispe, una mujer quechua que realiza microemprendimientos en la Puna para que los jóvenes se queden en su lugar de origen. Ese fue el chispazo de Warmi Store –warmi significa mujer en quechua. A eso se le sumó el advenimiento de redes sociales como Instagram, por la cual accedía a las tendencias del resto del mundo: “Vi unas bolsas que se hacían en la cárcel de México y sentí algo especial. Era la posibilidad de ayudar a quienes lo necesitan con una fuente de trabajo y agregarle estilo con intervenciones de artistas”. Viajó a México y a Colombia. Consiguió sobres de la India. Pero enseguida llegó el primer freno: el cierre de las importaciones le ponía fecha de vencimiento a algo que recién empezaba. “Recordé una nota sobre una cooperativa aborigen, me contacté con ellas y empezamos a trabajar juntas. Ellas realizan los diseños, yo los recibo, coordino con artistas y las comercializo en Warmi”, cuenta. Luego, sumó a comunidades Quom.

Un día, recibió un llamado de Anthropologie, la reconocida cadena internacional, que le hizo un pedido de carteras: “Los volúmenes eran tan grandes que sabía que iba a implicar un cambio completo en mi vida, además de la cantidad de barreras que me encontré a la hora de exportar. No iba a poder darle continuidad”.

En paralelo, reforzó la venta local vía Instagram. Para festejar las 10.000 seguidoras, organizó un evento en el jardín de su casa y les dijo a las invitadas que trajeran sus productos para mostrarlos. Generó tanto interés que, en noviembre de 2015, hizo el primer festival Warmichella llamando a 12 marcas, con una convocatoria de 1500 personas. El año pasado fueron dos ediciones, de dos días cada una, con más de 10.000 invitados.

“El camino corporativo me aportó las herramientas más duras y la experiencia para animarme a dar el paso de mi propio emprendimiento. Ahora, este contexto nos obliga a sacar lo mejor en creatividad y buscar mejores opciones de costo. Pasar la crisis es un gran desafío que lleva a reinventarse”, asegura. Hoy, Warmi Store tiene un local en San Isidro, pero el 80 por ciento de las ventas de sus bolsos –entre $ 1500 y $ 3000 cada uno– proviene de las redes.

BeOn - Leonardo Lijtmaer. Un salto hacia lo propio. Antes de emprender, Leonardo Lijtmaer pasó 30 años dentro del mundo corporativo, en empresas como Unilever, Nestlé y P&G. Recién a los 46 se despertó su interés emprendedor y a los 50 dio el salto. Para ello, se aseguró de contar con una red de seguridad: “Me quería ir bien de la empresa, por lo que el proceso de salida llevó un tiempo. Me llevó un año tomar la decisión y luego me senté con mi jefe, que me dijo que en ese momento no me podían ofrecer nada. Dos años después pudimos llegar a un acuerdo”. 

En ese momento trabajaba en P&G, hoy uno de sus principales clientes, y aprovechó su experiencia para pensar su nueva empresa BeOn, una agencia enfocada en ayudar a la industria del consumo en la transformación digital con productos de e-commerce que en 2018 facturó U$S 1 millon. El ingeniero en Sistemas, de 56 años, explica que tomó la decisión de salir del mundo corporate por tres motivos: “Primero, son empresas muy demandantes y, con cierta edad, no quería seguir dedicándole el mismo nivel de energía. Segundo, porque seguir creciendo implicaba viajar e instalarme afuera. Y, por último, pensaba que si ponía mi experiencia en algo propio tenía altas chances de éxito”. 

El primer día fuera de la relación de dependencia fue de una alta sensación de vértigo. En ese momento había planeado tomarse tres meses para descansar, pero admite que no llegó ni al primero y se lanzó a emprender. “El desafío estaba en encontrar algo que combinara mis gustos y que me permitiera tener éxito. Tenía en claro que quería hacer algo grande, dar trabajo y que me trascendiera”, reconoce el fundador de BeOn, que emplea a 15 personas. 

Luego de algunos proyectos cortos en el medio, en 2017 se asoció con Matías D’Attellis, otro exP&G con el que había trabajado, e invirtieron $ 2 millones luego de detectar una oportunidad en el consumo masivo ya que, asegura, todavía está muy demorada en su proceso de transformación digital. Hoy operan en cinco países de la región dando servicios a firmas como Johnson & Johnson. 

Entre los beneficios de emprender a su edad, destaca, el más obvio es la experiencia, en especial a la hora de presentar credenciales frente a un nuevo cliente. Y, luego, la red de contactos. De su pasado corporativo rescata su capacidad para liderar equipos y cómo aplica la gestión de recursos humanos de una gran empresa a un startup: “Es una de las grandes falencias de muchas PyMEs argentinas y, para mí, es una ventaja competitiva”. 

Umara - Mónica Casabene. El camino del aprendizaje. A los 28 años, Mónica Casabene vivía en Mendoza y ya era madre de cuatro hijas. Con experiencia en el área comercial gracias a los negocios familiares, decidió reinventarse. Así, a los 32 años, abrió centros de estética. Hasta que un día, trabajando en Chile, ya a los 49 años, decidió tomarse un descanso a ir a hacerse las manos. Se inspiró. “Volví a la Argentina y decidí armar un emprendimiento que hiciera pies y manos, un concepto que no estaba tan desarrollado en la Argentina”, recuerda. Reclutó a Sebastián, su yerno, y se capacitó en los servicios. “No fue fácil. Ninguna persona que vaya a emprender tiene que hacerlo pensando que un año se va a hacer rica o ya va a vivir de eso. Hay que trabajar, planificar y después cosechar”, advierte la entrepreneur, quien reconoce que por momentos fue como “remar en dulce de leche”. Al segundo año llegó el segundo local, también en Mendoza, y las franquicias: “Por lo cíclico de la economía argentina, hay que estar muy seguros de cada paso que se da”.

Hoy, Umara tiene más de 36 locales entre la Argentina y Chile, con la proyección de abrir entre tres o cuatro más este año. Todos son franquicias, salvo cuatro propios –“más de esa cantidad es muy desgastante y no da tiempo a atender como corresponde a las franquicias”, justifica Casabene. Además, Umara está desarrollando una línea de productos para profesionales y su próximo proyecto es una escuela para formar profesionales de belleza.

La empresa sigue siendo familiar: además de Casabene y su yerno, trabajan sus cuatro hijas. “En el camino de emprender te vas a caer, pero hay que levantarse y seguir. Hoy aprendo mucho de mis hijas y delego, porque en una época creía que si no lo hacía yo, nadie lo iba a hacer. Al principio, un emprendimiento requiere sacrificio personal; pero si después no delegás, no podés crecer”, aconseja Casabene.

Consultora 365 - Matías Chiappero. De jefe a socio. Luego de 15 años de trabajo para empresas como Techint y Bunge, Matías Chiappero –ingeniero mecánico de la Universidad de Rosario– salió, de común acuerdo, del mundo de relación de dependencia y volvió a Casilda, la localidad santafesina que lo vio nacer. Se puso en contacto con Carlos Nowik, un ingeniero eléctrico también exBunge que se había ido con un retiro voluntario y había sido su jefe, y dieron vida a una consultora en gestión energética que da soluciones a PyMEs y comercios de la zona. 

“Arrancamos con cero. Sacábamos dinero del bolsillo para bancarnos la logística”, reconoce Chiappero, de 41 años, que fundó la empresa en febrero de 2018. Acostumbrado a su rol de gerente, pasó del otro lado del mostrador y se convirtió en vendedor. “Pensaba que vender era más fácil, pero no. Tuve que hacer cursos”, admite el emprendedor que ofrece soluciones a medida para empresas como frigoríficos, plantas de reciclado, fábricas de alimentos o estaciones de servicio a las que asesora en lo contractual y en la búsqueda de eficiencia de consumo. “Fue un cambio muy grande, y más para un ingeniero que viene con una estructura incorporada. Al día siguiente de dejar la multi y ver que no tenía 60 mails en la casilla me di cuenta”, rememora Chiappero que, admite, si no hubiese tenido el empujón de la salida tal vez nunca se hubiese animado a comenzar.

Como muchos emprendedores post 40, destaca que su pasado en empresas de gran calibre es hoy una de sus fortalezas. “Estoy muy agradecido por mi trabajo anterior. Antes de presentarme lo primero que hago es hacer referencia a las empresas”, dice y agrega que los contactos que hizo en ese momento hoy dan fruto a la hora de hacer relaciones. Antes de largarse, cuenta, tuvo en cuenta todas las variables y lo que ponía en riesgo. Pero estaba convencido de que no quería dejar de intentarlo. “A los 40 tenés otro tipo de presión. Tomar la decisión a esta edad es más complicado porque hay gente que depende de vos y, si fracasás, el golpe anímico puede ser más grande”, advierte. 

Pueblos Originales - Diego Noriega. Volver a empezar. En 2011 Diego Noriega vendió Alamaula, el marketplace que cofundó, a Ebay. Luego, emprendió lo que él define como “el mayor fracaso de su carrera”, y fundó Segundo Hogar, una plataforma que pretendía ser “el Airbnb de América latina”, con la que perdió U$S 2,5 millones. Pero no perdió la pasión por emprender y hoy, a los 43, comenzó con nuevos proyectos. Está trabajando como intraemprendedor en Bunny, una compañía con base en San Francisco para la que desarrolló su pata de video. Además, es socio, junto con otros 15, de Pueblos Originales, una plataforma en la que miembros de comunidades originarias ofrecen experiencias locales a turistas. Y da soluciones de marketplace para distintos actores. 

“Una característica fundamental del emprendedor es aprender de los procesos”, responde cuando se le consulta cómo es emprender en esta etapa de su vida. Y destaca como una de sus lecciones el aprender a asociarse y no encarar los desafíos solo: “Las empresas que tienen más chance de éxito son las que tienen gran complementariedad entre socios. La edad te da contactos y te permite aplicar esos aprendizajes”.

No se olvida del costado emocional del emprendedor. Noriega asegura que es característica de quien lleva adelante su propia empresa el hecho de ser muy apasionado y que, muchas veces, las emociones son difíciles de controlar. Un día de un emprendedor puede pasar por muchos estados de ánimo: “La edad te ayuda a saber separar la paja del trigo, no dejarse llevar por las emociones y ponerles más foco a los procesos que a los resultados”. Además, le da mucho peso a la red de contención, que va más allá de lo familiar y que involucra a otros miembros del ecosistema. Noriega, que es miembro de organizaciones como Endeavor o ASEA, asegura que otros integrantes de la red fueron los que hicieron que no se sintiera solo en los momentos más desafiantes: “En el ecosistema te celebran cuando te va bien y te contienen cuando te va mal”. 

Para él, que hoy le toca empezar de nuevo, la energía es la misma que hace 20 años. Trabaja de lunes a lunes y con el mismo compromiso. Pero admite que, esta vez, reconoce errores que no quisiera volver a cometer: “El principal fue creer que me las sabía todas. Cuando nos compró Ebay sentía que jugaba en otra liga, pero no entendía que si quería volver a emprender había cuestiones que no podía delegar”.  Con el diario del lunes, anima a quien se largue a que forme equipos diversos, que no emprenda solo y a vencer los prejuicios que dicen que después de los 40 hay menos capacidad de riesgo. Pero su principal enseñanza es que el emprendedor ponga al propósito por encima de todo: “Entendiendo el para qué van a entender el qué”.

(Publicada en la edición número 304 de la Revista Apertura; abril de 2019)

Comentarios0
No hay comentarios. Se el primero en comentar

Recomendado para tí


Seguí leyendo