El Cronista Comercial

La agonía y el éxtasis, pintados de azul y oro

La primera visita a La Bombonera para ver a Boca, una reveladora experiencia religiosa cuando se tienen 11 años

La agonía y el éxtasis, pintados de azul y oro

Siete de mayo de 1989, mi primera peregrinación al templo. Tarde gris, fría. Frente a la Glorieta de Quique, el Gordo Barbosa, un dirigente amigo de mi viejo, nos dio las entradas. Alcé la vista. Ahí estaba La Bombonera. Magnifica, cautivante. Amor a primera vista.

Nací en 1978. Glorioso ‘78. El Boca de Lorenzo bicampeón de América y el Chapa Suñé mostrándole al mundo la Intercontinental. Me recuerdo a los 3, vistiendo la camiseta con el 10 de Diego, símbolo de esa locura que fue el Metro del ‘81.

Lo que vino después fue bravo. En el colegio -uno de los más tradicionales de Palermo-, éramos cinco bosteros en una división de 30. Había que bancar la parada. Sobre todo, contra una mayoría que ostentaba plumas. En los recreos, nos repartíamos para jugar el clásico. Teníamos que reclutar cuervos y diablos para completar nuestro lado.

Ellos, en esa época, tenían al equipo más ganador de su historia. Campeones del mundo, por primera vez (aún hoy, la única). Nosotros no habíamos descendido de milagro (D10s es xeneize) y, con suerte, terminábamos en la primera mitad de la tabla. Hubo que ponerle el pecho a afrentas varias: la pelota naranja; la (media) vuelta olímpica en La Boca. El cantito lacerante, con alusiones a festejos en países limítrofes, Maradona y la Junta Militar.

Después de años de Dykstras, Irazoquis y Tutas Torres, ese campeonato, teníamos con qué ilusionarnos. Veníamos palo y palo con Independiente. Aunque el Bocha frotó la lámpara un par de fechas antes, matemáticamente, todavía, se podía.

Durante años, La Bombonera, había sido un paisaje de ensueño. La contemplaba desde lejos, cuando íbamos a la Costa. Ahora, la recorría por dentro. El hall central, con los bronces y el inmenso mural de Quinquela. La majestuosa doble escalinata de mármol. La subimos, peldaño a peldaño, latido a latido. Avanzamos hacia una luz, el umbral hacia otra dimensión: el Mundo Boca. Uno único, de cantos, gritos, alegría. Magia y pasión.

“Boca, mi buen amigo...”. El cemento vibra. La Bombonera late. Ruge. Estalla. Brama su canto de guerra. “¡Y dale, y dale, y dale, Boca, dale!”. Yo, perplejo. Fascinado. Marangoni, Tapia, Comas, Graciani... Eran Superman, Batman, Linterna Verde y Flash: Héroes salidos del papel, en este caso, las páginas de El Gráfico, esa biblia que devoraba con religiosa devoción. Existían. Estaban a metros, enfundados en la enseña vencedora.

Ferro, el rival. Partido chato. La intrascendencia provocaba impaciencia. La frustración -otra más- empezaba a tomar forma. El símbolo de esa impotencia: el elegante Claudio Marangoni, con los dientes apretados y revoleando zapatazos hacia los costados. Uno, con tanta violencia que rebotó hasta el segundo piso, después después de haber rebotado contra el canto de los viejos palcos.

Estábamos en la platea baja, cerca del arco del Riachuelo. De repente, alguien se paró y empezó a revolear el brazo. “Vamos, vamos, xeneizes; vamos, vamos xeneizes...”, empezó a cantar. Efecto contagio. “Aunque ganes o pierdas, no me importa una m...”. En segundos, todo ese sector de plateas coreaba a los saltos. Enseguida, el resto. Al minuto, todo el estadio. “Sigo siendo bostero porque a Boca lo quiero... ¡Porque a Boca lo quieeerooo...!”.

Minuto 89. Jorge Alberto Comas picó al vacío por derecha. Comitas, ese wing escurridizo, electrizante y goleador, al que (sin éxito) intentaba imitar en el patio, la plaza o el campo de deportes. Quebró hacia adentro y sacó el centro de zurda. Yo estaba a esa altura. La memoria me devuelve la secuencia cuadro a cuadro. En el otro palo, Diego Latorre la mató con el pecho y clavó el derechazo.

¡¡¡GOOOOOOL!!!

Euforia. Locura. Delirio. Desahogo. La agonía y el éxtasis. La Bombonera se convirtió en un cuadro de Miguel Ángel, pintado de azul y oro.

Mi epifanía. Como la del creyente cuya fe se confirma con una revelación divina. El Jugador Número 12 existe; obra milagros. Es garra, pasión. No dar nada por perdido. A la noche siguiente, ansié como nunca el rito de ir con Papá a comprar El Gráfico frente a Varela-Varelita. “Boca pelea hasta el final”, el título de tapa. A lo Boca. Así en el fútbol como en la vida. Amén.

Comentarios0
No hay comentarios. Se el primero en comentar

Recomendado para tí


Seguí leyendo