El Cronista Comercial

Quería volver a ser Macri; pero, sobre todo, Franco

'Julio 0km' ofrece más descuentos y suma nuevos modelos

Terminaba febrero de 2005. La convocatoria había sido a la sede de Socma, en el piso 27 de Catalinas Norte. Los periodistas -entre ellos, quien esto escribe- llevaban ya algunos minutos en la sala de directorio cuando la presencia esperada se hizo presente. El Rey Sol iluminó el ambiente. La leyenda entró rápido, con la deferencia de saludar uno por uno pero sin tomarse más tiempo del necesario que demorara su paso hacia la cabecera de la mesa. Su lugar. A medida que avanzaba, un séquito de colaboradores y asesores se multiplicaba.

Vestía traje gris, camisa blanca y una corbata de seda, también perlada, con vivos rojos. La leonina y ensortijada cabellera cobriza, abundante, cepillada hacia atrás. Los ojos celestes, cuya aguileña mirada no dejaba detalle por escrutar. Un Franco Macri auténtico, de pura estampa. “Esa declaración se interpretó de una forma demasiado estricta. Dije que, si no tenía nada que hacer, me retiraba. Pero, antes, prefiero hacer cosas”, se justificó, contradiciendo lo que él mismo había declarado poco tiempo antes. Tenía 74 años, a un par de meses de cumplir los 75. La edad a la que muchos llevan una década de descanso; él no ahorraba esfuerzos para mantenerse -y mostrarse- activo.

Había pasado poco más de un año desde que, de un trazo de birome, Néstor Kirchner le arrebatara el Correo Argentino. Macri buscaba revancha. La ansiaba. La necesitaba. Por su propia historia. Por su futuro. Con su hijo mayor, el heredero que no fue, definitivamente lanzado a la política, él ya había empezado a dejar de ser Macri. Pero quería seguir siendo Franco.

Hablaba en ese cocoliche tan propio, a esa altura –casi 60 años de su llegada al país–, una marca registrada del personaje que supo construir. Gesticulaba, enfatizaba conceptos, aclaraba, precisaba, corregía… se contradecía.

“Yo no dije eso”, rechazó, tajante, una pregunta.

“Sí, Franco, lo acabaste de decir”, le respondió, con sonrisa tan cortés como nerviosa, su entonces asesora de relaciones públicas.

Presentaba, esa mañana de viernes, su proyecto Yuto, emprendimiento agrícola en el norte de Salta que, con tecnología y capitales israelíes, demandaría una inversión de US$ 363 millones. “¿Por qué aposté al campo? Porque no es fácil encontrar sectores con oportunidades para proyectos ambiciosos”, justificaba. Contaba, planeaba, ambicionaba con la llegada de Galileo, su negocio de GNC, a Ucrania. También, con la exportación de Pago Fácil, empresa cuya venta -se supo poco después- negociaba con Western Union. Célebre jugador de bridge, eran tiempos de cantar falsos. Como su intención de comprarle a Fiat la planta de Ferreyra, Córdoba, inactiva desde la crisis de 2002, para plasmar su sueño de fabricar un auto económico. La oferta se discutió más en los medios que en una mesa de negociación. “Salió US$ 600 millones. Descontando la amortización, se la dejo en US$ 400 millones”, replicó públicamente un sonriente Cristiano Rattazzi, agitando su mano derecha, en gesto de “más o menos”.

“Pretendo volver a la industria automotriz, de la que estoy enamorado. Pero es muy difícil”, se lamentaba Franco. Si de algo dio testimonio en su vida, es que de conquistas amorosas sabía, y mucho. La industria automotriz había sido su gran amor. Sevel, fabricante de Fiat y Peugeot, fue un antes y un después en su vida. “Ser dueño de una automotriz me transformó, automáticamente, en una figura pública”, reconoció. También, lo convirtió de meritorio empresario de la construcción a capitán de la industria. Lo consagró como uno de los dueños de la Argentina, ese país generoso que lo recibió a los 18 y en el que él empezó a edificar su destino entre baldes y fratachos.

Fabricante de uno de cada dos autos que se vendían en la Argentina desde mediados de los ’80, supo que le sería muy difícil competir con Dunas, Regattas, 147s y 504s contra las grandes automotrices globales que, envalentonadas por la estabilidad cambiaria y la apertura económica, se decidieron a tener presencia directa en el país. Fracasó en la venta a Fiat; terminó cediéndole Sevel a Peugeot, casi, a precio de remate.

El divorcio fue traumático. Pero el romance siguió intacto. Veinte meses después de aquella presentación en Catalinas, en una agradable noche de noviembre, bajo la luz de los flashes en el jardín de Clo-Cló, posaba junto a la Chery Tiggo, la cuadriga china para el retorno triunfal del emperador. Se lo veía sonriente, pleno, orgulloso. Pese a que el fuego sagrado nunca se había apagado, Macri volvía a sentirse Macri. Pero, sobre todo, volvía a ser Franco

(Publicada en la edición número 303 de la revista Apertura; marzo de 2019)

Comentarios0
No hay comentarios. Se el primero en comentar

Recomendado para tí


Seguí leyendo