El Cronista Comercial

Amadeo Carrizo, un pionero, también, en los negocios

Leyenda del fútbol local, arquero anticipado a su tiempo, el ídolo de River dejó huella en el 'marketing' deportivo

Amadeo Carrizo, un pionero, también, en los negocios

Bajo los tres palos –o, mejor dicho, fuera de ellos– fue un adelantado. Creador de un estilo que, luego, siguió Néstor Errea y llevó, a su loca y divina perfección, Hugo Orlando Gatti, el discípulo que superó al maestro.

Amadeo Raúl Carrizo. “Amadeo”, a secas. El coloso de Rufino. El primer arquero en animarse extender sus dominios a toda el área, mucho más allá de la línea final. El primero en usar sus pies, en entender que el guardameta era un jugador más, tan importante como un wing, un back, un centro-forward o un centrojás. Mito, leyenda, que, desde su hercúlea contextura, desmitificó que el arco fuera el puesto para el gordito. Aunque, sí, se hizo dueño de la pelota. Como pocos.

“Pasó un cuarto de siglo atrapando pelotas con un imán en las manos y provocando pánico en el campo rival”, escribió de él Eduardo Galeano. “Fue el primer arquero que tuvo la audacia de salir de su área para empujar el ataque, a puro riesgo, creando peligro y hasta gambeteando rivales en más de una ocasión. Antes de Carrizo, ésa había sido una locura prohibida”, reseñó el uruguayo, en su memorable "Fútbol a sol y sombra" (1995).

“Era de un físico grandote y, tal vez, pesado, y casi nunca quedaba desubicado o fuera de distancia. Tenía, por otra parte, unos brazos larguísimos, que alcanzaban hasta los rincones más inaccesibles del arco”, lo recordó otro exquisito narrador, Roberto Fontanarrosa.

Había marcado el área como territorio propio y, por allí, se movía sin temores, abandonando la línea de gol, lejos de los palos en ocasiones, cuando aún los arqueros sufrían síntomas de mareo apenas se alejaban de la protección del travesaño”, agregó, en su "No te vayas, campeón" (2000).

Alto, enorme, elegante, modelado, salía por la boca del túnel con esa tricota amarilla de cuello alto, junto con los demás jugadores, y parecía hecho en otra escala”, lo describió El Negro. “Había en Amadeo una calma desmayada y algo mansa, de galán romántico más que de héroe de película de aventuras”, se animó a relativizar uno de los primeros apodos del crack, "Tarzán". Curiosamente, aquel con el que se identificaría a uno de sus antagonistas más sólidos, Antonio Roma, infranqueable guardián del arco de Boca en los años '60.

Gigante, Amadeo defendió el arco de River 23 años, entre 1945 y 1968. Ganó ocho títulos. El segundo, el de 1947, con la inolvidable Máquina, de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lousteau.

Héroe, prócer, de muchas, también fue villano de otras. Uno de los chivos expiatorios del Desastre de Suecia, la goleada de media docena con la que los ignotos pero atléticos checoslovacos despacharon a la Selección Argentina del Mundial de 1958.

También, en la final de la Libertadores de 1966, primera gran frustración riverplatense en el plano internacional. La historia es conocida: ganaba River por dos goles; perdió 4 a 2. Uno, después de que Amadeo perdiera un balón por pisarla fuera del área. Peñarol retornó de Chile con su tercera copa; su rival, con un apodo ("Gallinas") que mantiene vigencia -y hiere- hasta hoy.

El dato es que, en diciembre de 1954, cuando terminó el amistoso que Italia le ganó 2 a 0 a la Argentina, Amadeo le preguntó al arquero rival, Giovanni Viola, si los guantes que usaba le servían. Eran tiempos de guapos en estas tierras, en los que la plomiza pelota de tiento se paraba a mano pelada, al costo que eso significara. El italiano le regaló un par. Carrizo los estrenó a los pocos días en el campeonato local, dándole pasto al cantito de “Eso no es un arquero…” que entonaba la otra parcialidad.

La leyenda: Amadeo no sólo los habría usado. También, habría sido el primero en importarlos –y, luego, desarrollarlos–, en la incipiente penetración de ese novedoso producto en el mercado local.

Mil novecientos sesenta y ocho fue un año clave de su vida. Mantuvo su valla invicta 769 minutos. Le rompió el invicto un pibe de Vélez, medio lampiño, que, a los 18 años, ya empezaba a perfilarse como el astuto y letal francotirador del área en el que se convirtió. Un tal Carlos Bianchi, que -como muchos chicos de su edad- idolatraba al Gran Amadeo.

Eran años en los que River ya había cruzado la mitad de un desierto que resultó ser una sequía de 18 años sin festejos. Contra un Boca que, en los ’60, dio cinco vueltas olímpicas, una en el mismísimo Monumental. El récord fue la última alegría de Carrizo el fútbol profesional. Poco después, River, su grato nombre, aquel club del que, años después, fue presidente honorario, lo dejó en libertad. Tenía 42 años.

La facha, la estampa, lo habilitó a modelar. No en vano, ya había debutado en el celuloide, con un bolo -cameo, dirían hoy- en una película de la época de oro del cine nacional. Su amistad con Eduardo Backchellian, fundador de Gatic, le abrió las puertas del marketing deportivo. Licenciatario de Adidas, Backchellian armó, en los años siguientes, un dream team en su departamento de Relaciones Públicas y Promoción. Brillaba el ex árbitro Ángel Coerezza. Para conseguir contratos en fútbol, además, Gatic fichó a Carrizo y a otro galán de la número cinco, Silvio Marzolini, símbolo boquense, "El mejor tres del mundo", en el imaginario popular. Carrizo, además, fue el entrenador de Deportivo Armenio en 1972, equipo del ascenso cuyos jugadores ingresaron al pay-roll de Gatic.

La relación de Carrizo y Gatic se afianzó con el correr de los años. Y fue mucho más allá de las RR.PP. o los atractivos sponsorships que la carta de presentación de Amadeo pudiera propiciar. También, fue dueño de tiendas, casas de deportes, que él mismo se encargó de gestionar. Tras la quiebra de Gatic, en 2004, siguió vinculado al retail deportivo. Héctor Querido, a quien dirigió en Armenio y con quien, luego, trabajó en Gatic, lo acercó a Fulvence, marca emblemática de botines que el empresario Francisco Pugliese, dueño de los filtros de agua PSA, relanzó en esos días. Amadeo, también, estuvo involucrado con Rivermanía, las tiendas oficiales del club de Núñez.

Amadeo Raúl Carrizo fue un pionero. En la cancha y en los negocios. Falleció este 20 de marzo. Tenía 93 años. 

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