Financial Times

Por qué es inevitable que surjan nuevas crisis financieras

Por MARTIN WOLF
Con el paso del tiempo, las regulaciones se degradan y el riesgo aumenta
Por qué es inevitable que surjan nuevas crisis financieras
MARTIN WOLF
25/03/2019 | 00:00

Este mes nos enteramos de que la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos había decidido no aumentar el colchón de capital anticíclico requerido a los bancos por encima de su nivel actual de cero, a pesar de que la economía norteamericana se encuentra en un pico cíclico. También eliminó las calificaciones ‘cualitativas‘ de sus pruebas de estrés para los bancos estadounidenses, aunque no para los extranjeros. Finalmente, el Consejo de Supervisión de Estabilidad Financiera (FSOC, por sus siglas en inglés), liderado por Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro de EE.UU., eliminó a la última aseguradora de su lista de instituciones ‘demasiado grandes para quebrar‘.

Puede que estas decisiones no perjudiquen la estabilidad del sistema financiero. Pero muestran que la regulación financiera es procíclica: se afloja cuando se debe endurecer y se endurece cuando se debe aflojar. De hecho, sí aprendemos de la historia pero luego olvidamos la lección.

Las regulaciones de los bancos se han endurecido desde las crisis financieras de 2007-12. Los requisitos de capital y de liquidez son más estrictos; el régimen de ‘prueba de estrés‘ es bastante exigente; y se hicieron esfuerzos para poner fin al escenario de ‘demasiado grande para quebrar‘ desarrollando la idea de una "resolución" ordenada de las instituciones financieras grandes y complejas. Daniel Tarullo, el gobernador de la Fed a cargo de la regulación financiera hasta principios de 2017, recientemente señaló que "el coeficiente del capital ordinario agregado y ponderado por riesgo de los bancos estadounidenses más grandes aumentó de aproximadamente el 7% en los años anteriores a la crisis financiera a cerca del 13% a partir de finales de 2017‘.

Sin embargo, la despreocupación no tiene justificativo. Los bancos siguen siendo instituciones altamente apalancadas. La gente espera que estén a salvo. Pero, con un coeficiente promedio de activos sobre capital básico de alrededor de 17 a 1, su capacidad de resistir pérdidas sigue siendo limitada. El argumento a favor de esto es que estas instituciones promueven el crecimiento. Como insiste Anat Admati, de Stanford, éste es un argumento dudoso pero que, políticamente, funciona.

Además, como lo ha mostrado en un reciente artículo Jihad Dagher, del Fondo Monetario Internacional (FMI), la historia demuestra la prociclicidad de las regulaciones. Una y otra vez, se relaja las regulaciones durante un auge: de hecho, la desregulación a menudo impulsa ese auge. Luego, cuando han ocurrido los daños y aparece la desilusión, se las vuelve a endurecer. Este ciclo se puede ver en la burbuja de los mares del sur del Reino Unido a principios del siglo XVIII y, tres siglos más tarde, en el período previo –y en la secuela posterior– a las recientes crisis financieras. Es posible observar un sinnúmero de ejemplos entre las dos.

Podemos reconocer cuatro razones por las que esto suele ocurrir: económica, ideológica, política y meramente humana.

La gran razón económica es que, con el paso del tiempo, el sistema financiero evoluciona. Existe una tendencia a que el riesgo migre de las partes mejor reguladas del sistema hacia las peor reguladas. Incluso si los reguladores tienen el poder y la voluntad de mantenerse al día, la innovación financiera que a menudo acompaña esta evolución dificulta hacerlo. El sistema financiero global es complejo y adaptable. También está dirigido por personas altamente motivadas. Es difícil para los reguladores ponerse al día con la evolución de lo que actualmente llamamos "banca en la sombra".

La razón ideológica es la tendencia a ver este complejo sistema a través de un "cristal" simplista. Cuanto más potente sea la ideología de los libres mercados, más tenderá a erosionarse la autoridad y el poder de los reguladores. Naturalmente, la confianza pública en esta ideología tiende a ser sólida en los auges y débil en las caídas.

La política también es importante. Una razón es que el sistema financiero controla vastos recursos y puede ejercer una enorme influencia. En el ciclo electoral estadounidense de 2018, según el The Center for Responsive Politics (CRP), las finanzas, los seguros y los bienes raíces (tres sectores entrelazados) fueron los que más aportaron; cubrieron una séptima parte del costo total. Éste es un magnífico ejemplo de La lógica de la acción colectiva de Mancur Olson: los intereses concentrados prevalecen sobre los generales. Esto es mucho menos cierto en tiempos de crisis, cuando la gente está enfurecida y quiere castigar a los banqueros. Pero es verdad, de nuevo, durante las épocas "normales".

También surge la corrupción relativa, o incluso flagrante: los políticos pueden incluso exigir una parte de la riqueza creada durante los auges. Dado que los políticos al final controlan a los reguladores, las consecuencias para estos últimos, incluso si son honestos y diligentes, son evidentes. Si fuera necesario, se los puede remover. JK Galbraith inventó el concepto del bezzle: la riqueza que la gente cree que tiene antes de que se les revele el robo. Las burbujas crean enormes bezzles legales. Todo el mundo odia a los funcionarios que tratan de impedir que obtengan una parte de estos ‘botines’.

Un aspecto significativo de la política está estrechamente vinculado al arbitraje regulatorio: la competencia internacional. Una jurisdicción trata de atraer negocios financieros a través de una regulación "ligera"; después otras lo siguen. Con frecuencia ocurre eso porque sus propios financistas y centros financieros se quejan terriblemente. Es difícil resistirse al argumento de que los extranjeros hacen trampa.

Luego tenemos la tendencia humana a descartar los acontecimientos del pasado lejano por considerarlos irrelevantes; a creer que "esta vez será diferente"; y a ignorar lo que es evidente. Mucho de ésto puede resumirse como una "miopía ante el desastre". La gente les otorga a los reguladores irresponsables el beneficio de la duda y disfruta del auge. Con el tiempo, la regulación se degrada, porque las fuerzas en su contra se fortalecen y las que están a su favor se corroen. Cuanto más grande sea el desastre, más probable es que perduren las regulaciones más estrictas. Pero se irán al final. El hecho mismo de que la respuesta en materia de políticas ante la última crisis haya evitado otra depresión aumenta las posibilidades de una repetición más temprana. El hecho de que el sector privado se mantenga altamente endeudado hace que este resultado sea todavía más probable.

La llegada de la administración de Donald Trump debería considerarse parte de este ciclo. Es posible que partes de las regulaciones y de la estricta supervisión que no le gustan al gobierno sean innecesarias o incluso perjudiciales. Pero el efecto acumulativo de sus esfuerzos es bastante claro: las regulaciones se erosionarán, y esa erosión se exportará. Esto ha sucedido antes y volverá a suceder. Esta vez, tampoco es diferente.