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¿Se podrá cuidar la competitividad salarial lograda?

Por GABRIEL RUBINSTEIN

Economista. Director de GRA Consultora.

¿Se podrá cuidar la competitividad salarial lograda?
GABRIEL RUBINSTEIN
21/02/2019 | 22:06

Cuando muchos criticaron y critican a la convertibilidad de los ´90, suelen decir que el 1 a 1 era "una ficción". Es decir, que el peso estaba muy caro, o más fácilmente, que el "dólar estaba barato". Aunque no es un espejo perfecto, esto implica haber dicho que "el salario estaba muy alto". Sea que midamos el salario real (deflactado por el índice de precios al consumidor), o el salario en moneda extranjera (deflactado esencialmente por dólar, euro y real).

En el gráfico se visualiza lo exigente que era el salario en moneda extranjera de la convertibilidad, que para colmo recibió un "mazazo" con la devaluación del real a comienzos de 1999. Luego de la recesión de 2001, el default y las mega devaluaciones de comienzos de 2002, el salario se pulverizó.

Cuando la economía empezó a estabilizarse, el salario pudo empezar a crecer. Hacia mediados de 2010, lo prudente hubiera sido "frenar" el proceso de suba, dejando subir el dólar y acotando mucho las subas salariales. Pero el gobierno de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner hizo todo lo contrario.

Y creó un desequilibrio fenomenal, que todavía estamos sufriendo. Se hizo notar como el gobierno más "anti-convertibilidad", promovió un salario en moneda extranjera que llegó a ser, en noviembre de 2015, más de un 40% más alto que el promedio de los ‘90. Resultó notable tanta mala-praxis macroeconómica. Pero así fue.

El gobierno de Cambiemos, que encabeza el presidente Mauricio Macri pudo, por su parte, enfrentar el proceso. Logró una baja del salario en moneda extranjera, pero a niveles similares a los de la convertibilidad. El ajuste no alcanzó. Sobrevino la crisis económica de 2018.

Ahora enfrentamos una nueva oportunidad para hacer las cosas diferentes. Esto es, evitar que la suba del salario en moneda extranjera vuelva a ponernos en situación de alta vulnerabilidad.

En la práctica significa ir logrando que el salario apenas le gane a la inflación futura (sin recuperar lo perdido en 2018), y que la inflación apenas le gane al dólar (mejor, a una canasta de monedas), con cierta flexibilidad (flotación administrada), para hacer frente a shocks externos o políticos internos.

Lograr esto requiere mucho trabajo político. Los asalariados "deberían" aceptar que los valores alcanzados en las presidencias de Carlos Menem y Cristina Fernández de Kirchner no eran una ficción (existieron), pero no eran "sustentables". Y por ende, una economía que se aleje de las zonas de alta vulnerabilidad (y muy probable crisis recurrentes) sólo sería compatible con aumentos salariales muy moderados de ahora en más. Y que se tardaría mucho tiempo en volver a esos valores "ideales".

Y la dirigencia del país (políticos, empresarios, sindicalistas, por citar solamente algunos ejemplos), asumir la pesada tarea de liderar una sociedad, con la dosis de entusiasmo que siempre se requiere para crecer, con la restricción que significa no poder aumentar los niveles de vida (promedio) de los asalariados "rápidamente", sino sólo "lentamente".

En otras palabras, si bien no estamos ante una guerra cruel por delante como estaba afrontando el líder político británico Winston Churchill en mayo de 1940, y por ende podríamos ahorrarnos la "sangre y las lágrimas", pero no podremos ahorrarnos el "sudor".

Este gobierno, pero sobre todo el próximo, tendrá una gran exigencia, y a la vez una gran oportunidad, para que "esta vez sea diferente".