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La oportunidad histórica de construir un proyecto sin estimular las diferencias

Por  HERNÁN DE GOÑI

La oportunidad histórica de construir un proyecto sin estimular las diferencias

09/12/2019 | 23:35

El día llegó. El civilizado recambio presidencial que protagonizarán hoy Mauricio Macri y Alberto Fernández se transformará en un hecho histórico. No solo porque representará la primera vez desde el retorno de la democracia en la que un presidente no peronista finaliza su mandato sin ser expulsado por una hiperinflación o un estallido social, sino porque incorpora la posibilidad cierta de dejar atrás la grieta. Como suele suceder, esa decisión la tendrá que tomar quien esté en el poder, y mucho tendrá que ver con lo que suceda con la economía en los meses venideros.

Mauricio Macri tuvo, en el arranque de su gestión, el mismo dilema. Transparentar la herencia le hubiera servido para adoptar algunas decisiones más audaces. Pero esta hipótesis trabaja con un supuesto que nadie pudo corroborar: asumir que la sociedad hubiera estado más dispuesta a justificar medidas duras si entendía que eran para evitar una crisis mayor.

Macri entendió que contar toda la herencia también podía tener un efecto no deseado: magnificar los problemas podría atemorizar a la gente más de la cuenta, creando el impacto contrario a lo buscado. El antecedente para este caso era el traspaso entre Carlos Menem y Fernando de la Rúa. José Luis Machinea consideró que hacía falta un shock de recursos para cubrir la caja y lanzó una reforma impositiva que retrajo el consumo y potenció el ciclo descendente de la economía. La retracción no la causó solo el impuestazo: se había iniciado meses antes con la abrupta devaluación del real, factor que desangró a la convertibilidad hasta dejarla sin chances de sobrevivir en 2001.

En conclusión, Macri optó por no recargar las tintas (para ese entonces alcanzaba con la acción de la Justicia sobre los ex funcionarios de Cristina) y la grieta solo se transformó en un argumento electoral cuando la economía no repuntaba y las elecciones estaban a la vista.

Alberto Fernández ya le echó culpas a Macri en la campaña. Ahora tiene la oportunidad de instalar una agenda de tono más positivo, apalancada en su disposición a un diálogo político más amplio e inclusivo. El presidente saliente promete ser constructivo, casi como Sergio Massa en 2016, cuando lo acompañó a Davos y votó leyes acordadas con su bancada.

De lo que se trata ahora es de definir si la construcción del proyecto de país que, por decisión de la sociedad conducirá el peronismo, va a seguir atada a la dicotomías históricas de la Argentina o no. Recurrir a la grieta es fácil. Macri la usó, y Fernández la criticó pero también la estimuló. Tanto el gobierno entrante como el saliente deben entender que hay mezquindades que deben quedar atrás para que algo nuevo salga a luz. La posibilidad está abierta. Alberto intentará que el primer motor de su gestión sea la economía. Es de esperar que si no funciona, no decida encender la herencia.