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¿Argentina es una economía cerrada? Manual para el buen uso del termómetro

¿Argentina es una economía cerrada? Manual para el buen uso del termómetro
HERNÁN NEYRA
11/09/2018 | 08:17

Entre la cantidad de cosas que hay que leer y escuchar a diario, insistentemente se explica que la economía argentina es de las más cerradas del planeta. Entre quienes sostienen esta fantasía negadora de la realidad está el propio presidente Mauricio Macri, que sostiene que la economía argentina debe abrirse para tener más competencia (no para ser más competitiva).

Esta fantasía se transforma en lugar común repetida al infinito en televisión. Lo curioso es que con solo ir a un supermercado uno encuentra que importamos hasta yogures. Es difícil pensar que un país que importa hasta productos frescos que él mismo produce y hasta exportó, sea hoy un país cerrado.

Esta idea peculiar de presentar a la Argentina como una economía cerrada se basa en la forma de calcular el índice de apertura. Como el índice se calcula como la suma de las exportaciones e importaciones (unos u$s 100.000 millones) sobre el PBI medido en dólares (unos u$s 500.000.- millones), nuestro coeficiente de apertura es de alrededor del 20%.

En el gráfico se ve claramente que, mientras el dólar bajaba fuertemente y se multiplicaban los viajes al exterior y crecían las importaciones de bienes que supimos producir, el índice de apertura comercial bajaba y bajaba. Y desde 2011 la caída del dólar y la apertura es constante.

Si con un dólar más barato hay mayores importaciones, no se entiende cómo el índice es menor. Así, el problema es solamente aritmético. Con dólar más barato, el PBI en dólares crece artificialmente por un problema de tipo de cambio .

De golpe, una economía abierta

En los últimos días de agosto, el peso se devaluó muy fuertemente, perdiendo en el acumulado del año, un 50% de su valor. El dólar pasó de $ 18,65 el 2 de enero a $ 37,4 al 31 de agosto.

Si bien es de suponer que con estos nuevos valores bajarán las importaciones y subirán las exportaciones, el efecto más fuerte se verá en la valuación del PBI, que ya no equivaldría a unos u$s 500.000 millones sino a unos u$s 250.000 millones. Si esto es así, la proporción de los $100.000 millones de comercio exterior pasan a duplicarse porque se estiman sobre un PBI que es la mitad que antes. Y así pasamos de un coeficiente de apertura del 19,7% de 2017 a un 39,8%.

Para saber si esto es mucho o poco, veamos algunas comparaciones, las mismas que hace el Banco Mundial:

Proceso histórico

En esta tabla se muestra el promedio de apertura en 1960 (primera columna) y en 2017 (segunda columna). Como puede apreciarse, la apertura mundial es mucho mayor en nuestro tiempo que antaño. La mayoría de los países de ingresos medianos estábamos embarcados en procesos de sustitución de importaciones, lo que hacía que protegiéramos nuestras producciones nacionales a partir de cerrar nuestros mercados. Los niveles de importación y de exportación eran más bien modestos.

La economía argentina, adicionalmente, era bastante susceptible a los shocks externos con frecuentes crisis de balanza de pagos fruto de que faltaban dólares para avanzar en la sustitución más compleja.

Y en el presente, cualquier adulto de mediana edad que recuerde cómo era un supermercado antes de 1981 y la “plata dulce” puede comprobar desde su experiencia personal que nuestra economía hoy necesariamente debe ser más abierta que entonces.

Allá por los 70, la absoluta mayoría de los automóviles eran de producción nacional y, además, el componente de integración de autopartes era del 75% o más. Hoy, el sector automotriz es un 60% importado con una integración de autopartes nacional del 25 o 30%.

Si importamos combustibles, alimentos, automóviles, celulares, todo componente informático, de telecomunicaciones y comunicaciones… no hay forma de que la nuestra sea una economía cerrada. O por lo menos, no más cerrada que cualquiera de nuestras economías vecinas o comparables.

Manual de uso del termómetro

Quizás el problema no esté en el termómetro, sino en no saber usarlo. Cualquiera pensaría que no hace falta tener un manual de uso. Y en economía pasa lo mismo: todos creen saber usar los instrumentos. La fuente es confiable e indudable: el Banco Mundial. Y nos muestra comparaciones con los “exitosos” como Chile, y vemos que estamos peor.

Conclusión lógica del mal uso del termómetro: hay fiebre. Y muy alta. Hace falta terapia de shock: agua fría y hielo hasta… hasta la hipotermia. Porque el problema es el diagnóstico errado.

El índice que publica el Banco Mundial considera exportaciones e importaciones en dólares corrientes (a precios internacionales, la mayoría de los productos), declarados y facturados. Son precios “reales”: se pueden verificar. Se suman todos esos valores y se los toma como proporción de todo lo que han producido los argentinos (o cualquiera sea) con la medición del PBI en dólares.

Y ahí está la mala praxis del termómetro: quien toma la temperatura la está tomando en el codo, no en la oreja.

Ricos en dólares (subvaluados)

El PBI en dólares está valuado a un dólar de… $ 20. Con esos valores absurdos, insostenibles y suicidas de dólares subvaluado, el PBI argentino daba u$s 500.000 millones anuales o más. Así éramos ricos en dólares: producíamos siempre lo mismo (desde 2011 el PBI no crece y somos más para repartir) pero a un dólar cada vez más barato. El resultado: la magia de ser ricos sin trabajar más.

Sorprende que a nadie le llame la atención el ver un gráfico que muestra que mientras más barato es el dólar, más se “cierra” la economía. Para cualquiera persona más o menos informada, esto debería contradecir su vivencia. Debería notar que cambiamos los celulares más seguido, que importamos cada vez más y que salimos al exterior más frecuentemente.

La comodidad de consumir la información pre digerida da estos resultados: la divulgación de verdades falsas. Suena raro que las fake news se publique en diarios serios. Pero pasa. Esperemos que sólo sea por comodidad intelectual.