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Vinos con sello propio

Más allá del estilo o del terruño, algunos vinos logran una identidad adicional producto del trabajo minucioso y constante que hacen sus enólogos, en estos casos, devenidos en sus creadores.

Vinos con sello propio

Elaborar un vino, se sabe, incluye una interminable maraña de variables, muchas de ellas microscópicas, que conspiran para dar un resultado final. Desde el clon de cepa hasta el tostado de las barricas donde se crían, inciden en aromas y sabores de un ejemplar. Así y todo, cuando se trata de la identidad de un blanco o tinto, hay dos elementos que son medulares. El primero es la zona donde nacen sus uvas: un clima determinado, con una topografía, con un tipo de amplitud térmica, darán un tipo de frutos, y en consecuencia un vino particular. Y en segundo término, tan importante como el primero, está la mano del hombre que busca deliberadamente elaborar un estilo de vino determinado.

Sobre este segundo punto trata este artículo: cada vino tiene una inmensa cantidad de artífices, que van desde el podador hasta la persona que hace los trabajos en bodega, o elige criarlo en barricas americanas o francesas. Así es el vino: una concatenación de procesos parciales trabajados por un basto número de humanidades que, con más o menos sentimiento, las ejecutan.

Ahora, qué sucede cuando en gran parte de esos momentos hay una figura responsable detrás. ¿Qué pasa si en la mayoría de las instancias decisivas del proceso productivo de un vino es una sola la persona que define cómo se poda, cuánta uva va a dejar madurar en cada planta, en qué punto de madurez se cosecha, cómo se trabaja el mosto, qué levaduras se usan, a qué barrica va y por cuánto tiempo? Cuando una persona está detrás de su vino y pasa años cuidándolo con su propia mano, termina imprimiéndole su propia impronta. Esto es lo que comunmente se llama, un vino de autor; un blanco o tinto que lleva la identidad de su hacedor. Los conceptos de impronta, intensión y argumento son capaces de definir bastante bien lo que un vino de autor debería ser. Aquí algunos grandes ejemplares.

- Confiado Malbec. Gewürztraminer 2016: la última creación de la enóloga Paula Borgo en la Bodega Séptima; una cofermentación de Malbec con orujos de uva blanca Gewürztraminer. El resultado en un tinto de aromas expresivos florales y frutados, y ciertas notas mentoladas y de anís. En boca es vibrante y fresco, de cuerpo medio, taninos suaves y acidez media. Equilibrado, compacto y de final persistente.

- Bressia Piel Negra Pinot Noir 2014: el enólogo Walter Bressia es el creador de este Pinot de Tupungato, uno de los mejores de Mendoza. Aromas sensuales a fruta roja, tabaco y canela que se expresan limpios, y un paladar contundente, con fuerza pero al mismo tiempo sutil. Llena la boca con fruta y una crianza en madera que complementa y suma complejidad.

- Malbec Stone Soil Select 2014: Alejandro Sejanovich es el padre de este Malbec de San Carlos, que se caracteriza por nacer en suelos pedregosos y austeros. Este tinto muestra esa tensión tanto en aromas como en sabores. Notas algo terrosas, casi minerales, y un paladar muy firme, de gran acidez y estructura. Es de estilo moderno, de gran concentración y muy fluido en el paladar.

- Miras Merlot 2014: Marcelo Miras, el enólogo de mayor experiencia en la Patagonia argentina, concibió este Merlot con todas las características de su terroir de origen: el Alto Valle de Río Negro. Este tinto es fresco, intenso, con notas silvestres y a frutos rojos, y un paladar terso, envolvente y de buen volumen.

- Finca Las Nubes Malbec 2015: Todo el carácter del terruño salteño y el estilo genuino de José Luis Mounier tiene este Malbec de El Divisadero, situado a más de 1800 metros de altura. Aromas muy especiados y maduros que se repiten en el paladar son la antesala de un vino denso, corpulento y de gran carácter. Una expresión diferente; de un sitio único y un enólogo único.

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