Viernes  12 de Junio de 2015

Traiciones sin castigo en la Argentina borocotizada

Maratón de pases: Los intendentes Zúccaro (Pilar); Eseverri (Olavarría) y Katopodis (San Martín) oficializaron su regreso al redil K en instantáneas con Wado de Pedro.

No hay castigo social. Un dirigente puede acostarse por la noche opositor y levantarse oficialista. La Presidenta despreció al obispo Jorge Bergoglio durante años, pero hoy lo adora como Papa Francisco. Y viceversa. Es un hecho: la sociedad naturalizó la borocotización de la política.


No es sólo porque los partidos implosionaron en el 2001. La aceptación del "garrochazo" es también la aceptación social del desprecio por las convicciones y la palabra de quienes elegimos como legisladores o gobernantes.


Cuando en 2005 el pediatra televisivo Eduardo Lorenzo Borocotó se pasó al kirchnerismo diecisiete días después de haber ganado una banca como diputado nacional por el PRO, estalló el escándalo. Fue silbado en el Congreso.


Hace diez años era inadmisible que un candidato cambiara así de camiseta. De hecho, más allá de sepultar la carrera política del converso legislador, su actitud vergonzosa perdura con el término "borocotazo" para aquellos políticos que pegan el salto de un partido a otro.


Pero lo de Borocotó fue nada comparado con lo que sucede por estos días, y no sólo entre los intendentes bonaerenses que, en los últimos dos años, fueron intermitentemente kirchneristas, massistas, kirchneristas.
El diputado, socialista de toda la vida, Hermes Binner, se animó a reivindicar a Eduardo Lorenzo: "Algún día tenemos que hacer una recuperación de la imagen de Borocotó. Fue vivido con vergüenza, sin embargo, hoy algunos se pasan de un partido a otro y no complican su presente ni su futuro, y esto complica a la propia política".


El dato es que hoy los dirigentes son guiados por su propia supervivencia y no por sus convicciones. Y sus pases, inexplicables hacia sus propios electores, parecieran no tener costo político alguno. La sociedad los sigue votando de todas formas, aunque cambien drásticamente de opinión y denosten a quien defendían hasta hacía cinco minutos.

Diáspora

Basta con repasar la diáspora de intendentes desde el Frente Renovador al Frente para la Victoria. De oposición total a oficialismo total, sin escalas. Con episodios como el del intendente de Olavarría, José Eseverri, quien participó hasta las dos de la mañana de una reunión estratégica con Sergio Massa prometiendo lealtad y, casi sin dormir, apareció en el despacho del secretario general de la Presidencia, Eduardo Wado de Pedro, con quien oficializó su regreso al kirchnerismo, el mismo proyecto al que semanas atrás había calificado como un "Estado mafioso".


La lista de intendentes que siguieron su mismo recorrido es demasiado larga, y en ningún caso se ha explicado con coherencia cómo se puede pasar de crítico del modelo a defensor del proyecto K. El mismo Massa habló esta semana de "chequeras" y presión del aparato.


Darío Giustozzi criticó al Gobierno por su "falta de plan estratégico en seguridad" y a Cristina Kirchner porque "no se gana en calidad política e institucional insistiendo con la idea de darle más poder a Gils Carbó y la Cámpora". No fue hace tanto, pero hoy no está autorizado a repetir la frase bajo el ala del FPV. También deberán callar sus críticas los intendentes de Pilar, Humberto Zúccaro; de Merlo, Raúl Otahecé; Sandro Guzmán, de Escobar, ni el ahora reluciente ex massista, Gabriel Katopodis.


Hay que decir que la Coalición Cívica también tuvo su borocotazo. Su candidato a senador por la Ciudad de Buenos Aires, Samuel Cabanchik, electo en 2007, decidió de un día para otro abandonar a Elisa Carrió y formar su monobloque, aunque en el 2011 blanqueó su apoyo al kirchnerismo.


Hay pruebas empíricas que demuestran que la mentira no afecta la intención de voto. Asegurando que la inflación era de un dígito, defendiendo a un militar acusado en la Justicia por violaciones a los derechos humanos y con decenas de causas abiertas por corrupción de funcionarios del Gobierno, Cristina Kirchner ganó su reelección por el 54 por ciento en 2011.


Las traiciones de los dirigentes no son sólo partidarias. Los candidatos que fueron elegidos para representar a la oposición, cuando saltan por razones desconocidas al oficialismo, traicionan abiertamente a sus votantes.
Y lo más grave no es que no les importa. Lo terrible es que, en el cuarto oscuro, esa traición, parece no importarnos a nosotros.

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