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Todo tiene una razón

La supervivencia de la especie ha estado ligada al alerta y la defensa, y aunque ya no necesitamos vivir en ese estado, seguimos con la inercia del pasado. El amor y la espiritualidad son el camino para ser más sanos y felices.

Todo tiene una razón. Aunque no sea fácil distinguirla, siempre nuestras conductas están determinadas por causas en el pasado. Y las consecuencias pueden hacernos bien o dañarnos en el presente. Podemos tomar cualquier ejemplo, tanto a nivel global como individual.
Si observamos la respuesta de nuestro organismo ante una situación de estrés que genera ansiedad, notamos que se dilatan las pupilas (para que entre más luz y poder defendernos mejor), se acelera el ritmo cardíaco (para estar preparado para la huida), las glándulas salivares producen menos (para ahorrar líquido para la sudoración), los bronquios se dilatan (para captar más oxígeno), se segrega adrenalina y cortisol (que sostenido en el tiempo producen efectos muy perjudiciales) y siguen otros síntomas fisiológicos que generan en el cuerpo respuestas no habituales en estado de reposo. Esto, evolutivamente, fue lo que el hombre necesitó para sobrevivir como especie. Si aparecía un depredador, todo este mecanismo era necesario para la defensa, el ataque o la huida. Pero hoy el cuerpo sigue respondiendo de la misma manera ante situaciones de estrés, como puede ser una disputa con alguien o una sobreexigencia laboral. La diferencia radica en que, lo que antes nos ayudaba a sobrevivir, si no lo sabemos gestionar, nos puede enfermar. Y nos hace infelices.
La supervivencia de la especie ha estado ligada al alerta y la defensa constante de los depredadores. Nuestro frágil cuerpo ha sobrevivido miles de años gracias a su sabia naturaleza y nuestra mente se ha ido adaptando para estar a la defensiva, atacar, tener miedo de todo lo que nos rodea, vivir en tensión y apurados. Hemos evolucionado y ya no necesitamos vivir en ese estado pero, como la mente se acostumbró a trabajar de esa forma, hemos convertido a nuestros semejantes (y a nosotros mismos) en potenciales enemigos para seguir la inercia de nuestro pasado. Nos hemos desarrollado como sociedad, nuestro cuerpo tiene una expectativa de vida más larga cada día, la tecnología parece magia, algunos países son grandes potencias pero, como dice Claudio Naranjo: "Padecemos de subdesarrollo emocional que nos impulsa a ciertas conductas autodestructivas (...) Nos urge encontrar un camino que nos permita hallar una manera de ser más sanos, y ese camino está íntimamente ligado al amor y la espiritualidad. El amor es el mejor símbolo de salud del hombre, es todo lo opuesto a la agresión, al miedo y a la paranoia, que a su vez representan la patología que nos desune". Durante siglos necesitamos sobrevivir peleando con otras especies. Ahora, que ya eso no nos amenaza, la pelea nos detruye. Se percibe una necesidad de cambio donde pareciera que el altruismo, la cooperación, la distribución más equitativa y el pensar en el prójimo nos conduciría a sobrevivir como especie. Todo lo planteado tiene también miles de ejemplos a nivel individual. Cada emoción y conducta que nos daña hoy es consecuencia de una vivencia pasada. Si pudiéramos verlo y disolverlo, nuestra vida sería más sana y podríamos ser más felices.
Si nos detenemos a escucharnos creo que nadie estaría en desacuerdo de la necesidad de cambio que se percibe en la sociedad y en cada individuo. Y si necesitamos evidencias científicas, no hay como leer un minucioso estudio de Harvard que se dio a lo largo de 75 años. El mismo demuestra, entre otras cosas, que las personas más saludables y felices son aquellas que se dedicaron a construir vínculos basados en la confianza, el amor y el respeto y que dedicaron tiempo y esfuerzo a su crecimiento personal y a virtudes como la generosidad, el perdón, la paciencia, la gratitud y la aceptación.
¿Qué estamos esperando para trabajar sobre nosotros mismos y educar a las nuevas generaciones en lo que es obvio y ya está probado?