Robots en el trabajo: un fantasma que golpea cerca

¿Somos capaces de convertir el progreso tecnológico en herramienta liberadora? El autor apuesta a esa posibilidad y no al desplazamiento del empleo por la tecnología. Un mapa del trabajo actual en el país y sus perspectivas sobre un cambio de dimensiones históricas.

(...) En 1995, el economista Jeremy Rifkin publicaba El fin del trabajo, donde planteaba que el trabajo tal como lo conocemos estaba destinado a desaparecer a manos de la globalización y de la mayor productividad lograda con las nuevas tecnologías de la información y comunicación (las llamadas TIC). Rifkin, como el economista John Maynard Keynes seis décadas antes, presagiaba la aparición del desempleo tecnológico y la reducción de la jornada laboral, pero, a diferencia de Keynes, confiaba menos en la mano invisible del mercado y enfatizaba la intervención de la mano visible del Estado, promoviendo, junto con el recorte de las horas trabajadas, la remuneración del "tercer sector" -las tareas hoy en su mayoría voluntarias de la economía social- y la implementación de un ingreso básico universal.

¿Qué pasó y qué no pasó con las predicciones de Rifkin en estos veinte años? ¿Por qué es el momento de hablar del tema?

Tal vez, las TIC de aquel momento no estaban destinadas a acabar con el trabajo. Tal vez haya hecho falta cierta combinación de factores -un cambio de enfoque en la investigación de la inteligencia artificial, el aumento exponencial de la acumulación de datos y la capacidad de procesamiento, el paso del tiempo- para que la cuarta Revolución Industrial termine de despegar.

¿Qué pasará con el empleo ahora que la revolución digital se acelera? En esto, los analistas difieren.

Para los optimistas, la tecnología complementa el trabajo humano, lo que lleva a un aumento de la productividad laboral -una misma persona produciría más- y del salario, dado que la remuneración de mercado es proporcional a la productividad del trabajador. Esto podría eliminar empleos, ya que para una misma producción se necesitarían menos hombres, pero el incremento de la productividad y de los salarios impulsaría la demanda, por lo que se produciría más, compensando en parte este efecto. De hecho -con marchas y contramarchas, con ganadores y perdedores, y con una pizca de intervención pública que limite la concentración del ingreso y lo redistribuya-, este cuadro es el que mejor describe los efectos de las revoluciones industriales previas.

Para los escépticos, la tecnología no complementa, sino que sustituye trabajo: no hace más productivo al trabajador, lo hace redundante. Si una tarea puede realizarse de manera más barata con una máquina, al trabajador le quedan dos opciones: reduce su paga para volverse más competitivo, o es desplazado por la máquina. En este caso, no solo se eliminarían empleos -más que en la primera opción-, sino que se reducirían los salarios.

En ambos casos existe un tercer canal, positivo, el de la creación de nuevas actividades, ya que la tecnología podría llevar a producir bienes y servicios que hoy desconocemos, generando ocupaciones nuevas. En este sentido, parafraseando al economista Jan Tinbergen -que decía que la inequidad era una carrera entre la tecnología y la educación-, podría decirse que el empleo es una carrera entre la tecnología y la creación de nuevas tareas.

Es difícil presagiar el efecto a largo plazo de la tecnología sobre el empleo y el salario, o el resultado final de la carrera entre robots y trabajos. Pero el avance de la inteligencia artificial, en la realización de tareas que a priori no parecían automatizables, nos hace inclinar por la perspectiva de los escépticos y pensar que al final del camino tendremos, en promedio, menos empleo y menores salarios. Y, un desafío más urgente, durante todo este largo recorrido tendremos un constante desacomodamiento de oferta y demanda de habilidades: algunas viejas ocupaciones -y sus competencias- se volverán obsoletas, y otras nuevas aparecerán -exigiendo competencias distintas- en un contexto donde el trabajador podrá reentrenarse, pero solo de manera parcial. El aumento de la velocidad de rotación laboral probablemente deje a mucha gente en la calle, o en puestos de menor sofisticación y salario, abonando el malestar cultural y la tecnofobia.

Esta es una intuición compartida cada vez más por tecnólogos y políticos, y los numerosos pilotos de ingreso universal lanzados en 2017 -en Finlandia, la Unión Europea, Ontario, la India- son una muestra de esta preocupación.

Veinte años después, con una tecnología ligeramente distinta, la visión de Rifkin está siendo reivindicada. (...).

A esta altura, tal vez el lector se pregunte qué nos importa esto a nosotros. ¿Por qué enfrascarnos en este debate de ricos, cuando nuestra Argentina tiene un 30% de pobreza y hay urgencias más apremiantes? No nos engañemos. Nada de lo dicho anteriormente nos es ajeno. Por el contrario, como veremos en detalle más adelante, la tecnología trae consigo una desglobalización que afecta aun más a las economías en desarrollo. La ola tecnológica amenaza con quitarnos nuestras modestas ventajas competitivas -los recursos naturales pueden reemplazarse con nuevas fuentes de energía; los alimentos, con impresión sintética; los trabajadores baratos, con robots-. Por eso sorprende la recepción distante y escéptica frente a estas innovaciones, cuando posiblemente seamos los más vulnerables al cambio de tendencias, para bien o para mal.

El empleo está más expuesto a la sustitución que en los Estados Unidos o en Europa, y nuestro punto de partida es endeble. Tenemos desempleo encubierto en el sector público y en empresas de sectores no competitivos protegidos. Tenemos una fuerza laboral con mayoría de trabajadores de calificación media y baja en trabajos rutinarios, los más sensibles a la automatización. Tenemos un déficit de calidad educativa, tanto absoluto como en relación con otras economías emergentes, con contenidos desactualizados y alumnos secundarios y universitarios que abandonan sus estudios, lo que augura más trabajadores de calificación media y baja en el futuro. Tenemos problemas para generar empleos de calidad, y aquellos estudiantes que sí completan su formación deben contentarse con trabajos para los que están sobrecalificados y subremunerados.

Por otro lado, contamos con un bonus demográfico -como se denomina al aumento de la población activa en relación con la población dependiente, como niños y ancianos- que en principio es una buena noticia -ya que daría más fuerza laboral y producto por habitante-, pero que, en este contexto, puede convertirse fácilmente en un salvavidas de plomo; si combinamos la dificultad de los jóvenes para conseguir empleo, una educación que no forma para el trabajo y la sustitución tecnológica, el aumento de la población en edad de trabajar podría no traducirse en más trabajadores, sino en más precarización y desaliento, baja participación laboral, y aumento de la inequidad y la tasa de dependencia.

Esa es la herencia que conspira contra nuestro desarrollo y el principal desafío de la economía política argentina de los próximos años. Por eso es urgente traer este debate a la Argentina, adaptarlo a nuestra idiosincrasia y pensar políticas para mitigar o sacar provecho de sus consecuencias. (...).

EconomistaEduardo Levy Yeyati nació en Buenos Aires el 14 de noviembre de 1965. Es Ingeniero Civil de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y Doctor en Economía de la Universidad de Pensilvania. Es socio fundador de Elypsis, Decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), investigador asociado del Centro de Investigación en Finanzas de la UTDT (entre 1999 y 2007) y Director Coordinador del Programa Argentina 2030 de la Jefatura de Gabinete de la Nación. Es autor de Vamos por todo (2013) y Porvenir. Camino al desarrollo argentino (2015).
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