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Por qué ganó un outsider de la política americana

Trump fue quien mejor interpretó la frustración y el miedo de la clase trabajadora, mayormente blanca y periférica, que se emprobreció en los últimos años y se cansó del discurso del establishment tradicional. Su apuesta consistió en posicionarse como un disruptor del sistema.

por  GUSTAVO MARTINEZ PANDIANI

Ex cónsul en Miami
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Por qué ganó un outsider de la política americana

Donald Trump ganó las elecciones presidenciales porque fue el candidato que mejor interpretó la frustración de un amplio número de estadounidenses que se ven a sí mismos como víctimas del proceso de globalización.
Se trata de la clase trabajadora de "cuello azul", mayoritariamente blanca y periférica, que se ha empobrecido en los últimos años como consecuencia de la pérdida de puestos de trabajo y cierre de fábricas y minas, a lo largo y a lo ancho del país. Ante la sensación de haber sido dejadas de lado por la dirigencia política tradicional, miles de familias de clase media y media baja vieron en Trump a un líder antisistema que, frente a la hipocresía discursiva del establishment, "les decía la verdad de modo descarnado y a veces hasta brutal".

Fue justamente este segmento de ciudadanos frustrados y asustados el caldo de cultivo que le permitió al millonario neoyorquino sembrar el miedo o rechazo a lo diferente (los inmigrantes mexicanos, los refugiados musulmanes, los indocumentados, la mano de obra barata asiática, los trabajadores golondrinas centroamericanos, etcétera) y al mundo exterior en su conjunto.A partir de esa sólida base sociodemográfica, el postulante republicano puso en marcha una eficiente estrategia comunicacional que le permitió cambiar el eje de la discusión. Lejos de amoldarse a los parámetros clásicos del bipartidismo, se presentó como el defensor del sueño americano; una suerte de guardián nacionalista que los protegería de las amenazas externas. Cabe señalar que el telón de fondo frente al cual se desarrolló el "relato Trump" fue la aguda crisis de representación que sufre el sistema político de los Estados Unidos.

En tal sentido, la falta de credibilidad y el descrédito que muestra la mayoría de los dirigentes más conocidos (categoría que incluye tanto a los Clinton como a los Bush) aumentaron el contraste que le permitió a Donald Trump proyectarse como el candidato rebelde y outsider que ponía en cuestionamiento los pilares mismos del status quo.
Resulta claro que el camino elegido por Trump no fue el de la corrección política. Por el contrario, su apuesta consistió en posicionarse como un disruptor del sistema, un emergente incómodo y desafiante similar a los que afloraron en aquella convulsionada Argentina del "qué se vayan todos" de 2001.

A propósito de la Argentina, es interesante preguntarse cómo afectará este resultado electoral a la política exterior estadounidense, tanto a nivel regional, como bilateral.

La clave para responder acertadamente dicha cuestión radica en comprender que más allá de la figura presidencial, los Estados Unidos son una nación que cuenta con un fuerte andamiaje institucional que le pone límites a la eventual discrecionalidad de los jefes de Estado. Si bien todo indica que Donald Trump será un presidente fuerte, con mayoría en ambas cámaras del Congreso, existen contrapesos constitucionales y políticas de Estado que achicarán en los hechos el margen de maniobra del titular de la Casa Blanca.

Con la llegada de Trump al gobierno de los Estados Unidos, la Argentina, al igual que todos los países del mundo, enfrentará el desafío de mantener las buenas relaciones bilaterales y de cooperación ya existentes, así como también el de identificar oportunidades adicionales que la nueva agenda seguramente planteará.

Finalmente, se impone una reflexión de carácter global. El fenómeno Trump debe ser comprendido y analizado en un contexto histórico que incluye una serie de manifestaciones conservadoras, proteccionistas y, en algunos casos, francamente aislacionistas.

En dicha linea, el Brexit, los avances nacionalistas en Austria, Bélgica, Francia y otros países europeos, el rechazo a los acuerdos Transpacífico y Transatlántico, y el fortalecimiento de la retórica populista en diversos puntos del planeta nos obligan a los argentinos a repensar con creatividad y realismo nuestras propias estrategias de inserción internacional.

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