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Polinesia entre el mar y los volcanes

Como caparazones, las islas de la Polinesia se asoman entre la claridad del Pacífico Sur. Interminables hileras de palmeras, arena blanca y un mar claro que exhibe un universo de coral dibujan un paisaje que atrapa a los viajeros con su belleza.

Polinesia
entre el mar 
y los volcanes

Tahití, la más cosmopolita de las islas polinesias, desborda majestuosidad y colorido. Pero así y todo, a pesar del crecimiento urbano, nada puede escapar al avance de este verde sobre verde que se estira sin límites. Entonces el dinamismo del downtown se confunde más allá con la vegetación exuberante y todo se resuelve en un equilibrio perfecto.
La isla de Tahití es el centro administrativo y gubernamental más importante de un archipiélago de 130 islotes y escollos que se asoman desde la cristalina superficie del Pacífico. Ostentando paisajes diferentes, se dividen en dos grupos según su geografía: las islas volcánicas, generalmente rodeadas por un arrecife barrera y una porción de mar intermedio (llamado laguna interior), y los atolones, islas coralinas con forma de anillo que encierran un transparente mar interno.
De aspecto caribeño y acento francés, el archipiélago disfruta un clima tropical con temperaturas promedio de 24 a 26 grados según la estación, recibe a más de 130 mil visitantes por año, y de las islas que tienen infraestructura para acoger al turismo convencional (no más de una docena), ninguna ha perdido su entorno de agreste belleza.
Tahití es el paso obligado de principio y final del viaje, Moorea y Bora Bora figuran en todos los itinerarios, Huahine y Raiatea son más rústicas y apacibles, y Manihi, Rangiroa y Tetiaroa son atolones, es decir, aureolas chatas de coral cubiertas de palmeras, que encierran una laguna de agua marina.

Las islas de la fantasía

Bora Bora, aparte de ser la más famosa de las islas de la Polinesia francesa, posee la laguna interior más hermosa de todo el archipiélago. Se trata de un gran piletón de agua salada con mil colores submarinos que estallan bajo el sol con tonalidades diferentes según las horas.
Apenas 38 kilómetros cuadrados de superficie volcánica irregular se van perdiendo entre palmeras y pequeñas bahías de arena blanca que dibujan un paisaje único. Sobre la costa se acomodan las piraguas y las velas, los aceites de coco y los jugos de piña. Dentro del mar, aguarda un universo lleno de vida que puede descubrirse transparente a través de una máscara de buceo.
Desde los hoteles parten excursiones que recorren el crispado interior de la isla, o bien que cruzan en catamaranes hacia pequeños islotes deshabitados que se desparraman alrededor de ella. Sin embargo, ninguna recorrida es tan emocionante como la que visita el arrecife de los tiburones, en la que se puede ver a los animales rondando la embarcación en busca de comida. Por lo menos una vez, vale la pena tomar el crucero que parte con la caída del sol, contempla desde el agua el horizonte teñirse paulatinamente y regresa a Bora Bora con la luz de la luna.
La segunda isla en importancia es Moorea, ubicada a solo 18 kilómetros de la costa de Papeete. Allí la naturaleza que parece pintada a mano se vuelve a adueñar de todo exponiendo laderas escabrosas, valles escarpados y playas de arena como seda blanca.
Las galerías de arte tahitiano y el surtido de perlas negras son las principales atracciones fuera de la playa, junto con excursiones al valle de Opunohu y el ascenso al monte Mouaputa. Para disfrutar del mar, las travesías en piragua, las recorridas por la isla en velero y, por supuesto, el buceo.
También conocida por sus espectáculos folclóricos, Moorea viene siendo desde hace años uno de los sitios más elegidos por los enamorados para contraer matrimonio en una solemne ceremonia tahitiana, tal como se realizaba en tiempo pasados.