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Palm Beach, a orillas del mar

De aspecto sofisticado y entorno agreste, la capital del más grande de los condados del sudeste norteamericano tiene para satisfacer todas las expectativas; desde tardes soleadas hasta opulentos museos de arte.

El Ferrari amarillo vio la luz roja y se detuvo. Su bronceado conductor recordó que el auto propio es uno de los pocos lugares donde puede fumar y decidió esperar con un tabaco en la boca que se levantara el puente. Contempló la acera vertical como pensando en otra cosa, vio pasar sin apuro una más de las ostentosas lanchas navegando el canal que separa el continente de la longilínea isla, y recién cuando Atlantic Avenue volvió a ser una calle transitable, puso primera y siguió su rumbo.
Derlay Beach es probablemente el destino final del conductor y su súper auto. Ambos desfilarán gozosos por esos últimos 500 metros de Atlantic que restan hasta los juncos de la playa sin ser observados por nadie. Incluso, saben que formarán parte integrante del paisaje, junto con las galerías de los anticuarios, los cafés y las palmeras que se estiran a ambos lados simulando ser íconos religiosos de la península. Como telón de fondo; edificios de la Old School Square -la corriente arquitectónica de los años '20 en la Florida-, unos pocos peatones y un cielo azul brillante.
Derlay es un pequeño y exclusivo poblado ubicado en el centro de la llamada Gold Coast, cuya apariencia podría resumir sin problema buena parte del espíritu de Palm Beach; el más grande de los condados del sudeste norteamericano. Una doble mano elegantísima que llega hasta la costa (Atlantic Av.), un boulevard marino zigzagueado por rollers y una orilla agreste representan al fin de cuentas los más entrañables secretos de su identidad. Sus habitantes, dirán que el ambiente devela una way of life, que a lo largo de la carretera A1A va alistando con su estilo a las gemelas Fort Loderdale, Highland Beach y Palm Beach downtown. Entre municipio y municipio, se alterna el verde ondulado de los campos de golf, la claridad del mar por detrás de los altos cocoteros y varias casas fastuosas de millones de dólares.

El downtown

A media mañana, los bares de Royal Poinciana Way son una cita implícita en la parte norte de la isla. Allí el viento llega limpio con el aroma del césped recién cortado en el Breakers Golf Course, enfrente las palmeras del parque se contorsionan y entonces se entiende por qué esta calle es la preferida para el rito del desayuno. Tocino, cereales, fruta fresca y café descafeinado representan los primeros placeres cotidianos para los comensales en bermudas y anteojos oscuros.
En un rato serán muy pocos los que queden sin alguna cita para jugar golf. Entonces seguramente decidan llegar hasta el Jet Ski Club a desafiar las olas, o tal vez a Juno Beach para ver vagar a las inmensas tortugas. Extraño y tentador es que pesar de la variedad de opciones, bajar hasta Highland o Derlay con el mero deseo de dejar pasar el tiempo bajo el sol de la orilla es un sinsentido que suele repetirse.
Quien no conozca Palm Beach antes que nada debería tomarle el pulso a su atmósfera. Una tras otra, todas esas construcciones detallistas y sofisticadas no hacen más que sacar a relucir la imaginación de Addison Mizner, el gran coreógrafo inmobiliario de este escenario urbano. Fue en los años 20, cuando delineó un perfil arquitectónico mezclando elementos góticos, románicos, españoles y hasta renacentistas, proporcionando a sus coetáneos un sinfín de nuevas ideas que, concretadas, hoy adornan esta ciudad. En Sunrise Avenue -la segunda paralela a Poinciana hacia el norte- bien puede comenzar la recorrida con la iglesia de Saint Edward y su abarrocado estilo mediterráneo. A solo 100 metros se cruza Cocoanut Row, una concurrida acera que conduce hasta la mansión Whitehall, hoy museo Flagler, y luego hasta la capilla de Royal Poinciana construida en 1896. Desde allí habría que costear el canal por Lake Drive South con sus panorámicas al continente, detenerse en el Mizner Memorial Park y con tranquilidad recorrer Worth Avenue; la máxima expresión de la elegancia en Palm Beach.
Destellantes de brillo, tiendas de moda, galerías de arte y de anticuarios, joyerías y cafés se van hilando a lo largo de esta calle que atraviesa de costa a costa la angosta isla. Allí los logos de Cartier, Tiffany o Armani engalanan esas fachadas claras con columnas que tanto gustaban a Mizner, frente a la vigilia de los Rolls Royce que esperan a sus dueños.
Más tarde, la rutina de contemplar el sol cayendo es la responsable de que los bares de Ocean Boulevard se vayan contagiando con murmullos bajo el cielo naranja. Aquellos que se ubican en Derlay se pueblan con gente joven que se cruza de la playa todavía descalza y con arena en el cuerpo. Pareciera ser ésta la mejor manera de despedir el día: bajo las palmeras, con algún trago en la mano, y con Palm Beach dejando entrever el crepúsculo escarlata a la zaga de su serena figura.

Datos útiles

- Para llegar a Palm Beach lo mejor es aterrizar en el aeropuerto de Miami y luego llegar en auto.
- Los vuelos a Miami empiezan en los u$s 850.
- En el Aeropuerto de Miami hay un sinfín de rentadoras de auto con muy buenos precios.
- Palm Beach es un destino nada económico para alojarse. Las habitaciones para dos personas empiezan en los u$s 120.
- Más información sobre Palm Beach: www.thepalmbeaches.com