Viernes  27 de Febrero de 2015

Néstor Kirchner, entre el afecto y la bronca

La veleidad del poder eterno y absoluto

Uno encontraba algunas virtudes en Chávez hasta que el personaje se comió a la causa. En los Kirchner todo giraba en torno al poder, incluso las ideas dependían de ese logro, de ese espacio de poder ya obtenido. Néstor vivía su expansión como una enfermedad, tanto que no imaginaba estar sin él. Una vida sin poder para ellos no era vida. Ésta es otra de las razones por las que convocaron a los viejos restos del estalinismo autóctono, gente que quería instalarse en los cargos para siempre.
De hecho, llegaron a creer que todo era eterno. Como fieles estalinistas que son, inventaron que los demás éramos parte del pasado y que sólo a partir de ellos se podría imaginar el futuro. Si hacemos memoria, nos damos cuenta de que después de Stalin en Rusia quedaron las mafias como poder instalado. Luego del comunismo no vino el tiempo de la socialdemocracia ni de ninguna otra virtud por el estilo. La burocracia había generado una nomenclatura omnipotente, una estructura que se servía del Estado para obtener sus propios beneficios. Como siempre, el libreto se basaba en las necesidades de los necesitados.
Allá por los 80, se publicó un libro importante para describir la nueva clase social que se había instalado en la Unión Soviética. La Nomenklatura, de Michael Voslenski, describía como nunca la nueva clase en la que había devenido el comunismo. El autor es un marxista que pertenecía a esa estructura, que desentrañó su naturaleza con implacable rigor, sin apartarse un ápice de la ortodoxia marxista en la que se había basado su propia formación intelectual. (...)
En eso se basó el kirchnerismo, en generar una dirigencia que utilizaba la ideología como excusa y la ambición como motor principal de sus actos. Insisto en que la burocracia necesita de la ideología como excusa, los liberales son más cínicos y limitan la mística a la mera ganancia, los restos de las izquierdas necesitan darle una visión más poética, como si una causa superior les permitiera utilizar el poder para que sirva a los necesitados.
Siempre reitero que la mayoría de las coimas se justifican en necesidades de construcción política, y terminan en manos de amarretes a los que no se les saca un centavo para ninguna causa que no sea al servicio de su propio ego.
Néstor no intentó que los derechos de los pobres se impusieran a la ambición de los ricos, tampoco repitió la decisión del General Perón de alterar los porcentajes en la distribución de la riqueza. Ni siquiera consideró esta posibilidad, su único afán consistió en quedarse con el poder de la Argentina como ya se había quedado con el de Santa Cruz, es decir, con todo, absolutamente todo, y sin disidentes en el horizonte.
El tema no era integrar a los caídos, sólo ayudarlos con dineros del Estado. (...) El kirchnerismo da limosna a los pobres y necesitados esperando a cambio su apoyo electoral.
En este punto es donde Kirchner se encuentra con los organismos de derechos humanos y con los restos del Partido Comunista y de la guerrilla de los 70, y a partir de ese cambalache decide armar un partido del poder cuyo único objeto es exigirle obediencia perpetua a toda la sociedad.
Intentaron quedarse con La Rural, con la Feria del Libro, con la Justicia, con todo lo que estuviera a su alcance. La grotesca Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual, promulgada en octubre de 2009 y más conocida como Ley de Medios, no es sino una escala más en el camino a esa voluntad de poder absoluto. (...)
Varios de los ricos que hoy acompañan al gobierno son los mismos que incitaron a los militares a masacrar revolucionarios en el pasado, y luego, con la vuelta de la democracia, los dejaron caer sin pena ni gloria. Esta foto revela con crudeza un dato de la realidad: los ricos eran lo permanente y los militares, lo coyuntural. Los jefes de las FF.AA. llegaron a creer que eran los dueños del poder, la historia les demostró que estaban equivocados.
Algo similar les debe de haber ocurrido a Menem y a su banda. Los ricos que en la década del 90 los ovacionaban, a partir de 2003 dejaron de llamarlos para jugar al golf. (...)
El triunfo del kirchnerismo con el 54 por ciento de los votos en las presidenciales de 2011 los llevó a soñar con el poder definitivo. De acuerdo con la lectura promisoria, y no menos presurosa, que hicieron del escrutinio no había alternativas políticas a la vista. Era el momento oportuno para terminar de destruir cualquier esbozo de competencia y, entonces sí, se instalarían para siempre. La jefatura de Cristina era pobre, apenas justificable, pero igual les servía. Claro que luego no encontrarían nada para sostener las teorías revolucionarias. Pero qué importancia tenía eso. El sueño estaba al alcance de la mano.
Y ese triunfo marca la desnudez de las instituciones que supimos construir. El peronismo estaba en su propia degradación pero el no peronismo no tenía absolutamente nada para ofrecer.(...)

Un discurso, doble moral y algunos intelectuales para el decorado

Los discursos de Néstor y Cristina, sin contenido, cada vez más devaluados, obligaban a un aplauso forzado y eran discursos dirigidos no al grueso de la población sino a los obsecuentes, como si se tratara de un circuito cerrado, discursos cuyo verdadero destinatario era el reducido grupo de seguidores que parasitan al Estado. Discursos sin riesgo de fractura, sin riesgo de crítica ni de queja. Sólo los espacios y las prebendas que ocupaban los seguidores justificaban la pasión y la sinceridad de un aplauso que el resto de la sociedad presenciaba atónita. Era el relato en vivo y en directo de la década que ellos y sólo ellos habían ganado (...)
Sin duda, debía de haber un pequeño grupo de creyentes ad honórem (la inocencia siempre está presente), pero ser inocente en el kirchnerismo es tan absurdo como la virginidad en el prostíbulo.
El kirchnerismo, que transita la impunidad y expresa la ruptura de todos los límites, encuentra en la izquierda y en los organismos de derechos humanos una justificación perfecta para su desmesura, y la desmesura es a su vez una manera de encubrir sus debilidades éticas, una cortina de humo para disimular el objetivo central del dinero.
El kirchnerismo tomó nota y aprendió mucho de la Venezuela chavista. (...)
La revolución a veces requiere de alguna impunidad, pero no toda impunidad implica una revolución. Y los Kirchner fueron avezados cultores de la doble moral. Al pensar en la distancia entre su discurso y los hechos concretos de su gestión, me viene a la mente la revolución industrial que pregonaba Menem (...) En el transcurso de este desarrollo en el que equiparo a Menem con Kirchner me resulta cada vez más evidente cómo ciertos sectores de la supuesta intelectualidad, fatigados de tanto elucubrar revoluciones que nunca llegaban, se convencieron de que la única salida posible para tener algo que ver con el poder era ofrecerle al pragmatismo de moda un servicio a medida: la confección de un disfraz intelectual para cubrir su desnudez ideológica.
Al salir de una reunión en la que se había debatido largamente proyectos que nunca se concretaron, un intelectual de los más respetables me dijo en murmullo: "Nos necesitanpara decorado". Tenía razón, la verdadera sabiduría kirchnerista está en la caja fuerte. Lo demás es romanticismo.
Para Carta Abierta la cosa fue más simple, les ofrecieron un lugar en el poder y a cambio de eso ellos salieron a explicar lo inexplicable. Sus integrantes no se tomaron la molestia de exigirle coherencia a los gobernantes, sólo les importaba que los convocaran a ellos.
Néstor tenía razón, el poder permite dominar conciencias sin problemas. Y fácilmente logró convertir a un puñado de intelectuales en justificadores del oficialismo. Al igual que los programas de política de la televisión pública, Carta Abierta terminó transitando la vergüenza y se sumó al concurso de mediocres asalariados que soñó con perpetuarse en su situación de privilegio. Ante semejante farsa, el periodista Jorge Lanata fue un asesino serial de farsantes. Intentaron minimizar y aun ridiculizar sus denuncias.
Finalmente, los denunciados fueron cayendo presos y los periodistas del poder, encargados de defender lo indefendible, tuvieron que llamarse a silencio. Junto con algunos encuestadores, estos tiempos van a dejar una fila de verdugos obligados a pasar a la clandestinidad social. Oyarbide portará el estandarte. Y como nos cantaba Edmundo Rivero, "nadie quiere el estandarte si es lunga la procesión".

Todo termina

Más allá de las diferencias metodológicas entre Menem y los Kirchner, el resultado es el mismo: la pobreza y la dependencia siguen inalterables. La Argentina que nos deja el kirchnerismo no tiene menos pobres sino más ricos, y unos cuantos nuevos ricos que eran viejos amigos. Estos ricos de hoy, carentes de ideología, son los amigos del poder. Una burguesía intrascendente que dista mucho, demasiado, de la grandeza que una dirigencia económica debe tener como para aportar a forjar un concepto de nación. Se enojan con los sectores agropecuarios, tienen razón, son los dueños de todas las virtudes de las que los funcionarios de hoy y sus amigos carecen.
Lo que el país necesita para que un tercio de la población salga de la pobreza, para que de una vez por todas pueda prescindir del asistencialismo y otras anestesias que disimulan pero no sanan es superar la concentración económica que promovieron Martínez de Hoz y Cavallo y que los Kirchner convalidaron.
Entre otros daños, la herencia kirchnerista nos deja la degradación de la dignidad reformista y la noción de que todo es reducible a una transacción de compra-venta, aun la voluntad de aquellos que estaban en contra de la sociedad de consumo.
Es lógico que a la sociedad le cause terror la idea de tener que empezar siempre de cero. Entiendo la necesidad de pensar que hay que rescatar algo de la gestión actual, pero esa necesidad expresa también una debilidad. Si no hay nada rescatable, debemos tener el coraje de asumirlo. Y yo creo que no hay nada para rescatar de esta larga y tediosa década de gobierno kirchnerista.
En mis largas charlas con ellos y sus elegidos, ni Menem ni Kirchner se referían a una concepción trascendente de la vida, ni profesaban admiración por el pensamiento ni mucho menos por la virtud. Ni la solidaridad ni la angustia existencial formaban parte de los temas que les interesaban. Ambos eran de muy escasa lectura, la mera ambición ocupaba todo el espacio de sus vidas. En Menem la trasgresión transitaba el espacio de la sexualidad y la frivolidad, en Kirchner el del dinero y la sumisión absoluta a su voluntad. Menem se sentía atraído por toda forma de videncia y confiaba ciegamente en el padre Mario, que lo habría curado de una complicada enfermedad. Todas las mujeres o todos los dólares, en el afuera estaba la riqueza y el placer, el triunfo y la seguridad del ser.
Hasta en el hobby ambos eran competitivos. El miedo a la soledad o a la misma reflexión los convertía en desesperados del poder. No se imaginaban fuera de él.
Hijos de la época, con escasa lectura y capacidad de reflexión, sólo contaban con el motor de la ambición que los dejaba en la cárcel de la obsecuencia. De la marcha peronista sólo se habían quedado prendados de esa breve estrofa que expresa "qué grande sos". Peleadores de barrio que llegan a la cima sin conciencia de trascender, compartían una idea de la vida hecha sólo de puro presente. En nuestro país existe una clase dirigente que está hecha de esa madera: empresarios, sindicalistas y vencedores de todo tipo que no admiran el talento sino la viveza. O peor aún, le temen a la inteligencia y mucho más a los que no son gente cercana a la corrupción.
La ética es un lugar inalcanzable para el rico, una instancia superior que lo cuestiona, que pone en duda el valor de su triunfo y superioridad en la escala del poder.
El caso del hoy papa Francisco desnuda como pocos ese fenómeno. Cuando el cardenal Bergoglio impulsaba una sabiduría asombrosa eran pocos los que lo reconocían, y muchos los que imaginaban que acercarse a él no era beneficioso para sus negocios. Hoy Francisco asombra al mundo, y demasiados hacen cola para la foto, la mayoría de los cuales ayer no hubieran jugado sus beneficios por acompañarlo.
La libertad y una sociedad en serio requieren de muchos dirigentes y actores sociales con talento y dignidad, una masa crítica de la que nosotros estamos bastante carentes.
Soy optimista, sin embargo, porque todas estas frustraciones nos están enseñando a vivir. Como decía el General, "mejor aprender de la experiencia ajena porque la propiasuele llegar tarde y cuesta cara". Parece que a nosotros la experiencia ajena no nos enseñó demasiado y seguimos aprendiendo de la propia. Es un camino más largo y doloroso pero en definitiva nos llevará a la madurez.

* Extracto de Lejos del bronce, Cuando Kirchner no era K, de Julio Bárbaro.
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