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Los caminos del vino en Alsacia

Hacia el sur de las fronteras de Estrasburgo, capital del departamento del Bajo Rin, antiquísimos poblados se desparraman sobre colinas de leves pendientes implantadas con viñedos. Todo, en medio de ese paisaje de ensueños, huele y sabe a vinos.

Los caminos del vino en Alsacia

El primer día del corriente año, la región francesa de Alsacia dejó de ser tal y como se la conoció hasta 2015, al menos en los papeles. Según lo establecido por la ley de Francia, Alsacia fue fusionada con las regiones de Lorena y de Champaña-Ardenas para formar la región administrativa de Alsacia - Champaña - Ardenas - Lorena (aunque el nombre es provisorio). Sin embargo, tanto los champagnes de las maisons más famosas del mundo como los vinos alsacianos tradicionales no conocen de legislaciones ni de fronteras; sólo saben de terruño.
La experiencia de viajar al corazón de la vitivinicultura de Alsacia comienza antes de aterrizar en el aeropuerto de Estrasburgo. Desde el avión, la inolvidable postal de la cuenca del río Rin comienza a preparar, a través de la vista, a todos los sentidos para la belleza por venir. Desde Entzheim, un recorrido de menos de 20 kilómetros basta para hallarse en el centro histórico de la capital de la región, Estrasburgo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1988.
En esta ciudad es muy recomendable visitar la catedral de Notre-Dame, monumento histórico del país y obra maestra del arte gótico; pasear por Petite France, uno de los rincones más encantadores de la metrópoli, y cenar un plato típico con una copa de buen vino en el restaurante del medieval edificio portuario L'Ancienne Douane.
Al día siguiente, con los ojos aún maravillados por Estrasburgo, es momento de emprender camino por la carretera que recorre de norte a sur 170 kilómetros de fincas que se extienden sobre colinas onduladas, atravesando bosques de coníferas y antiguos poblados en los que bodegas de pequeñas producciones ofrecen degustaciones de algunos de los vinos más emblemáticos de la región.
Embarcarse en la Route du Vin es comenzar un viaje relajado y placentero, con alternativas de alojamiento y gastronomía confortables y accesibles (una buena opción es buscar ofertas interesantes en visit-alsace.com). El recorrido, apasionante e intenso para todos los amantes del vino, tendrá como objetivo final arribar a la localidad agrícola-vitivinícola de Colmar.

Un ruta de sabores

Luego de alquilar un automóvil en la capital, habrá que dirigirse hacia la localidad de Marlenheim, y tras un par de kilómetros más hacia el sureste, llegar a Wangen, una modesta población que hasta el siglo XVIII subsistía únicamente a través de la comercialización de toneles de vino. En las primeras semanas de julio allí se realiza una celebración antiquísima en la que el agua de la fuente de la plaza principal cede su lugar al vino, mientras las calles y sus habitantes se visten de fiesta entre restos de murallas y torres medievales.
Continuando el camino en dirección sur, más de quince poblados ofrecen tentadores refugios para degustar tintos y blancos y perderse entre senderos históricos, testigos del desarrollo de toda una región. Las primeras paradas recomendables son Molsheim, tierra del emblemático Riesling, y Ottrott, cuyos perfiles se asoman entre viñedos de Pinot Noir, enmarcados por los castillos de Lutzelbourg y Rathsamhausen.
Una vez que se arriba a Obernai, comienza un interesante recorrido vitivinícola de 3,6 kilómetros especialmente diseñado para el turismo enológico. La ruta de atractivos continúa con el Monte de Santa Odilia, en cuya cima se sitúa un famoso convento reconstruido a partir de un establecimiento del siglo VII; la muralla Mur Païen, de más de 10 kilómetros de longitud; y finaliza en Barr, una ciudad que en julio lleva a cabo su Feria Anual de Vinos.
El último tramo de la ruta del vino alsaciano transcurre entre aldeas rodeadas de viñedos como Dambasch-la-Ville, desde donde se accede al castillo de Bernstein (siglo XII); Ribeauville, con su célebre torre de los Bouchers (siglo XIII); Riquewïhr, absolutamente bella y turística, y Kayserberg, que a lo largo de la avenida General De Gaulle ofrece una sucesión de construcciones del medioevo.
Llegando al destino final, en la confluencia de los valles del Munster y el Rin, Colmar recibe con sus edificaciones de la época gótica renacentista y una variedad de establecimientos y actividades culturales por las que ha sido apodada "Ciudad del Arte". Allí, el broche de oro de este viaje al corazón de un terruño es disfrutar de una suculenta cena regional con una copa de vinos locales. O mejor, que sean varias.