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JUEVES 21/02/2019

La génesis de las relaciones carnales entre periodismo y política

En una reedición revisada, el autor cuenta cómo Bernardo Neustadt, en aquel momento ideólogo del neoliberalismo y tal vez el hombre más poderoso de la Argentina, armó una campaña de silenciamiento sobre su crónica para, muchos años después, pedirle perdón.

La génesis de las relaciones carnales entre periodismo y política

 

"Miré mi reloj dos veces para confirmar el hecho consumado. No podía haber equivocación posible. Eran las 11:30 y el superpuntualísimo Bernardo Neustadt había faltado por primera vez a una cita. El sol de aquel otoño relampagueaba sobre las mesas blancas de la vereda. Dos o tres parejas murmuraban cosas ininteligibles frente a tazas humeantes y medialunas calientes. Y el microclima hacía pensar que la ciudad quedaba infinitamente lejos: sus ruidos llegaban como en sordina, y todo era frescura mañanera y sueños de Primer Mundo.

Volví a empujar la puerta y a sumergirme en la bulliciosa sombra de aquel bar atestado de dirigentes políticos, yuppies desencantados y teléfonos portátiles. Elegíun rincón y pedíun café.

La última conversación con Bernardo había tenido el inequívoco sabor de una ruptura. La primera conversación se había concretado en su oficina de la calle Defensa y había discurrido por caminos de mutua diplomacia. Neustadt tenía en su cara los rastros de un verano distendido, pero acusaba el impacto de haber perdido la iniciativa a manos de Mariano Grondona, que había renunciado al ocio, trepado la escarpada cumbre de todos los ratings con las argucias de la autocrítica y consolidado así un inédito prestigio social dentro del ciclotímico Olimpo de los periodistas. Neustadt sentía por primera vez el aliento en la nuca y leía entre líneas los mensajes que su ex socio enviaba a distancia.

Grondona había profundizado en esos meses una estrategia que lo despegaba definitivamente de quien le había enseñado los rudimentos de la televisión: "Lejos del poder, cerca de la gente".

Grondona era el pensador independiente. Neustadt debía contentarse con influir sobre el pensamiento de los poderosos.

Bernardo parecía sentir, frente a ese rol que le asignaban, cierta ambigüedad. Por un lado, lo halagaba ser públicamente reconocido como el "ángel vengador" que, desde el balcón-terraza de su casa de Punta del Este, pulverizaba al entorno menemista hablando todos los días por teléfono con el mismísimo presidente de la Nación. Pero por otro lado, lo angustiaba el hecho de quedar

atrapado en la red del oficialismo, mientras su nuevo y temible competidor jugaba a ser el gran fiscal de la cosa pública.

Con esa inconfesable duda aún sin resolver, Bernardo Neustadt me había recibido con un té y dos galletitas de agua en su despacho del segundo piso. Me había narrado algunas anécdotas sobre su vida profesional y había dejado abierta la posibilidad de pactar una serie de entrevistas para un libro del que en ese momento no quería conocer demasiados detalles. Una buena parte de la generación periodística a la que pertenezco había experimentado por ese hombre siempre apremiado, que parecía no escucharme, casi todos los sentimientos que despierta un padre. A los quince años lo observábamos con admiración. A los dieciocho, con encono. A los veinticinco, con desprecio. Y recién a los treinta y tantos estábamos dispuestos a echarle por primera vez una mirada objetiva, sin maniqueísmos ni subestimaciones. Como lo que era: un fenómeno a la Argentina, inventor de sí mismo, creador de un estilo inconfundible que hizo escuela, transformador del periodismo político en espectáculo de masas, dueño de un escenario donde se habían dramatizado durante décadas los conflictos centrales de la política nacional, periodista bajo sospecha de camaleonismo ideológico, operador de las grandes causas del establishment y exitoso empresario que a veces parecía confundir noticia con negocio.

Los encuentros finalmente se habían llevado a cabo durante las mañanas de dos o tres sábados en su mansión de Martínez, con el sol entrando por los grandes ventanales que dan al río y los leños crepitando en la chimenea de su confortable estudio. Bernardo Neustadt había vivido intensamente los avatares del país, y

esa misma vorágine lo había transformado en un hombre de escasa memoria. Curiosamente, solo recordaba con precisión algunas escenas con presidentes civiles y militares, donde él aparecía alternativamente como una víctima, como un héroe o como un mártir.

Había permitido luego, naturalmente, que yo entrevistara a sus amigos políticos y personales. Pero cuando estos iban llamándolo para contarle lo que me habían dicho, su carácter comenzó a transformarse. Una tarde, cuando yo ya tenía concertadas más de ochenta citas con testigos a favor y en contra que aceptaron ayudarme a armar un rompecabezas de medio siglo, Bernardo me preguntó desde su teléfono móvil:

-Mis amigos me dicen que usted da vueltas y vueltas sobre anécdotas que yo ya le conté con bastante detalle. ¿Qué pasa? ¿No me cree a mí?

-Lo que pasa es que usted no es tan memorioso como sus amigos -le respondí con cautela- Y además, tengo el deber profesional de chequear la información.

Algo no funcionaba. Y a ambos lados de la línea se hizo un pesado silencio. Yo seguí con mi investigación y Bernardo con sus programas. Pero el problema que a ambos se nos estaba presentando era grave. La pesquisa periodística me hacía tropezar una y otra vez con hechos que contradecían sus versiones edulcoradas. Y Bernardo Neustadt no había demostrado hasta entonces

tener tiempo para hablar claro ni fuerza como para preguntarme directamente, mirándome a los ojos, qué clase de libro estaba haciendo. Me llegaban, por distintas vías, comentarios de que fantaseaba con que este era, en realidad, un compendio de sus memorias, a pesar de que desde un principio se le había asegurado que no se trataba de una biografía oficial. Neustadt había mantenido conmigo algo que muchos de sus colegas destacan al testimoniar su trabajo en común: cierta tendencia a no escuchar al otro. A colocar, en medio de una conversación, el "piloto automático" y a introducirse en su procelosa vida interior. Una deformación profesional y acaso una paradoja: el comunicador social más importante del país suele cortar, en su vida cotidiana, las líneas de comunicación.

Su terrible temor a ser "traicionado" y mi creciente irritación por la manipulación de su propia historia nos llevaron a un cruce electrizante. Como casi siempre, fue por teléfono. Ocurrió a las 15:30 del miércoles 17 de junio de 1992, y luego nada volvió a ser igual. Bernardo entendió por fin que este sería un libro objetivo, con todos los riesgos que eso le traería. Y que yo no buscaba hacerlo pedazos, sino conocer simplemente la verdad. Pero él no entendía bien cuál era su ganancia en todo esto y decía -a pesar de que en las revistas declaraba lo contrario- no interesarle lo más mínimo ser reconocido profesionalmente por los periodistas.

-Fui exitoso durante más de cuarenta años sin el reconocimiento de la gente que teoriza sobre este oficio -dijo en forma cortante- Aprendí a vivir con la ingratitud.

La conversación fue subiendo de tono y después agonizó. El puente parecía haberse roto y yo no era capaz de discernir si eso era bueno o malo. Un veterano periodista que empezó con Neustadt y que colaboró desinteresadamente con esta investigación, intentó consolarme: "No tenés que hacerte tanto problema porque Bernardo manipule sus recuerdos. Todos, de alguna manera, lo hacemos. Y todo gran personaje tiene derecho a su propia biografía oficial". El punto es que yo no estaba dispuesto a escribirla.

Un poco antes del atardecer de ese día agitado, una secretaria me llamó para decirme que Bernardo me esperaba al día siguiente en La Biela. A las 11:30 en punto. Pero el hombre, maniático

de la puntualidad, había faltado por primera vez a su cita y todo me hacía pensar que intentaba darme, con ese desaire, la última señal del divorcio.

Me equivocaba. Cuando todavía quedaba un poco de café en mi pocillo, Bernardo Neustadt entró por la puerta del frente, cruzó el salón y pidió un teléfono en la barra. Al verme, desistió del llamado y vino hacia mí con las cejas arqueadas.(...)"

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