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Impeachment en Brasil: Por qué puede caer Dilma Rousseff

El presidencialismo de coalición brasileño no tolera la pérdida de poder. Lula y Cardoso sobrevivieron a 48 intentos de impeachment. Ahora, es Dilma Rousseff quien está en la picota, mientras se defiende denunciando un "golpe" en marcha y sale en busca de apoyo externo.

Impeachment en Brasil: Por qué puede caer Dilma Rousseff

El número de la traición es 184. Esa es la cantidad de diputados de fuerzas que llevaron a Dilma Rousseff como candidata a presidenta en 2014 pero que, en el carnaval de discursos del pasado domingo, gritaron "sim" al impeachment. Sólo uno de los ocho partidos originales asociados al Partido de los Trabajadores (PT) se mantuvo leal en un 100 por ciento: el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), con sus diez legisladores en un recinto de 513 bancas.

A esta altura, la coalición oficialista de 2014 agoniza. Y eso es lo que condena a la presidenta de Brasil de antemano. No hay partido que pueda gobernar Brasil en soledad. Pero tampoco el apoyo es incondicional, como quedó claro con la fuga masiva que padece el Gobierno desde que el PMDB, socio mayoritario desde el segundo mandato de Lula, oficializó el divorcio. Y salvo que la alquimia del metalúrgico obre sobre los herejes y cierre la fractura en el Senado, la suerte estará echada para la Presidenta, el Partido y el Gobierno.

"En el escándalo brasileño convergen dos aspectos: de un lado, el unilateralismo del PT que prefirió comprar diputados en vez de dar cargos, como suelen manejarse las alianzas en este modelo, y la crisis fiscal que resintió a los sectores más voraces", comentó a 3 Días el politólogo Vicente Palermo, autor de La alegría y la pasión. Relatos brasileños y argentinos en perspectiva comparada, a partir de sus años en el país vecino.

La variopinta colección de argumentos a favor del la destitución de la Presidenta que se escucharon el domingo, desde Dios y una añoranza golpista a "la tía que me crió" y "los vendedores de seguro de Brasil", solo encuentran razón en las bases del modelo político brasileño. Un presidencialismo de coalición que funciona como un pseudoparlamentarismo con lógica de suma cero, de fuerte impronta federalista y con una legislación electoral lo suficientemente laxa para abrir escaños a fuerzas minúsculas que negocian sus lealtades. Así se llega a situaciones inéditas como el Partido da Mulher Brasileira (PMB) con solo una banca, en manos de un hombre, que votó en contra de la primera mujer presidenta.

Tránsfugas

"Brasil es uno de los países que otorga más poder al primer mandatario desde el punto de vista constitucional, sin embargo, éste aparece como un coloso con pies de barro si nos fijamos en la necesidad que tiene de negociar sus políticas con un Congreso bicameral, en el cual la fragmentación partidaria y la indisciplina habrían sido la regla", sostiene el politólogo colombiano Yann Basset en su paper La reforma política: ¿Asignatura pendiente de Brasil después de Lula?

Aunque el trabajo data de 2012, tiene plena vigencia al describir cuan corrientes son las traiciones legislativas: "El transfuguismo es un rasgo estructural del sistema partidario brasileño".
En la última campaña presidencial, no sólo el PT llevó detrás un enjambre de siglas que hoy se le rebelan. Aecio Neves, el candidato de la socialdemocracia (PSDB), reunió a otros ocho partidos de diverso tamaño en su boleta. Y la tercera candidata en la disputa, Marina Silva, lideró una coalición electoral del PSB más cinco partidos. Los otros ocho contendientes, compitiendo sin alianzas, no superaron el 3,6 por ciento de los votos, entre todos.

Semejante sopa de letras se explica en la particular evolución del sistema de partidos, con fuerzas que se fragmentan y multiplican en el universo político y suenan igual al oído. No en vano, no hay partido centenario en Brasil. El PMDB, como sucesor del Movimiento Democrático Brasileño tolerado por la dictadura de 1964, es el más longevo. El PT recién aparece en 1980 y el PSDB, ocho años después, desprendido del PMDB. Entre las tres fuerzas se reparten hoy el centro ideológico y las mayorías de los votos aunque apenas regentean un tercio de las bancas. El resto se divide entre unos pocos partidos en los extremos y un pelotón de formaciones satélites de credos volátiles.

En consecuencia, la estabilidad sólo resiste mientras se retenga el poder. Y ése es un bien escaso cuando la economía flaquea, como en Brasil. La historia lo prueba: antes que Dilma, Lula enfrentó 34 pedidos de juicio político durante su gobierno, 26 de los cuales se concentraron entre 2005 y 2006, en pleno estallido de otra megacausa de compra de votos en el Congreso por parte del PT, el Mensalao. Ninguno prosperó. Previo a eso, fue Fernando Henrique Cardoso, del PSDB, quien lidió con 14 solicitudes de impeachment, 13 de ellas en el segundo mandato, entre 1999 y 2002. Todas se archivaron.

"El proceso no tiene igual peso cuando hay sintonía entre el momento político dentro del Congreso y las calles", afirmó a la Gazeta do Povo el diputado del PMDB Osmar Serraglio, relator de la comisión parlamentaria que indagó en el Mensalao. Con todo, resulta difícil ver el reflejo de las calles que claman contra la corrupción en una Cámara de Diputados en la que el 60 por ciento de sus miembros tiene cuentas pendientes con la Justicia, de acuerdo a Transparencia Brasil. Y 16 de los 21 conectados al Lava Jato se cuentan entre los "Sim" del domingo último.

Aún el caso del ex presidente Fernando Collor de Melo, en quien muchos proyectan hoy a Dilma, es diferente. "Collor no tenía partido fuerte. Alcanzó una mayoría electoral muy difusa de la mano de una formación débil (el Partido de la Reconstrucción Nacional, PRN) y lo termina volteando el sistema político. Acá hay una confrontación partidaria muy fuerte: no solo quieren sacar a un presidente sino a un partido", destacó Palermo.

Otra diferencia no menor es que a Rousseff se la acusa de un crimen de responsabilidad por el manejo irregular de las cuentas del Estado, redireccionando fondos públicos sin aval del Congreso para financiar programas sociales en plena campaña a la reelección. En 1992, Collor fue acusado de liderar un esquema de corrupción a través del tráfico de influencias a cambio de dinero empresarial. Y eligió renunciar por carta mientras se desarrollaba el impeachment. Tiempo después, el Tribunal Superior Federal cargó toda la responsabilidad en su tesorero prófugo, Paulo César Farías, que apareció muerto en una playa del nordeste brasileño junto a todos sus secretos.

Hoy Collor de Mello es senador, uno de los que decidirá el futuro de Dilma.