Viernes  03 de Noviembre de 2017

Genocidios del siglo XX: por qué las víctimas no se sublevaron

El autor aborda el pasado reciente y más macabro con un análisis histórico del siglo XX. Describe al régimen nazi como una maquinaria de muerte industrializada y cuenta la suerte que corrieron los pocos que optaron por la resistencia.

Genocidios del siglo XX: por qué las víctimas no se sublevaron
A casi ochenta años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial seguimos preguntándonos por qué las víctimas no se sublevaron, no atacaron a sus verdugos. En los hechos resultó imposible. Todos estaban reducidos a condición de animales (o eran ratas, o piojos o cucarachas, según el lenguaje de los victimarios) y el terror los había empequeñecido. Eran víctimas del rigor de un régimen totalitario que se reducía a una maquinaria de muerte industrializada.

Toda la persecución y el final fue una especie de línea de montaje industrial en la que el producto acabado era un gaseado más, luego transformado en cenizas que se arrojaban a los ríos o a los caminos.

Llegó un momento en que ni los judíos, ni los gitanos, ni los homosexuales, ni los Testigos de Jehová, ni los opositores políticos, ni los prisioneros polacos, checos, austríacos, griegos, italianos y rusos, ya instalados en los trenes rumbo a los campos de concentración, desconocían que al término de las vías los esperaba la muerte. Salvo que eligieran encontrarse con otro tipo de muerte, arrojándose a las alambradas eléctricas que cercaban los campos (Lager) o atacando deliberadamente a una patrulla de soldados. Cada uno podía seleccionar cómo llegar a su final, aunque no hubiera demasiadas oportunidades para que el desenlace fuera otro.

Solo en pocos sitios hubo rebeliones, a cargo de hombres que elegían vivir o morir a su manera. Hubo dos ejemplos históricos en los que hombres y mujeres decidieron luchar antes de entregarse. El paradigma es la rebelión del gueto de Varsovia. El otro se dio en Lituania.

Entre el 12 de julio y el 12 de septiembre de 1942, las distintas fuerzas militares y policiales alemanas comenzaron a deportar de Varsovia a doscientos sesenta y cinco mil judíos al campo de exterminio de Treblinka, mientras once mil quinientos ochenta de ellos fueron llevados a campos de trabajos forzados. Había dos tipos de campos: unos para matar sin miramientos y otros para hacer trabajar a los presos hasta la extenuación juntando piedras, arreglando vías ferroviarias o construyendo muros. En ambos casos, más tarde o más temprano, el destino era la muerte. Incluso los que quedaban en Varsovia seguían muriendo por epidemias y hambre. Durante el proceso de deportación, en medio de la movilización y las operaciones del cargamento humano, alemanes y tropas auxiliares (ucranianos, lituanos y de otros orígenes) asesinaron a diez mil judíos a la vista de todos.

Un recuento rápido de las víctimas confirmó que habían quedado aún en el gueto treinta y cinco mil judíos y otros veinte mil estaban escondidos en sótanos, alcantarillas o pozos. Ellos, los acosados, sabían que les quedaba poco tiempo de vida, que vendrían por ellos y que tendrían el mismo destino aciago de los que habían partido.

El 28 de julio de 1942 varias organizaciones judías clandestinas crearon una unidad de autodefensa conocida como Organización Judía de Combate, el ZOB (Zydowska Organizacja Bojowa). La conformaban apenas unos quinientos hombres. Sus dirigentes eran jóvenes, no mayores de 23 o 24 años, de ideología sionista, sionistas de izquierda, socialistas del Bund (que era la Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, sin ser sionistas ni centralistas soviéticos) y comunistas. A su vez, el partido revisionista de derecha sionista, conocido como Betar formó la Unión Militar Judía (Zydowski Zwiazek Wojskowy o ZZW). Entre las dos agrupaciones, llegaban a setecientos cincuenta resistentes.

El Ejército Nacional y el Movimiento Clandestino Militar Polaco, desde el exterior, proveían armas (pistolas y explosivos) pero después dejaron de hacerlo o no pudieron establecer contactos. El 18 de enero de 1943, los alemanes volvieron a intentar deportaciones masivas, es decir, cargar los trenes con sus futuras víctimas desde Varsovia. Los judíos armados simularon seguir las indicaciones hasta que de pronto rompieron filas y atacaron a sus escoltas alemanes; cuando se vieron sobrepasados, los nazis desarticularon la revuelta.

Heinrich Himmler, el organizador de los campos y jefe de policía de Hitler, estaba furioso. Así es que el 16 de febrero de 1943 decidió que el gueto tenía que ser destruido no solo como asentamiento humano, sino como lugar físico. Ese vecindario de Varsovia, según sus palabras, no tenía ningún valor para la raza superior. La resistencia continuó igualmente con la construcción de búnkeres y albergues especiales para lo que luego se llamaría la guerra judío-alemana, que causó admiración en el mundo.

A mediados de abril, los alemanes entraron al gueto creyendo que ya no habría revueltas, pero fueron sorprendidos por miembros del ZOB, al mando de Mordejai Anielewicz. Los sublevados tenían la intención de matar a todo hombre de gris (el uniforme alemán) que encontraran a su paso. Mataron a más de treinta soldados. Hubo francotiradores y cócteles molotov para organizar esta primera defensa. Algunos quisieron capitalizarla y escalaron los edificios más altos para izar banderas, la polaca y la judía, el águila blanca y la estrella de David.

Los alemanes debieron retroceder. Pero desde el exterior atacaron los establecimientos judíos, casa por casa, barrio por barrio, reduciendo todo a escombros. Asesinaron a Anielewicz y su guardia armada (otra historia habla de un suicidio). El gueto quedó en ruinas. Los soldados alemanes terminaron sus faenas matando a los enfermos y heridos internados en el hospital.

El 23 de abril de 1943, los alemanes comenzaron a incendiar con lanzallamas casas y búnkeres. La rebelión estaba controlada pero no aniquilada. Los prisioneros resistían: Queríamos morir de un tiro y no quemados, confesaría luego uno de los sobrevivientes.

Si bien los alemanes sofocaron la revuelta, no pudieron acabar con ella en el tiempo que pensaban. Habían creído que lo harían en una semana pero demoraron un mes. En ese tiempo, aniquilaron a setecientas personas armadas y se llevaron a los que habían quedado con vida, aproximadamente cuarenta y dos mil personas, al campo de Majdanek y a otros campos de trabajos forzados.

Sin saberlo, los varsovianos dieron el ejemplo. A los meses de esta rebelión, más precisamente el 13 de octubre de 1943, Sacha Pecherski, un músico oficial entrenado del Ejército Rojo dirigió una revuelta en el campo de concentración de Sobibor, un matadero dirigido a la aniquilación de los prisioneros. Aquí los soldados rusos capturados se mezclaron con los judíos por un error de los nazis y crearon un movimiento clandestino que reclutó a quinientos cincuenta judíos. El objetivo era escapar. Se descartaron los planes que incluyesen excavar largos túneles. La mejor opción, se concluyó, sería asesinar sigilosamente al mayor número de alemanes y ucranianos al servicio de los nazis a lo largo de una hora. Sus armas eran hachas, cuchillos caseros realizados en los talleres de carpintería y herrería. Se sabía que debían contar con la ayuda de algún Kapo (los privilegiados dentro del campo). El éxito consistía en la rapidez de los movimientos y en el número de nazis asesinados, la cantidad de armas capturadas en un asalto a la armería, la muerte de los guardias externos y la anulación de los que controlaban desde las torretas de vigilancia.

Desde las cuatro de la tarde fue asesinado un alemán cada seis minutos. Se distribuyeron armas entre todos los prisioneros. Fueron descubiertos, pero emprendieron la fuga por todo rincón posible para huir hacia el bosque aledaño. Muchos murieron en la batalla, otros fueron capturados y asesinados de inmediato. Solo cincuenta y tres de ellos sobrevivieron a la Segunda Guerra.

Atrás dejaron lo que sería la venganza alemana: los victimarios liquidaron con gas y hornos crematorios a doscientos cincuenta mil prisioneros judíos y no judíos. En noviembre del mismo año, mataron a cuarenta y tres mil judíos más en tan solo seis días. (...).

Periodista e historiador

Daniel Muchnik es periodista, escritor y licenciado en Historia. Reconocido analista especializado en temas económicos, políticos y sociales, formó parte de varias redacciones de los medios gráficos más importantes del país desde 1965, donde ocupó cargos de jeraquía en múltiples oportunidades.

Fue columnista y conductor de programas de radio y televisión. Docente universitario, ha escrito, desde 1978, veinticuatro libros sobre distintos problemas históricos y contemporáneos. Recibió el Premio Konex a la Comunicación (1987), el Premio Konex de Platino en la categoría Análisis Económico (2007) y el Premio ADEPA (1997).

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