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Falta un ancla que actúe sobre las expectativas

Luego de casi una década de tasas de inflación superiores al 20% anual, Argentina enfrenta un gran desafío para bajarla a un dígito. La sabiduría popular parece establecer que la inflación es el resultado de una abultada emisión monetaria para financiar el déficit fiscal y que la solución pasa simplemente por reducir ese déficit. Muerto el perro se acabó la rabia. Sin embargo, en general, la inflación es un fenómeno complejo en el que hay factores que la disparan (como déficit fiscal o políticas de estimulo del empleo) y otros factores, principalmente las expectativas de inflación, que la mantienen viva, lo que se conoce como inercia inflacionaria.

Un plan anti-inflacionario necesita actuar sobre ambos factores. Por un lado, es importante asegurarse que la economía tenga buenos fundamentals, lo que en la práctica implica que el déficit fiscal se pueda financiar con deuda y no con emisión monetaria y que el Banco Central no mantenga una tasa de interés que sea negativa en términos reales que pueda llevar a un exceso de demanda. Pero tan o más importante es la inclusión de un ancla que actúe directamente sobre la inercia y las expectativas inflacionarias. Entre las opciones están las anclas nominales que en el pasado han tenido resultados pobres, como el tipo de cambio o la cantidad de dinero. Alternativamente, una propuesta innovadora sería utilizar como ancla el crecimiento nominal del gasto público, algo que le debería gustar tanto a los fiscalistas como a los keynesianos.


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