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Entre la playa y el desierto

En el nordeste brasilero, a 70 kilómetros de la ciudad de Natal, las playas de Tibau do Sul se estiran con un mar cálido poblado de delfines, entre inmensas dunas de arena fina y un pueblo de pescadores de genuina rutina.

El pequeño municipio de Tibau do Sul está ubicado en el extremo nordeste del país, a 70 kilómetros de Natal, la ciudad de menor población de este sector. Es en realidad una villa posada junto al mar, que vive de sus frutos y de los cultivos de la tierra, levantada principalmente en madera y acostumbrada al aroma salado del agua, desde donde no sólo llega la principal fuente de ingreso, sino también las leyendas que relatan los cuentos y las fantasías populares. Ante los ojos de los viajeros se presenta en una secuencia de playas vírgenes como santuarios ecológicos, con posadas que se montan a modo de balcones a varios metros de altura.

Al atardecer el sol abraza la arena y algunos modestos barcos parten para Baia dos Golfinhos (bahía de los delfines), donde los mamíferos demuestran con soltura, en un ambiente absolutamente natural y sin peticiones de nadie, aquellas habilidades que hicieron famosos a sus pares academizados de Orlando. Otras embarcaciones algo más provistas de infraestructura llegan hasta la piedra que otorga el sobrenombre de Praia da Pipa a toda esta zona. Costeando el golfo hacia el norte, Praia do Curral ofrece la más agreste de las escenas, especialmente si se llega hasta allí por agua. Aquí las dunas empiezan a ganar altura e interminables montañas de arena son el destino para los buggys que se agitan resbalando en las laderas. Los motores se detienen en las cumbres, entre las palmeras, y dejan contemplar las panorámicas más inquietantes del golfo encerrando al pueblo y sus playas.

Cuando cae el sol, la imagen siempre mentada en las películas del horizonte naranja y el galope de los caballos en la orilla es quizá la más tentadora de las opciones en los llanos que se estiran hacia el sur del pueblo. Alguna caipirinha en los puestos que reposan en la arena es otro placer típico que cualquiera puede darse por unos pocos reales.

Cae el sol

Temprano anochece en el estado de Rio Grande do Norte que empieza a iluminarse a fuerza de farolas. Hoy más que nunca las calles ofrecen un murmullo constante y la gente se mezcla bajo las palmeras de la Plaza Pública en comentarios de rutina, en sonrisas, y por qué no, en vasos de cachaça, pura y fuerte, como más les gusta tomarla. Santo Antonio, una reunión que cumple con el agradecimiento a quien cuida de los pescadores, deviene en fiesta carente de solemnidades, suelta, con el pueblo entero bailando el forró en saltos pequeños y rápidos, y esa gracia natural de quienes se dice, llevan la música en el cuerpo. Van a permanecer allí hasta ver las primeras luces del alba, y entonces aquellos que trabajen con las redes dejarán la Plaza Pública y volverán al lugar donde pasan la mayor parte de sus vidas: el mar.