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"En la Quinta el poder político juega a sus anchas, ante menos testigos"

La periodista Soledad Vallejos acaba de publicar Olivos, una biografía de la residencia presidencial que deja en evidencia que ese lugar es algo más que "la casa de los presidentes". Es, más bien, una "pequeña representación del Estado". Para la autora, se trata de "la contracara de la Casa de Gobierno", porque ofrece otras reglas para la gestión del poder.

Olivos es una biografía, pero su protagonista no es una persona sino un lugar: la quinta presidencial o, como queda planteado en el libro, "la contracara de la Casa Rosada". Si bien el primer presidente que vivió allí fue Pedro Eugenio Aramburu, se trata de un espacio por el que pasó buena parte de la historia argentina, incluso antes de aquella mudanza. Por eso su autora, la periodista Soledad Vallejos, se encargó de escribirlo de forma tal que el lector no terminara asociándola con un presidente en particular.

"Me gusta mucho leer historia y estaba buscando algo sobre la Quinta, pero no encontraba. Después me puse a chusmerar un poco de archivo periodístico, y me di cuenta de que tampoco había mucho", dice Vallejos. Y así fue que se embarcó en la escritura de este libro, que narra la historia de un espacio al que define como una "pequeña representación del Estado argentino". En un mano a mano con 3Días, la autora da algunos detalles sobre lo que compiló de aquel lugar en el que "siempre pasan cosas" y su percepción sobre aquello de lo que "todos hablan pero pocos conocen".

- ¿Por qué Aramburu decide mudarse a la Quinta de Olivos?

-Tengo hipótesis, porque no hay un papel que diga: "A partir de hoy todos los presidentes de la Nación tal cosa". La Libertadora derroca al peronismo a sangre y fuego, literalmente, con bombardeos. Hay una locura de violencia política muy intensa en ese momento. En medio de todo eso, uno de los objetivos de la Revolución Libertadora era borrar absolutamente todo rastro de peronismo, empezando por el nombre del partido, prohibir que se mencionara a Perón y ese tipo de cosas. Y, en la volteada, cayó la que se usaba como residencia presidencial, que quedaba dentro de la Capital Federal: el Palacio Unzué, donde está hoy la Biblioteca Nacional. Perón y Evita habían vivido ahí; Evita murió ahí. Y Aramburu no quería vivir en el mismo lugar que él. Entonces, de movida, lo que hace es decidir no vivir ahí y se va a Olivos. Y, además, ordenan demoler el Palacio Unzué. Tiene que ver con esa cosa de peronismo-antiperonismo, y Aramburu lo resuelve por eso. No hay un papel que lo diga, pero es clarísimo.

- Después de leer el libro, uno se da cuenta de que, detrás de esos muros, hay mucho más que una residencia presidencial. Hablás del cine, de la capilla, además de que trabajan unas 100 personas. ¿Cómo definís a la Quinta?

-Para empezar, es esto que decís, es mucho más que la casa de los presidentes. En algún punto, es una pequeña representación del Estado argentino, si pensás que tenés, obviamente, la sede del poder civil: el chalet y las oficinas de jefatura, donde trabaja gente de la gestión cuando el presidente decide trabajar ahí, y no en Casa de Gobierno. Tenés una representación militar, porque hay un destacamento de granaderos. También tenés una representación de la Iglesia, que es la capilla. Las idas y vueltas que hubo con esa capilla a lo largo del siglo XX, en particular desde el retorno de la democracia, hablan mucho de lo difícil y cambiante que es la relación entre el Estado argentino y la Iglesia Católica. Y después, tenés a los empleados estatales, que es una cosa muy particular. En la Quinta, los empleados -salvo los vinculados a la gestión, los funcionarios políticos y el intendente, que es una persona de confianza del presidente-, son del Estado, comunes. Si se mandan una macana, hay una interna o pasa algo, los destinan a otra sede, quedan expulsados de ese lugar que sienten como de privilegio. Algo para mímuy interesante fue encontrar empleados que llevan ahí30, 40 años. Para ellos, la Quinta es su vida, y es un tipo de empleado estatal que históricamente ya casi no encontramos. Ellos sienten orgullo de ser trabajadores del Estado, de estar en un espacio donde ven pasar la historia, porque vieron a un montón de presidentes, y con todos tienen un vínculo profesional. Pero se sienten partícipes de eso. Y, a la vez, por ejemplo, los empleados del Estado no tienen convenio de confidencialidad. Aún cuando trabajen en la Quinta y, sin embargo, ellos mismos se ponen los límites de lo que pueden contar o no, porque son conscientes de dónde laburan.

- Decís que lo que pasa allí es historia argentina. ¿Qué hechos te parecen más relevantes?

-Es muy difícil, porque es un siglo y pico. Pero los muros mismos hablan de la historia argentina; se levantan en la época del gobierno de Isabel. Hasta entonces, había ligustro, alambrado, era como una quinta común. Ahí tenés un problema de seguridad, violencia, la guerrilla, la Triple A. También la cripta (N.del.R: de Evita y Perón), habla de esa época. O lo que pasó la noche del 19 de diciembre de 2001, después de que (Fernando) de la Rúa decretara el estado de sitio y se fuera a dormir, y la Quinta casi es invadida; así de grave era la situación. Me cuesta elegir, porque hay muchos episodios en el libro, y me parece que todos están contando algo.

- Planteás que la Quinta sería como la contracara de la Casa Rosada. ¿Por qué?

-Porque es un lugar donde el poder político juega, campea un poquito más a sus anchas, ante menos testigos. En Casa Rosada tenés la sala de prensa y los acreditados. Un acreditado de Casa de Gobierno puede ir y venir por los pasillos -salvo hace poco que los restringieron y hubo problemas-. Van y vienen, conocen a los funcionarios y el movimiento del lugar. Estás ahí, porque es tu trabajo, y sabés cómo funciona. Y cuando pasa algo distinto, lo registrás. En Olivos eso no sucede, porque no podés pasar. Incluso en los 90, que hubo bastantes acreditados en la salita de prensa. Pero la sala tiene una puerta, con llave, y si no te la abren, no podés pasar al resto de la Quinta. Y está todo mucho más bajo control. Entonces, el periodismo está más inhibido de lo que pasa. Además, la Quinta siempre te ofrece una privacidad que Casa de Gobierno no, más allá de la prensa. Por ejemplo, hay una entrada mucho más discreta. En general, la gente pasa por la entrada de Villate, donde quedás registrado, saben a quién vas a ver, hay un scanner, te dan el Ok si no no podés pasar. Pero también hay otra entrada mucho más discreta. Hablé con colegas que fueron a hacer off a la Quinta y pasaron por ahí, y no queda registro. Y, si pasa con colegas, hay todo tipo de reuniones, ¿no? Y, entonces, es otro modo de gestionar el poder político, no es que no se pueda en otro lugar, pero te da otras reglas.

- Para armar el libro hablaste con algunas de esas 100 personas que trabajan allí. ¿Qué te contaron de los Macri y de los Kirchner?

-Lo que me contaron está en el libro. Una de mis premisas cuando hacía el libro, y que les aclaraba a los entrevistados -en parte porque eso vencía resistencias- era: "No me importa el cajón de la ropa interior del presidente, busco otra cosa". Me contaron, por ejemplo, diferencias de trato. Con los Kirchner la relación siempre fue mucho más distante. Pero hay que pensar lo siguiente: hay que vivir en un lugar donde hay 100 personas dando vueltas todo el tiempo. Los Kirchner, por ejemplo, pedían que nadie les hablara cuando andaban por el parque; en lo posible, no cruzarse con gente. Algo que es muy difícil, porque en el parque tenés todo el tiempo guardias móviles y guardias fijas, el señor de fajina, con armas largas, parado en el rincón. Y ellos no querían ver, ni que nadie les hablara; trataban de mantener esa distancia.

- Y de los Macri, ¿qué te contaron?

-Los Macri eso no lo plantean, pero hicieron otra cosa en función de resguardar la privacidad, recordemos que tienen una nena muy chiquita y que es una familia joven. En el chalet, por ejemplo, recuperaron la cocina que Menem había sacado a un pabellón exterior, en un costadito del chalet, porque le molestaba el ruido de la radio. Ahora, esa cocina está dentro de la casa, es de uso exclusivo de la familia. No tienen empleado ahí. Es una forma de resguardar la privacidad. No están pidiendo: "No me hable nadie, pero acá no quiero a nadie". Todos van buscando algún modo de resguardarse, porque debe ser muy difícil estar viviendo ahí. Por más que la gente sea discreta, siempre hay alguien.

Pasan cosas

La residencia presidencial es un lugar donde con mayor o menor visibilidad "siempre pasan cosas", dice Soledad Vallejos. Por ejemplo, allí Agustín P. Justo montó una colonia infantil para los sectores más vulnerables, que le sirvió para demostrar la "modernidad" del Estado, no sólo por sus instalaciones, sino también porque allí muchos chicos practicaron, por primera vez, deporte, algo que en ese entonces era "un privilegio de los niños ricos". También tuvo lugar el club para las chicas de la UES, durante el gobierno de Perón. Y fue el lugar que eligió Isabelita para exhibir la cripta con los restos de Eva y Perón, además de haber sido el escenario elegido por la hija de Illia para casarse.

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