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El suicidio que se convirtió en leyenda

El suicidio que se convirtió en leyenda

Era mediados de febrero. Hacía calor en Buenos Aires y el aire se sentía pesado, húmedo, sofocante para esa hora del día. Beatriz miró el reloj. Marcaba las 9. Aceleró el paso porque se le hacía tarde. Todavía debía terminar con los rituales cotidianos de la casa para luego emprender la jornada laboral. Era una mañana como cualquier otra.


El teléfono de línea sonó estridente y la sobresaltó. Nunca recibía llamados tan temprano. No sabía que, al atenderlo, todo lo que tenía previsto hacer en el futuro cercano iba a cambiar drásticamente. En un primer momento pensó en no responder. Si es una urgencia, que me llamen al celular, pensó. Pero la curiosidad pudo más.


-Le hablo de parte de una persona que la quiere mucho y que usted quiere mucho -le dijo una voz masculina.
-¿De quién? ¿Pasó algo? —preguntó Beatriz presa de la inquietud.
-Tranquila, no pasó nada, simplemente esta persona la quiere ver y tiene una propuesta para usted. ¿Le interesa escucharla?
-Sí, por supuesto.
-Tendría que viajar a Gualeguaychú en dos días para almorzar con esta persona. Pero hay una condición.
-¿Cuál?
-Nadie se puede enterar de este llamado y mucho menos de su viaje.
-Entendido.
-Tiene 24 horas para pensarlo y dar una respuesta. La volveré a llamar a esta misma hora.


Beatriz quedó entre impactada y asombrada. ¿Quién la buscaba? ¿Quién estaba detrás de ese misterioso llamado? ¿Para qué? En pocos segundos supo la respuesta: «Es Negrín», dijo en voz alta, como solía hacer cuando sentía que había llegado a alguna conclusión. Pero no. Enseguida cambió de opinión: «Estas son cosas de Susana Ballesteros»,se corrigió Beatriz, nuevamente en voz alta.


La intriga la carcomía por dentro. Se moría de ganas de llamar a sus amigas para contarles, para pedirles que la ayudaran a armar el rompecabezas que por ahora tenía muy pocas piezas. Pero debíacontrolar su ansiedad. (...) Si faltaba a su palabra, lo más probable era que todo quedara en la nada y que ese encuentro propuesto no se concretara. Y si eso ocurría, jamás sabría de qué se trataba.


Se había comprometido a no decir nada y no diría nada. Lo mejor era seguir con su vida habitual. Aunque concentrarse en otra cosa se pondría difícil. Todavía le repiqueteaba en los oídos la propuesta que le habían formulado. En la razón buscó el consuelo: en menos de 24 horas tendría más información.

A la hora señalada

Esta vez, la campanilla no la iba a sobresaltar porque Beatriz, que apenas había pegado un ojo en toda la noche, estaba sentada al lado del teléfono esperando el llamado prometido. Exactamente a la misma hora, la misma voz.
-¿Ya lo pensó? -dijo.
-Sí, ¿cuándo tengo que viajar? -se mostró segura Beatriz.
-En dos días. Tiene que ir en colectivo a Gualeguaychú y llegar alrededor de las 13. Tiene que bajarse en la intersección de las rutas 14 y 16. Ahí la van a estar esperando. No entre al pueblo.
-Entendido.
-Y recuerde que la condición es que nadie se entere.
-Nadie se va a enterar.
Sin despedirse, el hombre cortó la segunda comunicación telefónica.


Beatriz se quedó un buen rato sentada, inmóvil, con el teléfono sobre sus piernas. Estaba en shock. Tenía mucho por hacer pero, como le solía pasar en estos casos, no sabía por dónde empezar. Primero estaba lo primero: conseguir el pasaje. Una vez resuelto ese tema, todo lo demás se acomodaría naturalmente. Y así fue.


El micro salió de Retiro a las 9.40. Iba a llegar con el tiempo justo para acudir a la cita. Durante el viaje trató de leer, de escribiry de dormir. Pero nada. El mejor plan fue abstraerse, mirar por la ventanilla, recorrer con los ojos el paisaje tan familiar. Muchas veces había hecho ese viaje entre Buenos Aires y Gualeguaychú.


(...) Tal como estaba previsto, el micro se detuvo en la intersección de las dos rutas que le habían indicado. Beatriz seguía las instrucciones al pie de la letra. Bajó con su bolso de mano y la cartera. Miró hacia ambos lados. Una camioneta enorme, moderna, ostentosa, la esperaba al otro lado de la ruta. Sabía perfectamente que en el interior estaba la persona con la que se debía encontrar.


Mientras avanzaba hacia la camioneta a paso firme, se abrió la puerta del lado del conductor y vio a su hermano.
«El sol estaba a pleno en ese mediodía de verano. No podía creer lo que estaba sucediendo. Cuando lo vi, por poco me caigo. Era él. Alfredo, el compañero de juegos de la infancia, de remontar barriletes, de fabricar los helados. Vestido de sport y en zapatillas, buen mozo, como siempre, con su sonrisa de siempre. Uno estaba, o se sentía tan lejos de él, que jamás se me hubiera cruzado por la cabeza que él vendría a mí. Nos fundimos en un abrazo, fuerte, interminable, eterno».

Decisión tomada

Yabrán ya llevaba cinco días prófugo de la justicia y hacía casi 15 que se había instalado en la estancia San Ignacio, a donde llegó el 7 de mayo con la idea de quedarse «para siempre», tal como le había manifestado en el último tiempo al matrimonio Aristimuño,los caseros del lugar y personas de máxima confianza, quienes además fueron sus únicos compañeros confiables en los últimos días de su vida.


El suicidio ya estaba decidido. No encontraba otra opción. No había otra salida. Su compleja personalidad sólo podía tolerar una resolución drástica, cargada de dramatismo. Era un hombre acostumbrado a tomar decisiones y a manejar en soledad su destino y el de las personas que lo rodeaban. Someterse a la justicia y a losdesignios de otros hombres no estaba dentro de los parámetros de su vida. Sentía que su ADN era diferente al de los seres comunes y corrientes. Se creía especial. No podía concebir la idea de ir preso y estaba seguro de que en la cárcel lo iban a asesinar. Ya se lo había dicho a varios de sus allegados: «Una vez adentro, me matan».


Estaba acorralado, cercado. Y cargaba con el peso de saber que cada minuto que pasaba le arruinaba un poco más la vida a la familia, en especial a su esposa María Cristina Pérez y a sus hijos Pablo, Mariano y Melina. (...) Esa era su mayor preocupación. No quería que su mujer y sus hijos, especialmente Meli, la preferida, la princesita; lo vieran con las esposas puestas, con la cabeza tapada por esas camperas azules de la policía, subido a un patrullero con la mirada perdida, arrastrado vilmente hasta la cárcel.


En esta ocasión había quedado solo. Era consciente de que ya no contaba con el apoyo político que le había permitido construir su imperio de poder e impunidad. Poder e impunidad. Dos palabras que para Alfredo Yabrán se habían convertido en sinónimos.


Ese, tal vez, fue su gran error. No lo eran. Finalmente, lo había comprendido. Aunque ya era demasiado tarde. Para él, seguro. Pero no para su familia. «Tener poder es tener impunidad», decía Yabrán . Era una de sus frases de cabecera. Incluso había quedado grabada en la opinión pública cuando la repitió en una de las pocas entrevistas que concedió para la televisión, al programa Hora clave que conducía Mariano Grondona por Canal 9. Para muchos pudo ser una frase de ocasión, pero en su caso expresaba exactamente la forma con la que se manejaba en la vida.


Yabrán suponía que estaba tocado por una varita mágica. Y que todo lo que rozaba se convertía en oro. Pero un día, de la noche a la mañana, se acabó lo que se daba. El poder político, su principal socio durante 30 años, le había soltado la mano. La impunidad se había terminado. El poder ya no alcanzaba. Y Yabrán no concebía la vida sin poder. Y menos sin impunidad. No sabía vivir de otra forma.Pese a todo, tres días antes de pegarse el escopetazo en la boca, intentó un último acercamiento con ese poder que lo había contenido y soportado durante años. Fue el último manotazo. Queríasaber si había alguna posibilidad de salvar algo. De hacer un control de daños. Pero fue en vano. El mensajero que había enviado con una propuesta que pensaba razonable, volvió con las manos vacías. Y ahí entendió que había jugado la última ficha. Ya no había más. Supo que el final había llegado. Era cuestión de horas. Lo habían dejado solo, a merced de su propio destino.

Las últimas horas

¿Cuánto tiempo podía demorar la policía en llegar hasta San Ignacio?
Estaba claro que Yabrán no era un hombre que se escapaba.
Nadie que pretendiese huir se escondería en una de sus principales propiedades, en un lugar vigilado. La Justicia le seguía los pasos de cerca. Ya habían pedido su captura. Y el hombre más buscado del país, el que estaba en la tapa de todos los diarios, había decidido recluirse en una finca que estaba justo al lado de la casa del jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy.Tal vez ésa fue su última provocación, el último desafío (...)"

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