EL PA S QUE SOÑÓ TOM S BULAT

El mito de los líderes fuertes

Antes de dejarnos, Tomás Bulat escribió éste y otros textos que recopiló su familia para publicarlos en "Estamos como somos", su libro de aparición reciente. Aquí planteó, con su estilo único, la contradicción entre líderes fuertes e instituciones débiles

La Argentina no es un país normal, y por eso vivir acá es tan complicado. Todo lo que nos pasa ahora ya pasó antes, más de una vez. No es nada nuevo.Y eso no es lo peor. Todos los que tenemos más de 40 años sabemos que va a volver a pasar. Las generaciones más jóvenes sienten que todo lo que ocurre es una novedad, y muchos de ellos se asombran, pero los que tenemos más experiencia ya lo vivimos. Son películas repetidas.

Una de esas películas repetidísimas que los argentinos no nos cansamos de ver, una y otra vez, es el líder fuerte y poderoso que nos salva del desastre. En la Argentina escuchamos hablar todos los días del peronismo, el kirchnerismo, el menemismo, el alfonsinismo. Estamos tan acostumbrados a pensar en términos de los hombres y mujeres que guían nuestros destinos que no nos damos cuenta de que, en realidad, este hábito nuestro es algo muy extraño.

¿Acaso escuchas, hablar de la misma forma de obamismo, clintonismo,merkelismo,berluconismo, o bushismo?

Esperando al mesías

En la política argentina abundan, más bien sobran, los "ismos". Estamos rodeados de movimientos creados en torno a los líderes políticos. De hecho, no es raro que en las oficinas de los funcionarios del Estado haya una foto gigante de uno o dos líderes políticos. Esto no pasa en otros sectores. ¿Cuántas veces viste en la oficina de un gerente de banco la foto de su jefe junto a la de San Martín, o en la caja registradora, inspirando a la cajera del supermercado, la foto del dueño de la empresa?

Pasa que en la Argentina tenemos una tradición bastante mesiánica. O sea, tenemos la ilusión de que un líder fuerte nos va a llevar hacia un país mejor.

En gran medida, esta idea es una consecuencia directa de la frustración que viene con el mito de que la Argentina es un país rico. Porque si somos ricos y estamos condenados al éxito, queremos los resultados ya.

No creemos que haya que invertir tiempo para lograrlos. No tenemos paciencia. Por eso, a la primera de cambio preferimos poner nuestro futuro en manos de dirigentes que suelen hacernos promesas delirantes, en lugar de laburar para construir con esfuerzo y paciencia las instituciones que cualquier país normal necesita. Y si la Argentina es efectivamente un país rico, ¿por qué no nos encontramos disfrutando de nuestra riqueza en este preciso momento, en lugar de estar contando los pesos que necesitamos para llegar a fin de año y los dólares que querríamos comprar para ahorrar?

Lo cierto es que la Argentina no es pobre, pero tampoco se comporta como una economía rica. El problema es que la realidad que vivimos no se condice con el mito en que creemos. Esto abre la puerta a que nos entreguemos casi ciegamente a líderes muy fuertes, que nos marcan la cancha y nos dicen cómo llegar más rápido al éxito al que estamos condenados para ser al fin la potencia que nos merecemos ser. Pero nada es gratis. Los liderazgos fuertes viven a costa de instituciones débiles. Este es un gran juego de la suma cero. Lo que gana uno, lo perdemos los demás.

Todas las instituciones, sean formales, culturales o sociales, ordenan la vida de las personas y reducen la discrecionalidad de los gobernantes. Esto es lo que nos permite hacer negocios, que los empresarios contraten gente, que saquemos una hipoteca, se construyan casas y haya inversiones. Cualquiera de estas cosas, en general, tiene un riesgo y un beneficio potencial que lo compensa, como todo en la vida. Es obvio que poner un negocio es riesgoso. Puede salir mal y el que se embarcó en él puede perder la plata y el tiempo que invirtió. Un productor agropecuario puede ganar menos de lo que había calculado si el precio de la soja cae. Un productor de vinos tiene en mente que la gente puede preferir tomar más cerveza en verano o que el marketing de la competencia puede sacarles clientes. Todo en la vida tiene un riesgo pero la idea, en un país normal, es que esos riesgos sean lo más bajos posible. Para eso están las instituciones.

El secreto de mi éxito

La Constitución argentina se escribió pensando en que nadie tuviera nunca los tres poderes en sus manos, ni gozara de facultades extraordinarias o reuniera la suma del poder público. Para ello no había otra opción que tener instituciones pero nuestra historia fue bastante diferente. Ahora, ¿esto es resultado de que los argentinos elegimos mal porque no aprendemos nunca, o hay algo en el sistema que nos estimula a acumular personalismos? Dicen que el sistema político y electoral argentino es algo así como la fórmula mágica de la concentración de poder. Si a eso le agregamos una buena ración de ciclos económicos de grandes euforias y grandes bajones que requieren medidas de emergencia, la receta es imbatible. Winner takes it all. El espíritu fundacional al palo. O sea, los argentinos somos un poco de malas elecciones y un poco de malos incentivos del sistema.

Por eso, cada vez que alguien asume el gobierno en la Argentina se cree el dueño del país, cree que puede fundarlo desde cero y lo termina fundiendo. Repasá, si creés que exagero, cuántos líderes y sus respectivos "ismos" tuvimos en los últimos treinta años. Y cuando termines de contar, decime si la película que vemos hoy no es recontra vieja. Hay un costo, claro, porque siempre hay costos en todo lo que hacemos. Pero los argentinos, que creemos en nuestro destino de grandeza hagamos lo que hagamos, aceptamos como un mal menor que los líderes sean extraordinariamente poderosos. Quizá creemos que las políticas de Estado son un tecnicismo que no capta nuestro espíritu ganador. O que no hay tiempo de pensar en los próximos 30 años porque la vida hay que vivirla ya. La cuestión es que necesitamos resultados instantáneos porque no podemos esperar. Pero lamento decirte que un país se cocina a fuego lento o se quema.

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