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El hombre que inspiró a Macri a hablar de unión

Esta biografía de Mandela, del inglés John Carlin, está entre los libros favoritos del primer mandatario. El Presidente no sólo recomienda su lectura a los funcionarios sino que el texto lo alentó a lanzar su objetivo de "unir a los argentinos". Aquí, un fragmento.

Alzar un puño supone un gesto desafiante; levantar los dos es un acto de celebración. Cuando salió de la cárcel, Mandela solo alzó uno. Cinco años y medio más tarde, tras ganar la batalla real, levantaría los dos. Comenzó su cruzada encarnando las aspiraciones de un sector de la nación con mayor división racial del mundo; cuando la completó, era reconocido unánimemente como líder de todas las razas. En ese momento triunfal había un gigante afrikáner rubio junto a él que simbolizaba el día en que Sudáfrica por fin se convertía en un solo país. Ese hombre blanco era François Pienaar, capitán del equipo de rugby sudafricano, los Springboks. Aquel día se había despertado como el capitán de todos los afrikáners, un líder espiritual para un pueblo en el que el rugby es una religión, el individuo en el que ponían su fe, esperanza y orgullo colectivos. Al término de ese día, el 24 de junio de 1995, era un héroe más grande si cabe, pero cedía el cetro del liderazgo indiscutido a Mandela. El estadio de rugby de Johanesburgo Ellis Park, una catedral en la que hasta ese momento solo rendían culto los blancos, se transformó en un monumento de unidad nacional cuando los Springboks triunfaron al tiempo que Sudáfrica sellaba su propia victoria en el escenario político.
La final del campeonato del mundo de 1995 fue más, mucho más, que un partido. Era un acontecimiento político trascendental disfrazado de evento deportivo. Supuso el momento más feliz en la vida política de Mandela, la consumación de todos sus sueños. (...)
Relaté esta historia en un libro titulado El factor humano, que daría origen después a la película Invictus, dirigida por Clint Eastwood. Lo que no cuento allí son las carcajadas que propiciaron las dos conversaciones que tuve con Mandela sobre el campeonato del mundo de rugby, ni la cantidad de lágrimas que derramaron los jugadores y otros afrikáners con los que me entrevisté. (...)
Cuando hablé con Mandela no se esforzó en disimular lo satisfecho que estaba consigo mismo. Era consciente de que había logrado un sorprendente acto de funambulismo sobre la cuerda floja. Cualquier otro político, cualquier otro de los buenos y honrados, habría sufrido una turbación absoluta ante la perspectiva de acoger un acontecimiento que en teoría dividiría tanto al país como el campeonato mundial de rugby, sobre todo encontrándose tan lejos de haber asegurado la estabilidad política.(...) Mandela, un político que veía oportunidades donde otros ni siquiera las imaginaban, se propuso la improbable tarea de transformar un deporte que durante décadas había simbolizado el odio y la división en un instrumento de reconciliación nacional. (...)
Me cité con Mandela en su casa de Johanesburgo en agosto de 2001. Tenía ochenta y tres años, hacía dos que se había retirado de la Presidencia (...) Empecé preguntándole cómo se le ocurrió la idea de usar el deporte como instrumento político, dado que había sido otro terreno en el que se había mantenido la división racial. El rugby, y especialmente el equipo nacional de los Springboks, siempre fue odiado por los negros en igual medida que suponía un orgullo para los blancos. Mandela respondió que hacía tiempo que era consciente del potencial del deporte para generar un nuevo patriotismo que incluyera a todos los sudafricanos. "Cuando empezaron las negociaciones decidí movilizar a los deportistas y también al público en general, especialmente a los negros, para decirles: ‘Hasta ahora el deporte significaba la aplicación del apartheid en el terreno de juego, pero ahora las cosas están cambiando. Toquemos la fibra sensible de los blancos. Usemos el deporte para construir la nación y promover todas esas ideas que creemos que pueden traer la paz y la estabilidad al país.’"
(...) Los aficionados negros apoyaban incondicionalmente a los rivales de los Springboks, los abucheaban cuando marcaban un tanto y celebraban escandalosamente los de sus contrincantes, sin importar que se tratase de Inglaterra, Nueva Zelanda o Paraguay.
Mandela dio su beneplácito a organizar el campeonato del mundo, un movimiento perfectamente calculado como cebo para que los afrikáners fanáticos del rugby se unieran al nuevo modelo político, pero también pretendía persuadir a los negros para que cambiaran sus costumbres políticas y apoyaran a los Springboks. (...)
Pero lo más sorprendente del campeonato del mundo de rugby fue cómo consiguió que también los blancos lo aclamaran.
(...) No creo que haya conocido a nadie que alabara tanto a Mandela como François Pienaar, el capitán de los Springboks. Lo conoció más de un año antes de la final del mundial. Mandela lo había invitado a tomar el té en los Edificios de la Unión. Pienaar me dijo que estaba más alterado por esa reunión que por ninguna de las melés en de las que había participado. Pero sus nervios se calmaron en cuanto entró al despacho presidencial: "Es mucho más que sentirte cómodo en su presencia -dijo Pienaar con lágrimas en los ojos- Con él tienes la sensación de estar a salvo. Como lo estarías con un abuelo sabio y entrañable".
Pienaar (...) salió de los Edificios de la Unión con una clara misión: sus compañeros de equipo y él tenían que ganar el mundial por Sudáfrica y por ese anciano. (...)
Había un afecto verdadero entre ambos hombres, pero le gustara a Pienaar o no, el hecho era que Mandela lo invitaba a tomar el té porque quería "utilizar" el rugby. Pienaar y sus jugadores se dejaron usar y respondieron como a Mandela le habría gustado. Hicieron visitas de gran notoriedad a los guetos negros para instruir a los niños, alabaron la nueva Sudáfrica en público y en privado y se aprendieron de memoria diligentemente la letra de la otra mitad del himno nacional. Mandela les devolvió el cumplido haciéndoles una visita en su campo de entrenamiento a las afueras de Ciudad del Cabo (...)
Cuando Mandela se fue, los Springboks comprendieron que jugaban un papel en la vida de su país mucho más importante de lo que habían pensado. Sabían que en ese momento eran jugadores políticos. (...) Mandela se había unido al viejo enemigo; ahora esperaba que el viejo enemigo se uniera a él. (...)
Los Springboks ganaron a Australia en el primer partido del mundial y llegaron hasta la final como predijo Mandela, frotándose los ojos al ver que este también había acertado al decirles que tendrían el apoyo de la Sudáfrica negra. (...) Por primera vez desde la llegada de los primeros colonos blancos al sur de África en 1652, la población blanca y la negra tenían un objetivo común que los unía. Todo el país deseaba que ganaran los Springboks. El rival de Sudáfrica en la final, Nueva Zelanda, tenía mejor equipo sobre el papel, pero (...) ellos jugaban con un hombre más y fue un partido de infarto. Nadie olvidará jamás cuando Mandela salió al campo vistiendo la sudadera verde de los Springboks con el número seis de François Pienaar y la gorra. El desconcertante silencio del estadio se unía a la estupefacción de los cientos de millones que veían el partido en Sudáfrica y todo el mundo. (...) Al menos el 90 por ciento de las personas del estadio eran blancos. Los aficionados al rugby no eran conocidos por ser el sector más progresista de la población de Sudáfrica, sino más bien el epítome del racismo retrógrado. (...) Ninguno de los presentes en el estadio podía creer lo que estaba viendo.(...) Ahí estaba Mandela, aquel mártir encarcelado y símbolo viviente de la resistencia negra, vistiendo de verde Springbok. ¿Qué había que hacer? (...) Empezó como un murmullo silencioso y vacilante que acabó transformándose en un rugido ensordecedor. Ningún sudafricano con edad suficiente para haberlo vivido podrá olvidarlo nunca. (...) Esa multitud de blancos, de afrikáners, coreaban al unísono, como una sola nación: "¡Nel-son! ¡Nel-son! ¡Nel-son!". (...)
Cuando lo entrevisté años después, Mandela continuaba riendo. (...) la mayoría de los sudafricanos blancos seguían llorando. (...)
¿A qué venían esas lágrimas? Yo creo que desvelaban el interior sensible y susceptible que siempre hubo bajo la fachada huraña del afrikáner; creo que eran efecto de la liberación de la culpa, esa culpa que todos los afrikáners compartían, según Zelda la Grange. Mandela no solo redimió a la Sudáfrica negra de la tiranía; también redimió a la Sudáfrica blanca de sus pecados. El mundial de rugby de Sudáfrica fue a la vez una competición deportiva, un acontecimiento político y ceremonia religiosa, y Mandela actuó como el alto sacerdote que dispensaba la absolución en nombre de su pueblo. (...)"