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JUEVES 23/05/2019

El dinero siempre fue una obsesión universal

En su primer libro, el autor reflexiona sobre la historia de la moneda y, en especial, sobre la relación traumática de los argentinos con los billetes desde la génesis del país. Anécdotas y datos que arrancan desde el Virreynato hasta la gran crisis monetaria de 1890.

El dinero siempre fue una obsesión universal

Los griegos y romanos no tenían, en la Antigüedad, una palabra precisa (...) para designar al dinero. Simplemente, estaba fuera de su concepción. Tenían, por supuesto, términos para designar las monedas y los metales preciosos, pero un jurista llamado Julius Paulus apuntó, tres siglos antes de Cristo, que el concepto romano de "pecunia" incluía no solo las monedas, sino también toda clase de objetos considerados como valiosos. "No hay dudas de que las cosas también pertenecen a la designación de pecunia", se pronunció el letrado.

Los sabios de entonces llamaban así al dinero: el valor de las cosas. Es por eso que, objetos de primera necesidad o fáciles de canjear, también eran considerados una forma pecuniaria. Esta visión recorría las más antiguas civilizaciones. Para el caso de los aztecas, por ejemplo, ellos no tenían dudas: su dinero era chocolate. O, mejor dicho, las semillas de cacao, con las cuales uno podía comprar desde tomates a joyas: se cuenta que los falsificadores partían las semillas en mitades, las vaciaban y volvían a pegarlas para cambiarlas en el mercado como buenas. Los mayas, algo despilfarradores, ofrecían sacrificios a los dioses en oro, plata y jade.

En Norteamérica y Rusia, lugares con inviernos crudos, contaban como dinero las pieles de animal. En Canadá, usaban como pieza de cambio la piel de castor. Antiguamente, en Irlanda, era común adquirir animales para el consumo, casas o tierra, utilizando esclavas como medio de pago -rubias y pelirrojas eran las mejor cotizadas en los puertos del Mediterráneo-. Las colonias británicas en Norteamérica, por su parte, empleaban en las transacciones piel de ciervo -se la conocía como buck y de allí se fijaría hasta hoy como una forma popular de llamar al dólar.

De hecho, el término ganado deriva de la misma raíz del latín que significa capital. Durante siglos, las piedras, los dientes y los caparazones sirvieron para comprar y vender, pero cada uno era plausible de asumir formas, calidad y pesos distintos, con lo cual la operación nunca era del todo fiable.

Lo más duradero y eficaz en el comercio de la Antigüedad siempre fue el metal. En África Occidental, utilizaban manillas: anillos de cobre. Los malayos empleaban hojalata. Y azadas de bronce abundaban en China con fines de intercambio.

Ocho siglos antes de Cristo, se empleaban como forma de pago vasijas preciosas, que se usaban para la cocina ritual en los templos. Pero todo el intercambio estaba empapado de intuición y capricho para juzgar el precio de las cosas, pues las vasijas no se medían y no se pesaban para determinar su valor.

Ya en las civilizaciones de Babilonia y Mesopotamia se consideraba la plata como forma de resarcimiento de penalidades criminales, también para comprar casas y pagar impuestos. Las tasas fiscales y fianzas en la Justicia estaban asentadas en códigos de la ley apuntados en letra cuneiforme en las tablillas de Hammurabi y Eshnunna. Así se fue consolidando la idea de que la plata era adecuada para saldar toda clase de deudas (...)

Las primeras transacciones de la historia (...) que incluyeron dinero se pusieron en práctica con piezas de metal sin estampado alguno ni forma amonedada. Podían ser varas, lingotes o pelotitas. Y se tomaba su valor de acuerdo al peso.

La humanidad pronto puso al oro al tope de la lista de los metales deseados. Tal vez por su resplandor semejante al sol, el oro siempre fue motivo de desvelo. Una materia, para muchos, de origen divino. Para los incas, el oro era la transpiración del sol y la luna. Para los egipcios, también era sagrado, por el dios sol Ra. En la India, en la Antigüedad representaba el semen de Agni, el dios del fuego. Los chibchas, en Centroamérica, cuando querían honrar a su jefe, lo bañaban en oro en polvo. Luego lo sumergían en un lago sagrado que se impregnaba de irresistible fulgor. Los conquistadores españoles lo llamaban El Dorado. (...)

El trueque y el dinero

Ahora bien, la cuestión que aún despierta debate entre historiadores y expertos en temas monetarios puede resumirse así: ¿el dinero se origina como una prolongación lógica del trueque, nació sencillamente como una evolución técnica para hacerlo más ágil? Economistas influyentes e historiadores económicos serios suelen contestar que sí. Sin embargo, los estudiosos más enfocados en la historia cultural del dinero, de la mano de los antropólogos, afirman que trueque y dinero han convivido por siempre en la historia humana. Todo depende del contexto, el momento y la escala social de sus participantes.

"No ha sido jamás descripto un ejemplo de economía basada puramente en el trueque, y menos aún está demostrado que de allí haya surgido el dinero", observa Caroline Humphrey, antropóloga de Cambridge. (...)

El primero en sostener con convicción científica que el dinero era la evolución natural del trueque fue Bruno Hildebrand, historiador de la economía. Lo hizo en 1864. Ya habían sugerido esa posibilidad autores de la talla de Adam Smith, John Locke y hasta Aristóteles, quienes basaron sus observaciones en deducciones lógicas. En otras palabras, nunca fueron testigos oculares de la existencia de una economía basada únicamente en el trueque.

La teoría del trueque como origen del dinero es sencilla. Un productor de manzanas cambia sus sobrantes por los excedentes de un granjero. Luego, con el tiempo y la complejidad de los intercambios, comenzaron a emplearse como comodines ciertos productos de necesidad básica. Y de allí, dada la limitación y dificultad de transporte, se concluyó que lo mejor era establecer objetos de fácil traslado como elementos generales de cambio. "En los tiempos primitivos, el ganado, se dice, era el objeto que más se empleaba con fines comerciales", escribió Adam Smith, defensor de la teoría evolucionista. "La sal, se dice, era un instrumento común de comercio en Abisinia, el tabaco en Virginia, el azúcar en algunas colonias de India Occidental". Pero las evidencias señalan que, excepto algún caso aislado, normalmente e incluso en sociedades pequeñas se han incorporado monedas -piezas metálicas, piedras o lo que fuera considerado de valor- como instrumentos de intercambio comercial. Allí está, como prueba, la economía de la remota isla de Yap, en el Pacífico, aislada de todo contacto con el continente y que solo tenía tres productos para intercambiar -coco, pescado y un manjar llamado pepino de mar. A pesar de eso, los nativos incorporaron un sistema de dinero en piezas de piedra: el rai, unos discos enormes y pesados que cambiaban de valor según la historia particular de cada pieza (...). El caso de la isla de Yap sería para algunos prueba suficiente de que, aun en un contexto de sencillez comercial y aislamiento, el ser humano sintió pronto la necesidad o la tentación de darles valor simbólico a los instrumentos que servían de unidad de cuenta e intercambio. Quienes sostienen esta hipótesis alternativa a la del trueque creen que quizá el dinero se origina en otra acción comercial: el crédito. La necesidad de dejar constancia física de que alguien le debe algo a alguien creó diversos instrumentos, que con el tiempo derivaron en un mercado de pagarés, promesas de pago que, a su vez, también se volvían negociables en sí mismas. Es cierto que el trueque puro casi no precisa de un vínculo de confianza entre las partes: en un simple acto, se cambia un bien por otro, y adiós. El dinero, en cambio, es pura promesa. Metal, papel, roca o madera, se trata de un signo (...), que supone un consenso, un acto de fe colectivo más allá de las mercancías que pasan de manos. Acaso por eso, los imperios utilizaron esos medios de intercambio como armas y banderas para afirmar su soberanía política y económica en un territorio controlado. Así surgió -y triunfó- el dinero (...)"

Periodista

Silvio Santamarina nació en Buenos Aires en 1973. Estudió periodismo en TEA y Letras e Historia en la Universidad de Buenos Aires, donde publicó artículos sobre literatura, medios y política. Fue redactor, editor y columnista en varios medios: agencia Télam, revista Poder, diarios Perfil y Crítica. Integró el comité editorial de Argentina Debate, la iniciativa que impulsó el primer debate presidencial televisado de la argentina en 2015. En la actualidad es editor ejecutivo de Noticias.

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