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El capitalismo periférico, en la visión de Aldo Ferrer

Referente del desarrollismo y el pensamiento económico nacional, Aldo Ferrer dejó, tras su fallecimiento el martes pasado, una prolífica obra y sus ideas en defensa del empleo, la industria y el desarrollo con equidad. Como homenaje, un fragmento de su último libro.

El capitalismo periférico, en la visión de Aldo Ferrer

A fines de la década de 1940, Raúl Prebisch identificó la existencia de una relación centro-periferia dentro del orden económico mundial. Los países integrantes del centro ejercían la hegemonía sobre el resto del mundo, la periferia.

(...) El pensamiento crítico latinoamericano liderado por Prebisch en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) tuvo a su favor que, en el centro de la posguerra, prevalecía el paradigma keynesiano del pleno empleo y el Estado de bienestar, es decir, ideas heterodoxas sobre el mercado y las políticas públicas.

(...) El estructuralismo latinoamericano prosperó en el marco del descrédito de la ortodoxia en el mismo centro y, por lo tanto, respecto de las relaciones con la periferia. Sin embargo, en el terreno concreto de la política económica, el centro –en primer lugar, los Estados Unidos, y principalmente a través del FMI– siguió insistiendo en las recetas ortodoxas sobre inflación, comercio y desarrollo.

A partir de la restauración neoliberal, a fines de la década de 1970, el pensamiento céntrico recuperó plenamente su pretensión hegemónica, aceptada por América Latina a partir de la crisis de la deuda de principios de la década de 1980 bajo el paradigma del Consenso de Washington.

Transformación del centro

¿Qué era y qué es el centro? Es el conjunto de países capaces de gestionar el conocimiento, transformarlo en tecnología y aplicarlo a la producción de bienes y servicios.

La industria es la vía principal de ese proceso y su difusión al conjunto de la actividad económica y social. (...)
Desde sus orígenes a fines del siglo XV hasta finales del XX, el centro radicó en el Atlántico Norte el espacio compartido por Europa Occidental y los Estados Unidos. Ese centro, occidental y cristiano, propagó el emergente capitalismo del Renacimiento europeo que, según Max Weber, tuvo sus raíces ideológicas en la reforma protestante del cristianismo y la búsqueda de la salvación por el logro del éxito en este mundo.

El desarrollo tecnológico y la industrialización aumentaron la tasa de crecimiento de Europa Occidental y la distanciaron de la de China, India y otros grandes espacios del resto del mundo. Entre 1820 y 1913, la tasa de crecimiento del producto per cápita del centro fue del 1,4% y la del resto del mundo del 0,3%, de modo que en 1913 el Atlántico Norte representaba el 20% de la población, el 55% del producto y el 73% de las exportaciones. Su ingreso per cápita era seis veces mayor que el de China y África.

A fines del siglo XIX, surgió el primer país ni occidental ni cristiano que se propuso gestionar el conocimiento e industrializarse.

A partir de la Revolución Meiji, Japón realizó un proceso de afirmación nacional y desarrollo, con una proyección imperialista en su entorno asiático. Su triunfo en la guerra con Rusia de 1905 afirmó sus pretensiones hegemónicas y lo convirtió en una potencia dominante en Extremo Oriente. Pero su peso relativo era insuficiente para generar un nuevo núcleo dinámico de la economía mundial. Su población representaba apenas el 13% de la del Atlántico Norte y su producto, el 4%.

El proyecto del Japón imperial concluyó con la derrota en la Segunda Guerra Mundial. En la posguerra eligió el camino extraordinariamente exitoso de la industrialización y la competencia en el mercado mundial. Entre 1945 y 1973 Japón mantuvo una tasa de crecimiento del 10%, que lo convirtió en una potencia industrial de primer orden y un nuevo protagonista en el mercado mundial. La gestión del conocimiento y la industria dejaba de estar reducida a las sociedades occidentales y cristianas del Atlántico Norte, a tal punto que la relación bilateral Europa Occidental - Estados Unidos, dentro del viejo centro, dio lugar a la trilateral, con Japón en Extremo Oriente.

Transformación de la periferia

Después de la Segunda Guerra Mundial, en el marco de las grandes asimetrías existentes entre el centro y la periferia y el conflicto Este-Oeste, surgió el reclamo del desarrollo en las nuevas naciones independientes (las antiguas posesiones coloniales en África y Asia) y en América Latina. Se configuró así el diálogo Norte (centro)-Sur (periferia) y la ilusión de la cooperación internacional en el seno de las Naciones Unidas (...).

Simultáneamente, desde la periferia surgió el impulso de fomentar las relaciones entre los países en desarrollo, es decir, una iniciativa Sur-Sur. En las Naciones Unidas se formó el Grupo de los 77 más China, y comités de cooperación entre países en desarrollo en el FMI y otros organismos internacionales. (...)

Corea del Sur y la isla china de Taiwán, dos países con espacios territoriales reducidos (comparables con nuestra provincia de Tucumán) y poblaciones del orden de la de Argentina, más dos ciudades-estado, Hong Kong y Singapur, ganaron la calificación de los "cuatro tigres" por la velocidad de su desarrollo y transformación. (...)

Los tigres asiáticos rechazaron el pensamiento céntrico, tal como lo proponían Raúl Prebisch y el estructuralismo latinoamericano. Ninguno de esos países se adhirió al Consenso de Washington ni se abrió incondicionalmente a la inversión extranjera. En cambio, los tigres privilegiaron siempre el protagonismo de las empresas nacionales y la apertura de negocios conjuntos, no subordinados, con las filiales de empresas transnacionales del antiguo centro del Atlántico Norte.

Son países capaces de mantener en orden las respectivas macroeconomías y su competitividad, sin lo cual es imposible negociar las pujas distributivas, aumentar y retener el ahorro interno y aumentar la acumulación de capital. Son casos notables de desarrollo de un capitalismo nacional dentro del orden global.

Estas economías emergentes se incorporaron plenamente al estilo de las economías industriales y su inserción internacional. Gestionan el conocimiento, investigan e innovan, capacitan a la fuerza de trabajo, desarrollan las actividades de frontera tecnológica y sus empresas compiten en el orden global. Son ahora actores importantes en los segmentos más avanzados de las cadenas transnacionales de valor, se especializan entre sí y con las antiguas economías industriales del Atlántico Norte sobre la base de la especialización intraindustrial, y preservan el protagonismo de sus empresas nacionales.

Se demostró que, en otros marcos institucionales y en otras culturas, el desarrollo es posible. Se ratificó que el desarrollo tiene lugar en economías de mercado con relaciones público-privado funcionales a la transformación. Y se evidenció que el desarrollo es siempre un proceso que se da en un espacio nacional, abierto a su contexto externo, pero afirmado en la densidad nacional de los países. Al fin y al cabo, el capitalismo es un sistema de alcance global, dentro del cual se construyen capitalismos nacionales capaces de trazar su propio camino en el orden global. El capitalismo nacional de cada país tiene la globalización que se merece en virtud de la fortaleza de su densidad nacional.

Si es sólida, tendrá una relación simétrica no subordinada. Si no lo es, será –como decía Prebisch– un "capitalismo periférico", subdesarrollado y vulnerable, como el existente en América Latina.