Viernes  15 de Septiembre de 2017

El atentado a la AMIA: una trama de complicidades y encubrimiento

Bajo el formato de una ficción, el autor narra la historia secreta que terminó en la voladura de la mutual judía y las razones del encubrimiento del atentado. Traficantes y terroristas sirios, agentes iraníes, criminales de guerra nazis, poder político, la ex Side y la Federal.

El atentado a la AMIA: una trama de complicidades y encubrimiento
-¿Nombre?

-María Paredes Arduenio.

-¿Lugar de nacimiento?

-Trujillo, Perú. Pero tengo ciudadanía argentina.

-¿Edad?

-59 años.

-Señora, según su documento, usted tiene 61...

-Ah, sí, perdón, 61. No le doy importancia a los cumpleaños, y...

-Está bien, está bien, no interesa eso. ¿El domicilio es el que figura en el documento?

-Sí, es el mismo. Doctor... ¿Ahora me podrá decir por qué me tienen acá desde hace horas como si fuera una delincuente? No entiendo lo que está pasando...

-Las preguntas las hacemos nosotros. Y trate de contestar bien todo lo que se le interroga. Le va a preguntar ahora mi secretario letrado. A ver, doctor Martínez Uriburu, continúe con el acta.

-De acuerdo, doctor Bonifacio.

El espigado secretario se acomodó en su silla de espaldas a la pared tapada de casilleros rebosantes de expedientes, miró con atención la pantalla de la computadora, y le pidió a María que contara paso a paso los hechos que precedieron su hallazgo.

-Preguntada para que explique cómo llegó a sus manos el elemento que motiva la presente diligencia, refiere lo siguiente:

En el día de la fecha, siendo aproximadamente las 14.10 horas, tomé el colectivo 92 en la parada del Parque Avellaneda para ir a cumplir con una guardia inmobiliaria de un departamento en alquiler en la calle Yatay 695. Me lo encargó mi empleador, el dueño de Floria Propiedades. Hago tareas domésticas y a veces también guardias. Tras bajar del referido transporte público en Avda. Corrientes caminé una cuadra por Yatay en dirección a Sarmiento, llegué al edificio, ingresé con las llaves que me dieron, subí por el ascensor hasta el tercer piso departamento C y entré, levantando al pasar boletas de impuestos y expensas que se encontraban en el piso al lado de la puerta. Las dejé en la mesada de la cocina, junto con la bolsa con un termo y mate que había traído de mi casa. Como me pareció que el departamento necesitaba una barrida, busqué en el lavaderito un escobillón y una pala y fui al ambiente para limpiar antes de que vinieran interesados por el aviso. Aclaro que se trata de un monoambiente bastante antiguo y oscuro, que aún tiene unos pocos muebles viejos: una cama de plaza y media, una cómoda baja, un ropero y una pequeña mesa redonda con unas pocas sillas. En eso estaba, cuando se me ocurre revisar el ropero. Era muy viejo, no entiendo de estilos, habrá sido lindo quizás, pero se encontraba desvencijado y con un aspecto bastante deprimente. Algo percudido incluso, y con manchas de humedad adentro. Al verlo así, voy a buscar un trapo rejilla mojado, le agrego algo de lavandina que encontré, y le entro a pasar con fuerza para sacar los hongos de humedad. Y ahí fue que se desfondó. Saqué la base para limpiarla y tratar de reacomodarla, y entonces vi la bolsa negra en el fondo. Pensé que podría llegar a ser dinero escondido por alguien que lo hubiera olvidado, así que lo saqué con cierta ansiedad, imagínese. Le aclaro que si era dinero no me lo pensaba quedar. De ninguna manera. Iba a averiguar a quién podía haber pertenecido, y si no aparecía nadie por ningún lado, ahí vería. En eso pensaba, cuando al abrir la bolsa, sucia por fuera, vi que no tenía nada de valor, solo un apunte o libro de hojas impresas anilladas. No era lo que imaginaba. La verdad que un poco me desilusioné. Tiré la bolsa con el resto de la basura que estaba barriendo y dejé el libro junto al resumen de las expensas, pensando en darle todo a mi jefe. En ese momento ni se me ocurrió leer para ver de qué se trataba. Pero como fue una tarde muy tranquila, aburrida, porque casi no vino nadie por el aviso, después de un rato y para pasar el tiempo, me puse a hojear lo que había encontrado y a leer algunos párrafos por curiosidad. No soy de leer mucho, y menos de política, pero enseguida me pareció que era algo importante, y hasta me asusté un poco. Es que aunque no entienda mucho de eso, del atentado a la AMIA cualquiera escuchó hablar.

-Preguntada sobre las características de lo que encontró, y cómo procedió, contesta:

Al leer algunos tramos del apunte, me llamó la atención que hablaba de la masacre de la AMIA, y de datos secretos. Por eso fue que pensé algo tengo que hacer con esto. Lo poco que alcancé a leer (la testigo, en este acto pide aclarar expresamente que no leyó casi nada), esos minúsculos fragmentos que apenas alcancé a mirar (pero que ya olvidé, insiste en consignar), mencionaban la palabra encubrimiento del atentado, y parecían escritos por alguien desesperado, que sabía mucho. Que fue por eso que llamé por teléfono al periodista Oscar Birbaum, a quien conocía por haber trabajado como empleada doméstica para su familia tiempo atrás. Porque yo no tengo ningún interés en meterme con este tema. Que Birbaum se estaba yendo de viaje, por lo que quedamos en vernos la semana próxima, para entregarle el material. Pero que cuando volvamos a hablar le voy a decir que sin querer lo tiré a la basura cuando hacía una limpieza, o algo así.

-Preguntada la testigo si sabe que todo lo relacionado con el atentado a la AMIA es material secreto que no puede ser revelado fuera de las investigaciones judiciales y de los servicios de inteligencia, pudiendo constituir delito su divulgación, contesta que lo ignoraba, y que no tuvo ninguna mala intención. Que se compromete bajo juramento a no mencionar con terceras personas nada relacionado al episodio que motiva su declaración. Por último, en este acto hace entrega de un ejemplar impreso anillado de 158 páginas que constituye el objeto encontrado en el domicilio de la calle Yatay mencionado en esta declaración.

-Con lo que termina el acto, firmando la compareciente previa lectura y ratificación.

-Firme acá. Ahora sí, señora, se puede retirar- le dijo secamente el asistente que le tomó la declaración.

El magistrado salió por una puerta lateral del despacho con la pila de hojas encuadernadas entre manos, tras dejar sobre el escritorio un juego de fotocopias. Mientras el secretario judicial se aprestaba a armar un expediente con la declaración y con las copias dejadas por el juez, levantó la vista y miró a la testigo a los ojos.

-Y le doy un consejo: mejor olvídese que estuvo aquí y que alguna vez encontró ese material. ¿Para qué complicarse la vida?

-Por supuesto, doctor, que yo ya tengo mis propios problemas y ninguna ayuda. Pero una sola cosa quisiera saber: ¿cómo fue que tan rápido, en cuestión de horas, se enteraron, me ubicaron y me vinieron a buscar, si yo al único que le conté de mi hallazgo de hoy fue al señor Birbaum, por teléfono?

-¿Recuerda lo que le dijo el juez? Las preguntas las hacemos nosotros. Buenas noches, señora.

Sin prestar más atención a María, el funcionario cerró el acta:

Siendo las 19.45 horas, se procede a preservar en caja fuerte de esta dependencia el objeto secuestrado (apunte anillado titulado Expediente bomba: el Irán-Baires-Bosnia-gate, junto a unas hojas escritas sin anillar), agregándose a estas actuaciones reservadas un juego completo de fotocopias del mismo, que son foliadas y siguen a continuación.

Periodista

Horacio Lutzky es abogado y periodista. Estuvo al frente del periódico judío Nueva Sión y fue director de noticias de la señal de televisión por cable Alef Network. Se desempeñó como docente en las carreras de Publicidad y Periodismo de la Universidad de Palermo. Fue asesor parlamentario en el juicio político a la Corte Suprema menemista por no investigar el atentado a la Embajada de Israel, y observador en el juicio oral por el atentado a la AMIA. Es autor del libro Brindando sobre los escombros, y coautor, con Miriam Lewin, de Iosi. El espía arrepentido (2015).
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